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¿Una mudanza puede suponer el fin de una amistad?

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Es triste tener que marcharse y dejar a los amigos. Consejos para seguir disfrutando de vuestra relación a pesar de la distancia

Ya sea por motivos profesionales o personales, puede llegar el día en que tengamos que marcharnos lejos de los amigos. ¿Cómo afrontar esta separación y qué implica realmente?

Es doloroso dejar a quienes amamos. Incluso si la separación no es definitiva, incluso si está ligada a una buena noticia –como un contrato después de meses de paro, un ascenso que implica ir a otra ciudad o país, o incluso un nacimiento pueden necesitar encontrar un alojamiento más grande o un entorno más tranquilo–, las partidas siempre son tristes.

“Partir es morir un poco”, se dice en francés. Partir y ver partir, porque la ruptura es al menos tan difícil para quienes se quedan en el andén sacudiendo el pañuelo al viento como para quienes se embarcan hacia nuevos horizontes. Por supuesto, intentarán volver a verse; por supuesto, habrá mensajes, llamadas y medios sociales que permitirán intercambiar noticias; pero nada volverá a ser como antes, eso es seguro. ¿Cuál es la mejor manera para vivir esta separación?

La distancia no solo tiene aspectos negativos

Dejar a nuestros amigos es como despojarnos de un pedazo de nosotros mismos. ¿Acaso no son los amigos, junto con la familia, nuestros seres más queridos?

Marie acaba de ser abuela y cuenta lo siguiente: “Desde la muerte de mi marido, me he apoyado mucho en una pareja de amigos. ¡Y resulta que ahora se van a la otra punta del país! ¿Qué va a ser de mí sin ellos? Se acabaron nuestras pequeñas salidas improvisadas, nuestras conversaciones a la vuelta del mercado o a la salida de la misa… Se acabó la alegría de trabajar juntos en los equipos litúrgicos y la asociación deportiva, se acabó el compartir el día a día”.

Bertrand, por su parte, se dispone a dejar el pueblo donde se instaló con su familia hace más de diez años, confiesa esto: “El otro día, me dio un bajón enorme al pensar en los que íbamos a dejar atrás, personas con las que hemos compartido tantos momentos importantes y que, en su mayoría, probablemente no volveremos a ver”.

Sin embargo, la distancia no solo tiene aspectos negativos. Y la amistad no tiene por qué sufrir necesariamente, ¡al contrario! La separación es, a menudo, la oportunidad de descubrir a los amigos de una forma nueva, aún más hermosa porque es más profunda: la distancia obliga a ir más allá de lo que una relación pueda tener de superficial o de posesiva para recentrarla en lo esencial.

Por supuesto, todavía hay que tomarse la molestia de mantener los lazos con quienes se quedaron atrás (y ayudar a los niños a hacerlo). Cartería, emails y mensajería instantánea permiten expresar cosas que no siempre sabemos decir de viva voz. Y los encuentros durante varios días de vacaciones hacen saborear la alegría de conocerse de otra forma y de enriquecerse de aquello que cada uno ha vivido por su lado. Nos reencontramos como si nos hubiéramos visto el día anterior, incluso cuando han pasado meses e incluso años, felices de sentirnos en la misma onda, siempre de acuerdo sobre lo esencial.

Una amistad inscrita en el corazón de Dios

En este mundo, las mejores cosas tienen un fin. Cada separación nos repite que somos mortales. Polvo somos y al polvo hemos de volver, dice la liturgia del Miércoles de Ceniza, y todas nuestras empresas humanas perecerán tarde o temprano. Aquí abajo, lo seguro es que algún día abandonaremos a quienes nos son queridos, aunque no sea hasta la hora del último adiós.

Esto sería terriblemente triste… si no fuera, al mismo tiempo, una llamada a la Esperanza. Lo que pasa nos invita a levantar los ojos hacia lo que no pasa; y la palabra “adiós” en sí nos recuerda que estamos llamados a volvernos a ver en Dios. Sufrimos por lo que termina porque fuimos hechos para Quien no termina.

Las mejores cosas tienen un fin porque lo Mejor es interminable. Las circunstancias de lugar y de tiempo en las que vivimos una amistad son efímeras, pero la amistad no desaparece.El amor no pasará jamás” (1 Co 13,8): lo que hay de mejor en nuestras relaciones humanas está llamado a realizarse en la vida eterna.

Los lazos privilegiados que hemos podido entablar con una u otra persona están como inscritos para siempre en el corazón de Dios: en Él, si lo queremos, podemos permanecer muy cerca de nuestros amigos, a pesar del distanciamiento geográfico. En la comunión de los santos, podemos continuar apoyándonos los unos a los otros. Podemos continuar compartiendo de manera real, aunque invisible, lo mejor de nuestras vidas: el amor de Dios.

Christine Ponsard

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