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Evangelizar a los demás en la vida cotidiana, ¡nada más fácil!

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Shutterstock | Antonio Guillem

Edifa - publicado el 14/09/20

Ser misionero no está reservado a algunos pocos cristianos excepcionales. Una familia también puede difundir el Evangelio a su alrededor. ¡Y no es tan difícil!

El Evangelio concierne a todas las personas y en todos los aspectos de las personas. Aquí tienen algunos ejemplos para vivir esta actividad misionera en familia en el día a día.

Los niños, pequeños misioneros

En la escuela, los primeros evangelizadores son, por supuesto, nuestros hijos, incluso los más jóvenes: a veces nos sorprendemos –e incluso maravillamos– con el poder misionero de los niños. Cuando desean dar a conocer a “su” Señor a alguien que aman, son capaces de un ahínco digno de admiración. Pero es fundamental que se sientan respaldados por los adultos… que a veces tienen tendencia a sonreír ante estos misioneros en ciernes.

Eso es olvidar que, para Dios, no hay misionero “pequeño”. Al contrario, los niños se muestran con frecuencia más disponibles que nosotros a la acción del Espíritu Santo. Cuidado también con no destruir la confianza de los niños llenos de ardor, con comentarios del estilo a: “Es así… hay personas que no creen en Dios, no se puede hacer nada”. Si los niños son puro fuego, ¿acaso no es el Espíritu Santo el que los enciende? ¡Cuidado con nuestra tibieza de personas “razonables”!

La evangelización a la salida del cole

Las salidas del colegio, que permiten a los padres y madres de familia intercambiar algunas palabras, entablar amistad o improvisar auténticos debates, pueden ser particularmente propicias para la evangelización. Abrir los ojos y las orejas para fijarnos en una madre aislada, un padre que parezca en dificultades, otros que estarían encantados de charlar tranquilamente, así es como comienza la evangelización.

Algunas madres de familia, a la vez discretas y amistosas, sencillas y receptivas, son misioneras irreemplazables, sin necesariamente ser conscientes de ello (cosa que da más belleza incluso al hecho). No dan grandes discursos, no se pierden en testimonios propios interminables. Ellas aman, sencillamente, como Jesús y con Él. Ellas hablan de su Fe sin pomposidad, están disponibles a la acción del Espíritu Santo que les ofrece siempre la palabra precisa para calmar, consolar, iluminar y alegrar.

No olvidar a los vecinos

Las relaciones de vecindad sin igualmente importantes. El Señor sabe bien lo que hace: si nos ha dado a unos u otros vecinos, no es por azar. En cierto modo, Él nos los confía. Depende luego de nosotros vencer la timidez o el respeto personal que nos impide abordarles. Es bien evidente que las relaciones de buena vecindad imponen mucho respeto y discreción, pero también está claro que las viviendas de las grandes ciudades están llenas de inquilinos que se ignoran entre ellos; alguno puede estar sufriendo o incluso morir sin que nadie se percate.

¿Cómo amar concretamente a nuestros vecinos si no los conocemos? ¿Cómo encontrar la ocasión de anunciarles explícitamente el Evangelio si no intercambiamos con ellos más que un “buenos días-buenas tardes” rápido y distraído? Hacerse favores mutuamente (por ejemplo, a través de los niños) es con frecuencia una buena manera de establecer contacto.

Para anunciar el Evangelio, hay que saber aprovechar las oportunidades

Un trabajo efectuado juntos en el marco de una asociación o de la escuela puede ofrecer también oportunidades para entablar vínculos y hablar de nuestra Fe: compartir un proyecto común permite una sensación de más cercanía entre las personas y hay muchas barreras que se derrumban cuando se trabaja codo con codo en la misma tarea.

Los ejemplos son numerosos. Quien siente sin cesar la inquietud por evangelizar a sus hermanos y hermanas encuentra mil y una ocasiones para anunciar el Evangelio, ya sea explícita o indirectamente. Con la condición de nunca olvidar estar conectado permanentemente con el único evangelizador: el Espíritu Santo

Christine Ponsard

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