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‘Érase una vez…’ ¿Y si inventáramos los cuentos para nuestros hijos?

Bedtime, Stories, Mother,
© Evgeny Atamanenko I Shutterstock
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Pasos imprescindibles para crear cuentos mágicos para nuestros hijos y para crear historias a su medida que nunca olvidarán.

Inventar cuentos y contárselos a los niños les ayuda a desarrollar su imaginación, su memoria y sus conocimientos. 

“Érase una vez un pequeño chimpancé despistado que había perdido a su mamá… –¡Anda! Y ¿cómo se llamaba? –Emm… Teódulo. –Y ¿por qué se perdió?”. ¿Qué padres no se han aventurado ya más allá de los senderos trazados de los libros? Ciertamente, no nos imaginamos hasta qué punto a los niños les encanta que nos inventemos historias.

Esta actividad no es sólo un tiempo compartido inestimable que permite reforzar el vínculo afectivo ni tampoco sólo un fantástico antídoto contra las pantallas. Esta actividad ofrece una oportunidad de oro de entablar un diálogo educativo y constructivo, “lejos del autoritario ‘Cómete la sopa’, ‘Ponte el abrigo’, ‘Suénate la nariz’…”, explican Laure de Cazenove y Alice Le Guiffant, que han escrito un libro sobre el tema.

Es una ocasión también para construir un cuento a medida para cada niño, en interacción con él o ella. Así, por la puerta de atrás, el cuento puede terminar hablando de sus miedos, de sus esperanzas y de sus fantasías, compartir su mundo interior, sentirse escuchado.

Sin embargo, es frecuente que esta actividad se vea descuidada o resulte infructuosa, por falta de imaginación, de tiempo, de ganas, de energía, según se excusan los padres, o por falta de conocimiento, por miedo a decepcionar o molestar a los niños

Las innumerables virtudes de los cuentos inventados por los padres

Y ¿por qué inventarse los cuentos cuando en los libros los hay a montones? “Nada les impide leer también cuentos, pero inventarlos presenta unas ventajas que la lectura de libros, aunque maravillosa también, nunca les aportará”, aseguran las dos escritoras.

“Inventar un cuento para un niño, sin otra intención que estar en relación con él, ofrecerle una presencia total, es un verdadero acto de amor, porque es hacer de él, durante el momento que dure el cuento, la persona más importante. También significa hablar de su alma. Lo que se le ofrece viene de lo más íntimo”, de las profundidades del corazón y del cuerpo.

Un momento de complicidad mucho menos anodino de lo que parece, como confirma el testimonio de Jacques de Coulon. Filósofo y autor de múltiples obras sobre educación, este antiguo rector de un importante centro escolar en Suiza estuvo marcado profundamente por la figura de su abuelo que, en efecto, contaba cuentos sin igual.

“De niños, nos quedábamos prendados de lo que salía de sus labios. Hablaba lentamente, con un tono de voz penetrante, gestionando el suspense. Recuerdo especialmente una historia hipnotizadora, con la palabra ‘negro’ que se repetía como una letanía: ‘Bajo un cielo negro, negro, negro, nos hundimos en el bosque negro, negro, negro… antes de llegar ante un portal negro’. Y así sucesivamente, hasta unas densas cortinas negras detrás de las que se ocultaba un ave con un plumaje de resplandecientes colores. Era muy impresionante. Por supuesto, no todo el mundo posee su talento de cuentacuentos. Pero esta presencia que pasa por el cuerpo y las emociones es irreemplazable”.

Otro argumento de peso: “El niño que escucha un cuento, al jugar con el relato sin esfuerzo (ni el de adaptarse al ritmo de lectura del adulto ni el de leer él mismo ni el de ir comprendiéndolo), se familiariza con una dinámica que alimenta el gusto por la lectura: la creación de hipótesis de lectura”, según explica Laure de Cazenove.

“El niño aprende a amar los libros como amigos y no como maestros venerables”. Así que escuchar un cuento desarrolla la imaginación, agudiza la reflexión, despierta la curiosidad, enriquece la personalidad, prepara inconscientemente para estructurar su pensamiento y representar concretamente conceptos abstractos (valentía, bondad, justicia, amor…).

¿De dónde extraer la inspiración?

“Mi abuelo me transmitió el gusto por la lectura, pero más aún el gusto por la escucha”, coincide Jacques de Coulon. “El oído es un sentido muy poderoso, mucho menos empleado que la vista, gracias al cual forjamos nuestras propias imágenes interiores”. Al convertirse un poco más en actor, sin el apoyo de una imagen ni de una historia prefigurada, el niño asimila de forma distinta. Pero ¿qué es un cuento? Grosso modo, es un problema que resolver, una trama, que pone en marcha todo un mecanismo.

El esquema narrativo de los cuentos tradicionales –tipo Perrault, Grimm o Andersen– es un esquema probado que ofrece las mejores garantías: un contexto y personajes concretos, un elemento perturbador que sirva de resorte dramático (un accidente, la irrupción de un monstruo…), un elemento de resolución y luego un desenlace. Un cuento es como un espejo de la realidad, que ofrece todo un panel de experiencias y de personajes arquetípicos (el astuto, el inocente, el gruñón…).

A diferencia de algunos padres, inventar cuentos nunca supuso un problema a Alexandra, madre de tres hijos que hoy son adolescentes mayores. No hay ningún pequeño censor interno que refrene la fértil imaginación de esta amante del teatro. “¡Qué risas locas tan memorables!”, dice sonriente. “Un día, me harté de leer siempre las mismas historias una tras otra. Así que me lancé, inspirándome al principio en sus libros preferidos. Luego me puse a fantasear sobre el motivo. También he aprovechado mucho para revisitar de manera imaginativa su día o desviar ciertos temores”.

¿Un miedo nocturno? “Esbocé un cuentito en un prado cercado de alambre de espinos donde garabateé pequeños escenarios de cómic. Todavía me hablan de aquello”. “En la montaña o en el bosque, es un buen combustible para los piececitos cansados”, añade Marc. Algo para ayudar a los niños a extraer de sí los recursos para superar la frustración y el aburrimiento…

“Pero hay dos prerrequisitos esenciales para el cuentacuentos: el tiempo y la observación”, interviene Jacques de Coulon. “Recuerdo a mi abuelo, apasionado de la naturaleza, que nos llevaba regularmente a observar zorros y pájaros con los prismáticos… La vida era, en cierto sentido, más simple, con más momentos reservados a la contemplación y el ensueño”. El mundo estaba menos saturado de objetos que robaran nuestra atención… ¿Cómo sacar tiempo de nuestras agendas sobrecargadas? Ahí está el verdadero desafío.

¿Cómo lanzarse?

Para empezar, es preferible apoyarse en el repertorio existente (tramas de libros, cuentos, dibujos animados, relatos bíblicos o mitológicos…).

Luego hay que contar la historia oralmente apropiándonos de ella, modificando el final o algún detalle, añadiendo un personaje extravagante, mezclando varias historias…

“Inventar es, primero, copiar”, comentan Laure de Cazenove y Alice Le Guiffant para acabar con los complejos.

Otra recomendación: partir de expresiones, imágenes, objetos, canciones o poemas infantiles…

También podemos hacer participar a los niños (un buen medio para ejercitarles en el uso de las descripciones) haciendo que escojan tres o cuatro piedras sobre las que habrán dibujado antes diferentes motivos: una nube, un castillo, un barco, un cohete… ¡Y les toca a ellos elaborar una historia con esos elementos!

Diane Gautret

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