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Carta abierta a… dos novios el día de su boda

HAPPY, MARRIED, COUPLE
Mark Umbrella | Shutterstock
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Durante este periodo estival, Aleteia te propone descubrir cinco cartas que te harán viajar a través de las diferentes edades de la vida. Hoy, sumérgete en la tercera misiva de esta serie, destinada a dos novios prometidos

Queridos amigos,

He visitado Beane, en Francia, y pensé en vosotros al entrar en el silencio de una bodega repleta de barricas que esperan pacientemente, como si llevarán ahí desde hace siglos. Para criar vino, hace falta una parte de pasión y otra de paciencia. Y lo mismo es cierto para el amor, que tienes sus palabras y sus silencios, sus raíces y sus alas. Quizás sabréis que cuando maduran los grandes vinos una parte se evapora. Se la llama “la parte de los ángeles”. Es esa parte invisible que escapa al control del hombre. Podría decirse que toda vida, todo encuentro, tiene su parte de los ángeles, su cara oculta, su profundidad mística.

¿Por qué estáis aquí, ambos, en el bello día de vuestra boda? Estáis aquí, primero, por cierto misterio que hace que dos personas se encuentren y se desvelen, que aprendan a conocerse y a amarse. Lo esencial de la vida sigue siendo incontrolable. “Hay un misterio que no llego a comprender, el camino del hombre a una mujer”, parafraseando el libro de Proverbios. En toda vida hay una anunciación, un ángel que pasa, y no hay que faltar a su paso. El tren solo silbará tres veces… Hay refranes estúpidos del estilo a: “La mancha de una mora con otra verde se quita”. Pero vosotros sabéis, como yo, que “un solo ser nos falta, y todo está despoblado”. Un clavo no saca otro clavo… Solo aquel que retiene el paso del ángel podrá cantar su Magnificat.

Es hermoso ver que los grandes encuentros, las grandes bellezas, como los grandes dramas, escapan siempre a la parte de racionalidad que pretende evaluarlo todo, medirlo todo y explicarlo todo. “El corazón tiene razones que la razón ignora”. Habéis “caído” en la red del amor. Solo se puede edificar una vida empezando “caídos” primero, desde abajo. La caída es necesaria para la construcción. Aunque eso no basta, sin duda, porque el amor es también compromiso y responsabilidad. Es una decisión a veces heroica del alma.

“Detén el tiempo en tus manos”, dice el bolero. Pero la noche pasa como una sombra y las mañanas se suceden y se parecen cuando el amor deja paso al día a día. Una mañana más… ¿Una mañana más para qué? ¿Cómo anclar la fugacidad del sentimiento en la piedra que permanezca, el susurro en la Palabra? El corazón herido de los enamorados busca una roca donde anclar su fidelidad.

“Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes” (Jn 15,4). Pasáis al “taller del orfebre”, según la bonita imagen de san Juan Pablo II. Os amáis, pero solo el orfebre puede sellar las alianzas. “Que el hombre no separe lo que Dios ha unido” (Mt 19,6). A través de Él, ancláis vuestra pareja en un lugar más alto que vosotros mismos. Él os da el uno al otro. Os convertís en guardianes del otro en su misterio. Cada uno es responsable para siempre de la rosa del otro, es guardián para siempre de aquel a quien entrega su vida. Y cada uno de vosotros puede decir al Señor: ¿Qué sería yo sin Ti que vienes a mi encuentro, qué sería yo sin Ti sino un mero balbuceo?

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