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7 claves para librarse de la culpabilidad de las madres

MOTHER CHILD
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Muchas madres sienten no hacer nunca suficiente o no hacerlo como se debiera. El sentimiento de culpa puede ayudar a crecer pero también puede destruir.

En el trabajo, Marthe se culpa por no estar con sus hijos. Félicie, en el hogar, se avergüenza de no haber puesto a hervir la olla. Jeanne tiene mala conciencia por no ir a ver a sus padres más a menudo. En cuanto a Anne, busca qué ha podido hacer mal en la educación de su hija que, con 28 años, aún lucha por encontrar su camino…

Pocas madres de familia escapan a la culpabilidad. Este sentimiento no es malo en sí pero, si ocupa demasiado espacio, envenena la vida. “La culpabilidad es un estado emocional incómodo, incluso doloroso, que se manifiesta cuando tenemos la impresión de no haber actuado correctamente con respecto a las normas sociales o morales, o quizás incluso a nuestros propios valores”, escribe la psicoterapeuta Sarah Famery.

Por tanto, puede ser un “signo de buena salud mental”, asegura el padre Joël Pralong, una señal positiva. “Es una emoción estructurante garante de nuestra conciencia del bien y del mal que nos impulsa a mantenernos en el camino recto”.

Identificarla

Y es que la culpabilidad es una alarma que nos advierte cuando nos pasamos de la raya. Pero entonces, ¿por qué puede corroernos y atormentarnos durante años? Porque hay una culpabilidad buena y otra mala.

Según el psicólogo Daniel Desbois, “la verdadera culpabilidad sabe que he herido el corazón del prójimo, de Dios, de mí mismo. Afecta al hecho. La falsa, afecta al ser, a la imagen que tengo de mí. Eso sucede, por ejemplo, cuando nos sentimos inútiles, incapaces”.

Así que se impone un discernimiento. ¿Nuestra culpabilidad es la consecuencia de un acto realmente realizado o el eco de un juicio interior implacable y parcial que se arraiga, quizás, en nuestra infancia?

Buscar ayuda

Si nos corroe una culpabilidad que sabotea nuestra autoestima, el padre Joël Pralong aconseja “buscar acompañamiento. Un psicólogo buscará en el pasado aquello que esté bloqueado. El sacerdote nos ayudará a abrirnos a un sentido trascendente de nuestro sufrimiento. Nos ayudará a aferrarnos a Jesús, a dejar de estar solos”.

Maline, que ya es abuela, lleva mucho tiempo culpándose de la muerte de su bebé: “El personal médico me explicó que había habido sufrimiento fetal agudo. Me consideraba responsable de ello. Me decía: ‘¿Cómo es posible que yo, que fui hecha para dar vida, haya podido dar muerte?’. No me liberé hasta que una psicóloga me dijo: ‘Señora, usted hizo todo lo que había que hacer por su hijo’”.

Decir las cosas

 

Según Apolline Delplanque, monitora del Instituto francés para la educación en la familia, “poner los sentimientos en palabras es liberador. Hay que decir las cosas, a uno mismo o al otro si lo hemos herido”. Hablar del tema a una amiga, al marido, a una persona con experiencia, puede ayudar a discernir si nuestra culpabilidad está fundamentada o no.

Cuando está ayudando a una mujer a reflexionar, Axelle Trillard, coach de vida, le pregunta: “Has tenido el sentimiento de obrar mal. ¿Qué acción concreta es la que te reprochas? Y es que el sentimiento de culpabilidad viene a menudo de una desproporción entre la realidad y el eco que tiene en nosotros”.

Encontrar la actitud correcta

 

En cuanto hayamos identificado el hecho, hay que salir de la culpabilidad. “Sentirse culpable es ser nuestra propia jueza, infligirnos nuestro propio castigo. Esto impide tener una actitud apropiada y realizar las acciones que sean buenas, reparadoras y justas”, señala Albane, enfermera escolar y madre de familia.

Para adoptar una conducta responsable, Sarah Famery aconseja “ver lo que es reparable y lo que podemos hacer mejor la próxima vez; centrarnos en la resolución del problema y no en las consecuencias emocionales”.

Axelle Trillard, también madre de seis hijos, recuerda no haber sido capaz de ir a decirles buenas noches durante varios años de lo agotada que estaba. Con perspectiva, ha encontrado la solución: “Por ejemplo, podría haber ido a ver cada noche a un hijo diferente. El transformar el ‘nada’ en una ‘pequeña cosa’ me habría aliviado”.

Aceptar nuestros límites

 

Desde la culpabilidad, puede entrar en juego el hecho de no correspondernos con la imagen que tenemos de nosotros mismos o que queremos dar a los demás. “A menudo queremos hacer las cosas perfectamente”, señala Apolline Delplanque. “Y nos sentimos inútiles porque no lo conseguimos. La búsqueda de la perfección es con frecuencia una búsqueda orgullosa de uno mismo. Aceptar nuestros límites, nuestras pobrezas, ayuda a desculpabilizar”.

También podemos dedicarnos palabras gratificantes: “No, no eres una idiota. Sí, Dios te ama, ¡hagas lo que hagas!”. El sacerdote Joël Pralong se curó de un sentimiento mórbido de culpabilidad: “La cuestión que me preguntaba era ‘¿Aceptas ser amado?’. El drama es que nos miramos demasiado a nosotros mismos y no tanto a Dios”.

Pedir perdón

 

“La culpabilidad es buena, porque me dice: ‘¡Cambia! ¡Ve a pedir perdón!’. Es el orgullo lo que nos frena, porque el hombre está dispuesto a reconocerse como pecador”, indica Daniel Desbois.

Así, Anne se ha reprochado durante mucho tiempo varias “pifias” en la educación de sus hijos: “Un día, salí a pasear con mi hija y me desahogué. Ella me escuchó sin decir nada. Luego, le pedí perdón”.

Pedir perdón a Dios ayuda también a dejar de juzgarse una misma. Para Axelle Trillard, “no hay nada mejor para quemar la culpabilidad y poner en su lugar la alegría de Dios. La confesión es un sacramento que afecta a la raíz de nuestro ser, irriga nuestra psicología”.

Queda también perdonarse a una misma. Una tarea difícil, pero “si no me perdono, es como si rechazara el perdón de Dios”, advierte Daniel Desbois.

Avanzar

 

La culpabilidad es una trampa cuando nos bloquea en el pasado y nos centra en nosotros mismos. Una vez el perdón es dado y recibido, “hay que dejar el pasado donde está y mirar adelante”, explica el padre Joël Pralong. “No eres esclava de la culpabilidad, de una ley que te condena, de un superego que te precipita en las tinieblas. Ya no estás sola, puedes mantenerte en pie con esperanza”.

Bénédicte de Saint-Germain

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