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Saber despegarse de los padres, un reto esencial para las parejas jóvenes

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Aunque los dos preceptos de distanciarse y de honrar a los padres puedan parecer paradójicos, son muy importantes para la pareja que desee fundar su propia familia. Aquí tienen unos consejos para cortar el cordón con los padres y vivir en paz su vida de pareja

De niña, Estela siempre fue “leal y obediente”. Al crecer, adquirió independencia igual que sus hermanos y hermanas antes que ella: estudios en el extranjero, instalación en su propio apartamento…

Pero fue cuando conoció a Guillermo cuando se dio cuenta de la dependencia afectiva que la unía todavía a sus padres: «Pensaba que era autónoma, pero no lo era tanto».

Cabe decir que su novio tampoco se correspondía exactamente con los criterios de sus padres. «No creía que fuera a estar en desacuerdo con ellos en una elección tan fundamental. Tuve que hacer un gran trabajo interior para ir a las raíces de esta dependencia»: citas con el psicólogo y retiros espirituales.

A pesar de que su madre la seguía llamando a veces «mi bebé», Estela decidió que Guillermo sería su marido. «En cuanto di la noticia a mis padres, respetaron mi decisión».

Una necesidad para la pareja

Saber despegarse de los padres es un reto esencial para las parejas recién comprometidas. El sacerdote Pierre-Marie Castaignos, que prepara a muchos prometidos para el matrimonio, sabe algo del tema.

«Es una cuestión a la que dedico tiempo para tratarla con las parejas jóvenes. Les animo a revisar la educación que le dieron sus padres. Aunque a menudo ya han abandonado el nido familiar para hacer sus estudios, es esencial verificar que han adquirido su independencia». Más razón todavía cuando los novios son muy jóvenes.

El sacerdote aborda algunos temas concretos: ¿las vacaciones de verano se repartirán sistemáticamente entre los padres de cada uno? ¿La novia llama a su madre todos los días? ¿El legado patrimonial es asfixiante? ¿Tienen la impresión de tener que casarse con toda una familia?

Aunque necesario, el distanciamiento de los padres sigue siendo doloroso, como constata el padre Cédric Burgun: «Porque queremos a nuestros padres, nos resulta difícil alejarnos de ellos. Tanto más cuanto que hoy hay mayor dependencia económica y afectiva con respecto a ellos».

Algunos pueden vivir esta separación como una auténtica ruptura, sobre todo en familias muy unidas, casi clánicas. La pareja actúa como un revelador. Bajo la mirada del ser amado, aparecen los defectos, los excesos y las pequeñas excentricidades de nuestros padres y hermanos. A veces, demasiado brutalmente.

Alicia cuenta que, una vez comprometida y luego casada, se dio cuenta de que su familia podía ser un poco demasiado exclusiva. «¡Formábamos una auténtica tribu! Cuando nos reuníamos todos para el fin de semana, era imperativo hacerlo absolutamente todo juntos: la misa del domingo, los trabajos en la finca, todas las comidas… Al principio, ni siquiera era factible que nos fuéramos a cenar como pareja al restaurante de la esquina».

Aunque Alicia se conformaba, su marido, más autónomo, no tanto, ya que no se había criado con ese mismo patrón y para él cortar leña no entrañaba ningún placer. Le exasperaba incluso ver a su esposa «volver a convertirse en la niña pequeña que obedece a sus padres». La joven estaba dividida entre el deseo de conservar su estatus de hija querida y el de poner por delante una relación serena en pareja.

Tras casi tres años de matrimonio y algunas aclaraciones, logró decir a su madre que era agobiante que le preguntara «¿Cuándo vais a venir otra vez?» cada vez que terminaban su estancia con ellos. Aunque Alicia sigue teniendo un poco de sentimiento de culpabilidad. Según el padre Burgun, la relación sana con los padres «deja libertad, no culpabiliza, no obliga a nada».

Una distancia que se educa desde la infancia

Si nos acercamos a los textos bíblicos, vemos que la relación con los padres puede parecer paradójica. Así, el Decálogo pone en perspectiva la necesidad de «honrar a tu padre y a tu madre», mientras que en el Génesis se dice que «el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer».

Según el padre Burgun, es importante no reaccionar de forma simplista y binaria a estos mandatos aparentemente contradictorios, ya que «¡no existe contradicción en Dios! Al casarse, el hombre y la mujer están hechos para vivir una justa autonomía, una justa independencia».

Y cortar el cordón es una forma de honrar al padre y a la madre: «La primera cosa que Dios nos pide es dejar a nuestros padres. Y así es como los honramos, porque nos convertimos en quienes somos. Les permitimos ser esa pareja que deja partir a sus hijos y gracias a la cual nos hacemos plenamente autónomos en la relación conyugal. Honramos nuestra propia vocación».

Este distanciamiento querido por Dios se educa desde la infancia. No entra en vigor únicamente el día de la boda, ya que los solteros deben vivir también su vocación lejos de sus padres. Una relación demasiado exclusiva con la familia es además uno de los frenos para el compromiso, como señala el padre Pascal Ide: «La soltería no es sólo mala suerte en el presente».

Según este sacerdote, «cada uno debe saber hacer un balance justo de aquello que debe a sus padres. No hay que demonizarlos ni idealizarlos». Los solteros deben todavía más «escapar de la imagen idealizada de los padres: el amor que les tienen debe ser realista». De modo que cada uno está llamado a progresar y a ajustar su relación con sus padres.

Si la relación con los padres es un tema tenso en la pareja, el padre Burgun aconseja a la pareja dialogar para encontrar soluciones. «El cónyuge que esté demasiado cerca de sus padres debe comprender que el otro sufre por esta relación. Es un sufrimiento antes de ser una acusación. En cuanto al que (o la que) le cueste comprender el vínculo que une a su pareja con sus padres, él (o ella) debe aceptar que la familia forma parte del bagaje de cada uno. Cuando se casan, cuando se hacen uno, es en esta unidad conyugal que deben honrar a sus cuatro padres«.

Ariane Lecointre-Cloix

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