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Libérate de tu perfeccionismo con esta oración

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© Andrey_Popov
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¿Tu deseo de perfección envenena tu vida y la de tus allegados? Algunos consejos casi perfectos para moderar esas exigencias

Viajamos a 1945. Apabullada, Anne desciende la gran escalera de la casa familiar. Con 5 años, ve a su padre por primera vez. El regresado está considerablemente demacrado. Acaba de volver del cautiverio en Alemania. Él observa a la niña y le dice: “Vuelve a abrocharte correctamente el botín, tienes un botón sin atar”. Contado por su hija pequeña, este ejemplo extremo nos llama a reflexionar desde un contexto donde el hábito no era de grandes efusiones. Sin embargo, ilustra algunas facetas del comportamiento perfeccionista: ideal elevado, preocupación por el detalle, dificultad de amar y de dejarse amar… Ya desde pequeños, “algunos niños con ansiedad no llegan a terminar los deberes, porque nunca están lo bastante bien”, constata Brigitte de Baudus, madre de familia y formadora en el Instituto para la educación en la familia o Ipef, de Francia. Esta tendencia se explica a menudo por una necesidad de saberse amado, un deseo inconsciente de reconocimiento o una voluntad de corresponder a un modelo social.

Querer hacer algo bien, ¿quién se quejaría de eso? Pero el perfeccionista nunca está satisfecho hasta que sus objetivos son alcanzados, como ese ejecutivo que se impone un nivel extravagante de trabajo o esa madre de familia molesta porque sus hijos no tienen un sobresaliente de media o ese padre agotado de ordenar la casa después del trabajo. Según Yves Boulvin, psicólogo, formador en relaciones humanas y asesor: “Desear ser mejor, cambiar, aspirar a lo mejor de uno mismo, está bien, pero creer que se puede ser perfecto crea una tensión, un estrés. Sólo Dios es perfecto”. Ahí está la trampa, en escoger la perfección como programa de vida.

Cuando el perfeccionismo dificulta la relación con Dios

En un programa del canal de televisión francés KTO sobre la moderación, la filósofa Chantal Delsol explicó: “Todo tiene un límite, incluso las mejores cosas. Imaginamos que la perfección es de este mundo y que presionando hasta el extremo una virtud, la poseeremos, pero eso no funciona así en el mundo humano”. Al querer lograr la perfección aquí abajo, nos arriesgamos a entrar en una lógica contable, a hacer como los niños que se esfuerzan para obtener una recompensa, a caer en el orgullo de querer dominarlo todo, el fariseísmo. En la vida espiritual, esto puede traducirse a través del escrúpulo, señala Brigitte de Baudus: “Si nuestro examen de conciencia parece un catálogo, si vamos con la nariz pegada a lo que hemos hecho o no, si no consideramos el amor que ponemos en nuestros actos, existe un problema”.

Cuando Jesús nos ordena ser “perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo” (Mt 5,48), nos llama a la santidad, no al perfeccionismo. “Es la contrición, el vínculo de amor, lo que hace ir al Cielo, no el hecho de ser todo perfecto”, comenta Yves Boulvin. El ejemplo típico es san Pablo, como explica el padre Alek Zwitter: “Judío profundamente creyente, estaba convencido de que la ejecución fiel de su Ley lo conduciría a la perfección espiritual. Después de su conversión, tras poner ante Dios su imperfección, encontró una fuente inagotable de paz interior, de alegría y de fuerza vital”.

No enfadarnos por nuestras imperfecciones

El comportamiento perfeccionista se parece a una máquina que no podemos detener hasta que el programa no haya terminado. Béatrice, de 55 años, consciente de la excentricidad heredada de su abuelo, agente preso, reconoce: “No descanso hasta que esté al nivel de comodidad que imaginé para mí. Con la edad, he aceptado soltar lastre, pero deshacerse de este hábito es el trabajo de toda una vida”. De hecho, las personas perfeccionistas son a menudo víctimas de burn-out. Hay una sola respuesta: el realismo. Y pasa por el autoconocimiento y el humilde reconocimiento de nuestros límites. “Con frecuencia recibo a mujeres que se reprochan estar enojadas con sus maridos e hijos. Yo les pregunto: “¿Te has tomado algún tiempo para ti en todo el día?”, cuenta Yves Boulvin. Autorizarse a tener momentos para uno mismo, aprender a delegar y rezar son requisitos indispensables para poder desconectar.

Tomar consciencia de las expectativas de los demás permite también suavizar ciertas exigencias. “He enviado un expediente a mi jefe. Según mis criterios, estaba adecuado por los pelos. A él le ha parecido excelente. ¡No me lo esperaba!”, confiesa Béatrice. Los demás rara vez miden la suma de los esfuerzos necesarios para hacer una buena cena, no les importa un poco de polvo en un mueble y prefieren divertirse con un niño con calcetines desparejos. El perfeccionismo es particularmente grave con respecto de uno mismo. A fuerza de no lograr unos objetivos inalcanzables, nuestra autoestima a menudo termina bajando. Por tanto, más vale aplicar el sabio consejo de san Francisco de Sales: “Una de las mejores prácticas de la dulzura, en la cual nos deberíamos ejercitar, es aquella cuyo objeto somos nosotros mismos, de manera que nunca nos enojemos contra nosotros ni, contra nuestras imperfecciones”.

Una oración para liberarse del perfeccionismo

Aunque la tendencia es a agotarse uno solo, el perfeccionista también cansa a los demás cuando no les impone sus propios criterios de perfección. ¿Cómo disfrutar plenamente de tu hamaca si a tu lado da vueltas alguien empecinado con arreglar el jardín? ¿Cómo sentirte libre si tu marido exige que vayas perfectamente ataviada en todo momento o si rehace las cuentas de la compra cien veces? ¿Cómo no sentirte desalentado cuando un profesor señala el único detalle que no cuadra en tu examen? “Un día mis hijos se inventaron una cancioncilla que empezaba por ‘Mamá se estresa, Mamá pierde la cabeza…’, y la cantinela me venía a la cabeza en periodos de sobreactividad… Me di cuenta de que les estaba haciendo la vida imposible y empecé a dejar espacio a la vida y a lo imprevisto”, atestigua Félicie, de 47 años.

Más seria, Patricia constata: “El perfeccionismo te vuelve frío, desagradable, inaccesible. No hay lugar para los demás en la perfección”. “¿Quién querría amar a un modelo?”, pregunta el padre Pierre-Marie. “Para dejarse amar, hay que aceptar ser imperfecto”. Liberarse del perfeccionismo es un camino largo que pasa por el escrutinio y por la oración:

“¡Señor, enséñame a aceptarme tal y como soy!”

Según Brigitte de Baudus, “Nunca terminamos de decirlo, pero es cuando somos frágiles cuando viene el Señor”.

 

Por Bénédicte de Saint Germain

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