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¿Te cuesta soportar a tu pareja? Admítelo

KŁÓTNIA MAŁŻEŃSKA
fizkes | Shutterstock
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Ser paciente con quien compartimos la vida es todo un arte

La paciencia no consiste en aguantarnos y comernos las uñas, sino en abrir nuestro corazón. A continuación, algunos consejos para alcanzar una paciencia verdadera en nuestra relación de pareja.

El matrimonio, cuando funciona, funciona. Cuando no, esperas con paciencia”.

Esta frase ofrece una visión bastante realista de la vida diaria del matrimonio respecto al ejercicio de una virtud esencial: la paciencia. Con nuestro cónyuge, sin duda. Con nuestros hijos, faltaría más. Pero, más sutilmente, paciencia con nosotros mismos. E incluso, admitámoslo, también necesitamos tener paciencia con Dios.

Porque somos seres llenos de expectativas y esperamos de los demás mucho, sobre todo en las relaciones más importantes de nuestras vida, las relaciones donde el amor ha de ser la esencia.

Para desarrollar el arte de la paciencia conviene ser realista para saber qué podemos esperar del otro: del marido, de la esposa, del hijo, de la hija, del hermano, de la hermana, del amigo, de la amiga, y… como no, de Dios. Elaborar una lista de nuestras expectativas es bueno y es esencial ver si son legítimas y saber que implican precisamente una espera.

No existe un matrimonio donde no se ejercite la paciencia.

Ser paciente y esperar no es siempre una buena solución

Tal vez son muchas las ocasiones en las que nos lamentamos de que nuestro cónyuge tarde tanto en darnos lo que esperamos, cuando podría haberlo hecho hace mucho tiempo si le hubiéramos dado el espacio o la libertad que necesitaba.

Nos sorprende el tiempo que tarda Dios (o nuestro cónyuge) en complacernos, mientras que es aún más sorprendente el tiempo que tardamos en comprender que ya estaríamos complacidos si hubiéramos hecho cierto ejercicio de abandono o de confianza, o incluso que ya estamos complacidos de una manera que no logramos ver.

Nos quejamos de que tarda mucho en corregir algún defecto, mientras que nosotros nos quedamos en la omnipotencia de quien cree conocer todos los entresijos de su propia personalidad y olvidamos la humildad necesaria para acercarnos a su propia complejidad.

Con frecuencia, perdemos la paciencia porque miramos la situación desde un único punto de vista o con un único razonamiento, sin pensar que pueden existir otras perspectivas del todo diferentes. Nuestro cónyuge se encuentra a menudo en esa “diferencia” que no hemos sabido contemplar. Y viceversa. 

Aceptar la sorpresa

Cuando no funciona, esperas con paciencia”.

La frase podría parecer una máxima fatalista carente de esperanza. Y sería cierto si hablara de una paciencia estática, la de quien sufre un retraso, por ejemplo. Pero deja de ser fatalista cuando se trata de la paciencia dinámica del artista que revisa y rectifica su escultura las veces que haga falta, desde todos los ángulos. Es la paciencia del educador que sabe que no se construye una persona en un día o la del cónyuge consciente de que su paciencia no es solo una espera, sino una oportunidad fecunda de transformación interior.

La paciencia no consiste en aguantarnos y comernos las uñas, sino en abrir nuestro corazón. Puede costar, pero es la forma de dejarnos sorprender, de descubrir lo desconocido en nosotros, en el otro, en Dios, de recibir cambios que no habíamos previsto, controlado o ni siquiera comprendido. Recibir lo que (ya) no esperábamos es una cumbre de dicha.

Sophie Lutz

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