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Esta frase de la madre de san Luis recuerda el deber de los padres

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La fiesta de san Luis, este 25 de agosto, recuerda estas palabras de la reina Blanca de Castilla que pueden sonarnos como de otra época. Pero ¿y si estas palabras fueran el fundamento del deber supremo de todos los padres y madres?

“Hijo mío, preferiría verte muerto antes que culpable de un único pecado mortal”, dijo un día la reina Blanca de Castilla a su hijo, el futuro san Luis.

Frase admirable para algunos, quienes perciben en ella el grito de una profunda fe cristiana, para la que la vida del alma y la salvación eterna priman sobre todas las demás consideraciones.

Frase terrible, escandalosa e insensible para otros, quienes ven en ella cierto desprecio hacia el don de Dios que es la vida y que piensan que, con ayuda de la divina misericordia, el pecado puede redimirse y el alma renacer a la gracia mientras que la vida corporal, una vez perdida, permanece así.

¿Qué padres, ciertamente, se atreverían a elegir así entre la muerte del alma y la del cuerpo de su hijo si les preguntáramos? Pero no se trata de tomar una decisión, sino de tomar conciencia de un deber.

Recuerda su alma en su educación

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© Aquarius Studio -shutterstock

¿Cuánta atención y cuidados legítimos —de dinero, quizás— dedicamos a mantener la salud física de nuestros hijos, a recuperarla cuando la han perdido? Ningún sacrificio nos resulta costoso.

Pero para la salud de su alma, ¿qué esfuerzos realizamos cuando nos sabemos responsables ante Dios del alma de los hijos que Él nos ha concedido?

¿Sabemos evitar conversaciones, renunciar a películas que puedan perturbar sus jóvenes espíritus…? ¿Sabemos poner su bienestar moral antes que nuestro placer o nuestro interés, como pondríamos su confort físico antes que el nuestro?

En definitiva, no descuidemos la vigilancia con tanto respeto como consideración con su evolución espiritual, para identificar un problema naciente, aliviar una fragilidad, librarles de una duda que les corroa, igual que cuidamos del desarrollo armonioso de su cuerpo.

Sin copiar necesariamente el heroísmo de Blanca de Castilla, inspirémonos en su ejemplo y establezcamos un equilibrio: que el alma de nuestros hijos nunca sea menospreciada, olvidada de nuestra obra educativa.

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