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¿No te gusta tu cuerpo? Ya es hora de que leas esto

LUSTRO
Roberto Delgado Webb/Unsplash | CC0
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¿Tienes complejos y solamente ves defectos al mirarte al espejo? Intenta así aceptar tu cuerpo tal y como es.

¡Qué difícil es aceptar nuestro cuerpo con sus luces y sombras! Estamos más que dispuestos a idolatrarlo en el placer de su juventud, pero lo despreciamos con las fisuras de su vejez.

Sin embargo, no hay que olvidar que el primer lugar de la fidelidad de una persona, antes que convertirse en guardiana del cuerpo de otra, es habitar su propio cuerpo como una tierra santa, es ser incondicionalmente fiel a su cuerpo, que no nos pertenece porque lo hemos recibido y deberemos devolver a la tierra.

Pero ¿cómo lograrlo cuando toda la prensa rosa no para de confinarnos en la estrechez de nosotros mismos y exalta el cuerpo mítico, donde toda alegría se limita al nivel del bienestar psicológico? Un perro demasiado alimentado tumbado en una espesa alfombra puede experimentar cierto bienestar, pero sin duda ignora la profundidad de la alegría.

Madre Teresa reunía a los agonizantes y recibía su último aliento. La verdadera dignidad no consiste en morir a manos de otro, sino morir sosteniendo la mano de otro. Ella sostenía la mano de leprosos y los guiaba hasta el umbral de la vida eterna.

“Tu lepra es el amor inutilizado”, decía el escritor francés Jean Giono. Toda persona es pecadora y, por tanto, toda persona es leprosa, ya que ha perdido la semejanza con Dios, aunque todavía subsista en ella el reflejo de la imagen divina. “¡Como el pecado que nos devora deja en nosotros poca substancia!”, escribe Bernanos. ¡Qué doloroso es asumir las lepras propias!

Los diez leprosos que se ponen ante Cristo son el abismo de nuestras vidas, que gritan hacia “el más hermoso de los hombres”: “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros” (Lc 17,13). “Jesucristo, Hijo de Dios Salvador, ten piedad de mí, que soy pecador”, como murmuraban sin cesar los monjes de Oriente, en una incesante respiración del alma. Hay que consentir nuestras lepras para gritar hacia el esplendor de Dios.

Amar y dejar lo superfluo

Si la belleza no viene motivada por el amor, no es más que un envoltorio vacío, un ídolo helado. Ya no es la belleza de Cristo que “salva al mundo”. ¿Qué diremos al Señor al final de nuestros días? ¿“Dios mío, luché por mantener la línea y he evitado los michelines”? ¿”He conservado mi valiosa delgadez gracias a mi entrenador personal”?

Debemos llevar nuestro cuerpo de gloria y miseria como un templo, donde se despliegue en la debilidad el poder de Dios. No hay amor profundo que no consienta amar a la otra persona hasta en la vulnerabilidad de su cuerpo. Nunca tendremos la belleza helada de las mujeres perfectas, sino la de nuestro amor vivido.

En El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde imagina a un joven consciente de su enorme belleza, que utiliza como un poder de seducción al servicio de la mentira, del orgullo y de la muerte. Pero su retrato es el espejo de su alma y se va afeando poco a poco hasta cubrirse de lepra. El joven lo oculta en su buhardilla y sube, a veces, temblando, para ver el Mal que se produce en él. Al final de la novela, en un acceso de furia, apuñala el retrato y se produce la inversión: el retrato recupera su belleza pasada y el joven muere con el rostro marcado por la violencia y el odio.

Esta es la encrucijada de nuestra vida: o apuñalamos a nuestro doble o asumimos nuestras lepras. Pero sólo el camino de la misericordia, donde sanan los leprosos, nos permite cargar lo que está manchado en nuestra vida. El camino que nos guía hasta nosotros mismos pasa por el corazón de Cristo.

¿Cuánto hace de nuestra última confesión? Vayamos a mostrarnos a los sacerdotes, que han recibido la gracia de perdonar en nombre del Señor y de restaurar en nosotros el icono de Dios, para que podamos “glorificarlo y llevarlo en nuestro propio cuerpo”.

Padre Luc de Bellescize

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