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Confiar a los hijos a familiares no creyentes

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El despertar de la fe de los niños no se hace únicamente a través de los padres. Los otros miembros de la familia también están llamados a formar parte de esta misión. Pero ¿qué hacer cuando no creen en Dios o se muestran críticos hacia la Iglesia? ¿Cómo mantener una distancia justa, sin enemistarse ni dejarse pisotear, al tiempo que se preservan unas buenas relaciones familiares?

“Por cierto, Patricia, he olvidado completamente llevar a los niños a la iglesia el domingo. ¡Ya irán contigo la semana que viene!”. Este anuncio de su cuñada, con un tono intencionadamente desenfadado, exaspera a Patricia.

“Parece que solo tengo derecho una vez de cada dos. Ella promete que acompañará a los niños a misa y finge olvidarse. No me siento respetada en mis decisiones”.

Patricia es hija de una familia de tradición cristiana, pero sus hermanos han ido distanciándose poco a poco en relación a la fe. “Mi cuñada se dice absolutamente atea hoy día y mi hermano ya no es practicante”, confiesa.

“Mi influencia cristiana se la debo a mis abuelos y a los scout. Para mis hermanos, todo eso es una pérdida de tiempo”.

Patricia se casó con un católico convencido y se ancló definitivamente en la fe. “Entre nosotros y el resto de la familia se ha abierto un abismo a causa de nuestras convicciones religiosas y de lo que implican en la vida cotidiana. Es muy doloroso”, menciona.

Es difícil transmitir la fe cuando los demás familiares la han perdido o se ha nacido en un entorno ateo. En esas condiciones, ¿cómo mantener una distancia apropiada al mismo tiempo que el afecto entre las generaciones?

Las fiestas religiosas sin la fe

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Shutterstock | Monkey Business Images

Luisa se convirtió a los 18 años y pasó a ser la única católica practicante de la familia, junto con su madre, que iba a la iglesia muy de vez en cuando.

“Las relaciones se complicaron verdaderamente con la llegada de los hijos, porque nuestras formas de considerar la educación divergen totalmente”, recuerda.

En cuanto a la familia de Bernardo, es cristiana no practicante y se muestra muy crítica con la Iglesia.

“Aunque siempre han acogido a nuestros hijos con mucho amor, en varias ocasiones han discutido con los mayores por sus compromisos cristianos y les han advertido contra nuestras posiciones”, explica Bernard.

“Esta injerencia en nuestra educación me molesta mucho. No me he privado de decirlo, pero la discusión fue intensa”.

Vivir las grandes fiestas religiosas con unos familiares lejos de la fe puede ser todo un sufrimiento.

Durante las vacaciones de verano, la Asunción, que puede caer en un día entre semana, es motivo de comentarios: “¡¿Cómo?! ¿Que vais otra vez a misa? ¡Dos veces a la semana! Y yo que quería llevar a los niños al zoo”.

La diferencia es más clara en Navidad, sobre todo si la familia se niega a ir a la misa de Navidad y solo se preocupa por los regalos.

“Los niños se encuentran frente a una montaña de regalos”, cuenta Luisa. “Es difícil conservar el sentido de la Navidad. Intentamos pasar las otras fiestas litúrgicas sin ellos, ya que son menos familiares, para poder vivirlas profundamente”.

Los niños son testigos de estas divergencias. “Intentamos poco a poco explicarles las razones”, comenta Patricia.

“Todos nos han preguntado por qué los tíos no iban a la misa. Ver a mi hermano tan lejos de la fe les da pena, porque sienten un gran afecto por él”.

Establecer reglas estrictas

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Shutterstock | Iryna Inshyna

¿Cómo y en qué condiciones se mantiene la distancia apropiada sin ser hostil ni dejar que pasen por encima de uno?

La cuestión está en lograr navegar entre la coherencia educativa y la preocupación por la relación familiar.

Los niños necesitan a sus familiares para su educación, especialmente a sus abuelos, porque representan sus raíces. Son los depositarios de anécdotas familiares, de recuerdos y de la genealogía.

Con frecuencia, a falta de la fe, transmiten valores humanos como el sentido del esfuerzo y el gusto por el trabajo bien hecho, y abren la mente del niño a mil cosas que los padres no tienen tiempo de abordar.

Así que habrá que aclarar una serie de condiciones que queramos que se respeten para dejar a los niños con sus familiares.

Algunas situaciones requieren unos límites muy firmes. Por ejemplo, exigir respeto mutuo. Los familiares no deben criticar los valores de los padres y viceversa.

Otra condición que es importante recordar nítidamente: la misa del domingo. Hay que evitar abordar delante de los niños los temas objetos de enfado. Sería malo para ellos asistir a una pelea familiar entre personas que aman.

El mejor barómetro para saber si las cosas han ido bien con respecto a la estancia con los familiares son los niños. Ellos cuentan lo que han hecho, lo que han aprendido y los padres perciben bien si han estado contentos.

La oración, una ayuda esencial

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© Shutterstock

En medio de estas divergencias familiares, conviene extraer fuerzas de allá donde haya. La oración es, como siempre, una ayuda esencial.

“La conversión de mis familiares es una intención que llevamos profundamente en familia”, indica Patricia. En cuanto a los niños de Sara, rezan todos los días “para que sus familiares encuentren al Señor”.

Con estas armas, una situación que parecía bloqueada entre la familia extensa y la nuclear puede a veces evolucionar poco a poco.

“Recientemente, vi que mis familiares se sorprendían después de una discusión con mis hijos mayores”, recuerda Luisa. “Se dieron cuenta de que no están coaccionados en sus convicciones, sino que su fe es personal. Se plantearon preguntas”.

En la familia de Sara, las conversiones de su hermana y después de su cuñada han conmovido a los abuelos. El testimonio de perdón practicado en su pareja y entre sus hijos les sorprende también.

“En nuestra casa, nunca aprendimos a perdonar. Ahora veo que algo se mueve en su interior y que se plantean preguntas. Son más respetuosos aunque no comprendan aún nuestra elección”, confiesa Sara.

Y Luisa añade: “A menudo, la fe se transmite a través de los abuelos. En nuestro caso, es al contrario: ¡los nietos dan testimonio ante la generación más anciana!”.

Y luego, ¿no deberíamos también empezar a mirarnos a nosotros mismos? Esta es la actitud que Bernardo eligió recientemente, siguiendo su camino en la fe.

“Durante mucho tiempo, me mantuve firme con orgullo en mis posiciones, casi de manera provocadora. Ahora, he comprendido que no había que entrar en ese juego estéril de querer convencer a cualquier precio».

«Con este contra-testimonio se corre el riesgo de alejar del Señor a mis padres que ya se hacen mayores. Nuestras relaciones son más apacibles. Ahora, solo queda dar testimonio y ofrecerles todo el amor posible”.

Por Florence Brière-Loth

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