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¿Esto que siento es amor de verdad? Estas señales no engañan

KOBIETA
Steven Aguilar/Unsplash | CC0
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Un poco, mucho, apasionadamente… ¿No tienes claro tus sentimientos? Aquí tienes 5 señales que te ayudarán a verlos con más claridad

¿Experimentas muchos sentimientos hacia una persona pero te preguntas si la amas realmente? Antes de preguntarte cuándo se puede decir que uno está enamorado de verdad, plantéate la siguiente pregunta: ¿qué es el amor? ¿Cómo amas?

¿Existe un sentimiento más engañoso que este? Podría decirse que un gato siente un amor apasionado por los ratones, pero el ratón preferiría que no le “quisieran” tanto…

Cuando alguien te diga: “Te quiero”, es importante preguntarle (¡sutilmente!): “Vale, pero ¿en qué sentido? ¿Me quieres para consumirme o para hacerme crecer?”. También podrías plantearte la pregunta a ti mismo o misma con honestidad: “A esta persona, ¿cómo la amo? ¿Por ella o por mí?”.

Basta decir que el amor siempre ha sido para muchos un sentimiento terriblemente ambiguo. ¡Cuántos se habrán convencido de sentir amor cuando lo que hacen es consumir y poseer a otra persona! Es difícil definir el amor, comprender todo su misterio. El amor no se deja encerrar fácilmente en una definición.

Las “pruebas” del amor

Te preguntas si amas realmente a una persona. Algunos te responderán que, si la amas de verdad, no te plantearías la pregunta. Los verdaderos enamorados no dudan de su apego, tienen la profunda certeza de que “es ella”, que “es él”. Es cierto que el amor, en su primer impulso, por una parte, transporta literalmente a un universo maravilloso y lleno de promesas y, por otra parte, se focaliza en un ser único en el mundo, con una exclusividad absoluta, evocando el amor fusional y exclusivo de un niño a su madre.

¿Cómo dudar de nuestro amor cuando sobrevolamos las nubes de la felicidad de ser amados y sentimos que todos los demás nos dan igual? Hay un criterio que no falla: el sentimiento de una terrible carencia en ausencia del ser amado. “Un solo ser nos falta y todo está despoblado”, dice un verso de Alphonse de Lamartine.

Y sin embargo, tomas consciencia de que este impulso loco que empuja a dos seres el uno hacia el otro no puede ser suficiente para merecer el bello nombre de amor. Si dudas, quizás sea porque percibes que tu razón también tiene algo que decir.

Ciertamente, afirmamos bien alto que “el corazón tiene razones que la razón ignora”. Sin embargo, en una cuestión tan seria como una elección amorosa, es importante reflexionar.

¡Un sitio para la razón (también)!

Amar es, sin duda y en primer lugar, sentirse “proyectado” literalmente hacia el otro a través del impulso del deseo. Irracionalmente. Con esa impresión de que algo se ha encendido, una especie de revelación maravillosa del descubrimiento de una persona elegida concretamente. Amar es desear. Una relación de pareja donde no existe el fuego del deseo resistirá a duras penas.

Queda que la razón intente percibir los hilos que brotan del surgimiento del deseo. ¿Por qué esta persona suscita en ti una emoción tan indescriptible? ¿A qué expectativa inconsciente corresponde? Siempre podemos preguntarnos qué parte del inconsciente ha vibrado: la parte luminosa, que desea generosidad, o la parte turbia presente en todo ser humano (con sus tendencias masoquistas, exhibicionistas…).

La razón debe también pedir cuentas a los sentimientos. ¿Eres lo bastante fuerte como para soportar los defectos del otro? ¿Para perseverar a pesar de las vicisitudes de la vida? ¿Para superar la difícil fase de ajuste a la alteridad de la persona amada?

Pero amar es también querer hacer feliz al ser amado. Aunque, al comienzo, el enamorado se centra sobre todo en sí mismo, amando el amor más que a la persona elegida, saboreando la alegría narcisista de haber sido escogido, llega un momento en que asciende de su corazón una necesidad loca de reconocimiento hacia aquella persona que le da tanta felicidad.

Y el milagro se produce: el deseo se inclina en la entrega. “Esta persona maravillosa que me colma tanto, siento deseos de colmarla yo también”. Y el enamorado descubre que hay más dicha en dar que en recibir. El amor se despega del narcisismo, llama a salir de uno mismo para descubrir las riquezas y las mil posibilidades del don de sí. Llama a cambiar nuestro centro para ponerlo en el otro, a recibirlo en el respeto total de su misterio, a envolverlo de ternura y, sobre todo, a hacerle crecer, con la necesidad de una cierta renuncia de uno mismo. “Amar es darlo todo, darse, incluso, a sí mismo”, decía santa Teresa de Lisieux.

¿Un poco, mucho, apasionadamente?

De manera que el amor es el tira y afloja del deseo y del don. Algunos amores solo se construyen sobre el deseo, y duran poco. Al contrario, algunas parejas solo se construyen sobre la entrega. Duran más tiempo, pero un día se derrumban: ¡el heroísmo ininterrumpido no es posible para todo el mundo!

El don y el deseo son los dos componentes de un amor sólido. Se apoyan mutuamente: el don suple las vicisitudes, la fatiga del deseo; el deseo suscita y facilita el don.

No obstante, el miedo al compromiso puede hacer dudar de la profundidad de los sentimientos. Cuando amamos y apreciamos profundamente a alguien, vale la pena asumir el hermoso riesgo del compromiso. Porque “vivir es una oración que sólo el amor puede realizar”, decía Romain Gary.

De forma aún más concreta, no puedes tener la certeza de amar si no sientes estas cinco grandes aspiraciones:

  1. Un deseo físico indudable: si tu cuerpo no experimenta ninguna necesidad carnal hacia la otra persona, pisa el freno. Es inútil intentarlo: ambos estaríais destinados a un fiasco.
  2. El deseo de dar rienda suelta a la ternura.
  3. Una avidez por comunicar, por compartir con la otra persona tus proyectos, tu ideal de vida.
  4. El sueño, lejano quizás, pero real, de ver vuestro amor realizarse en la venida de un hijo.
  5. Una admiración recíproca que ve al otro como una persona y nunca como un objeto.

Denis Sonet

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