Aleteia

En vacaciones podemos ser misioneros

© Eric Ward
Comparte

Ser misionero no está reservado para unos pocos cristianos excepcionales. Una familia puede y debe también difundir el Evangelio a su alrededor, incluso durante las vacaciones.

«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos.» (Lc. 10:2-3). Este pasaje del Evangelio nos recuerda la importancia de la misión. Pero, ¿cómo podemos ser misioneros, especialmente durante las vacaciones?

De la oración a la acción

La primera petición de Jesús es «Rueguen al dueño de los sembrados…». La oración siempre es esencial, vital y primera. Siempre es anterior a la acción. Porque, tanto en la evangelización como en lo demás, siempre es Dios quien actúa. Somos instrumentos en su mano.

Las vacaciones son a menudo la ocasión de muchos encuentros. La oración de la tarde puede ser una oportunidad para rezar por todos aquellos que hemos conocido, cada niño enumerando a su vez aquellos con los que han compartido el día. Esta oración es importante por dos razones. En primer lugar, porque el Señor siempre escucha lo que Le pedimos. Estamos seguros de que Él responderá a nuestras oraciones, a menudo sin que lo sepamos. Luego porque hace que los niños se acostumbren a ver en cada persona a un hijo de Dios. Un hijo o una hija que Dios ama con un amor único y a quien llama a vivir con Él. Rezar, por tanto, antes de todo. Y luego actuar. ¿Pero cómo?

En primer lugar, viviendo como cristianos. Es a través del amor que tenemos los unos por los otros que se debe ver que somos cristianos. La evangelización tiene más que ver con lo que somos que con lo que decimos. Evangelizar es sobre todo esforzarse por vivir según el Evangelio. Así pues, una familia cristiana debe reconocerse por el amor que le anima y que irradia, no a través de discursos, sino a través de su capacidad de acogida, de apertura y de atención a los demás.

Evangelizar también es no tener miedo de llamar a las cosas por su nombre. En una conversación, en respuesta a la pregunta de un niño pequeño o de un niño mayor, no debemos guardar silencio sobre nuestra fe, no debemos diluir la verdad… aunque estemos en un ambiente que no es en absoluto religioso o incluso hostil, incluso si respondemos a un niño cuya familia no es religiosa.

Debemos decir nuestra fe, decir lo que el Espíritu Santo nos revela, y enseñar a nuestros hijos a hacer lo mismo. No debemos dudar en decir nuestra Fe, incluso cuando requiere valentía, pero debemos decirlo muy simplemente, sin arrogancia, siempre con humildad, porque nuestra Fe es un don que no hemos merecido, sino que hemos recibido gratuitamente, siempre con profundo respeto de nuestro interlocutor, porque él también es un hijo de Dios infinitamente amado.

Evangelizar a veces significa provocar oportunidades para hablar de Dios. Esto no significa que todos estén llamados a evangelizar en la plaza pública o en el metro. Pero esto significa que todos estamos invitados a estar atentos a las llamadas de Dios a nosotros.

Tal vez seamos el pequeño empujón que Dios usará para hacer volver a uno de sus hijos a Él. Para que un abuelo encuentre de nuevo el camino de regreso a la iglesia, puede ser suficiente que sus nietos le piden que vaya con ellos a misa. Para que una pareja decida bautizar a su hijo, puede ser suficiente hablar con ellos con todo el respeto y la delicadeza que la amistad sugiere. Para que un adolescente «perdido» empiece a ver la Luz, puede ser suficiente que disfrute del calor de una familia. Ante la invasión del materialismo ateo, no nos quejemos. Escuchemos a Jesús que nos dice: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos». Recemos y actuemos.

Christine Ponsard

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.