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¿Por qué en vacaciones el tiempo pasa demasiado rápido?

© unsplash ,Aanna Demianenko
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Cada verano, al final de las vacaciones, nos decimos con amargura que el tiempo ha pasado demasiado rápido. Esto es lo que hay que hacer para evitar lamentarse también este año.

Cuando llegan las vacaciones, nos decimos: “Ahora que tengo tiempo, voy a poder hacer montones de cosas. Voy a leer todos esos libros que se apilan en la mesita de noche. Voy a salir y a ver a esos amigos que no tengo tiempo de ver durante el año, etc.” ¡Es un magnífico programa! Pero antes de aplaudir, esperemos mejor al final de las vacaciones.

La experiencia muestra, en efecto, que, a menudo, no se honran esos fantásticos planes de comienzo de verano. Iniciamos miles de cosas, pero rara vez las terminamos. ¿Qué es lo que pasa?

Un círculo vicioso que se instala poco a poco

Hay que decir que, después de trabajar durante el año, vemos bien el derecho a concedernos un poco de reposo. Y ¿qué mejor reposo que dormir largo y tendido?

La molestia es que la mañana que pasamos dormidos queda tan acortada que nos parece que realmente no merece la pena comenzar el trabajo serio. Y ya llega el almuerzo. ¡Qué alegría la de prolongar la comida, qué placer demorarnos en la mesa como nos demoramos en la cama!

Y el drama del verano, es que hace calor. ¿Cómo va a trabajar uno con el calor que hace? ¿Hay piscina, río o playa cerca? Después de todo, estamos de vacaciones, ¿por qué no ir a darnos un baño? Si no lo hacemos en verano, ¿cuándo si no? Y esas tardes de verano tienen la desafortunada tendencia a pasar sin que nos demos cuenta. Volvemos al caer la tarde, bien es sabido, “cansados pero contentos”, y ya ha llegado la noche.

¡Pero cuidado aquí! La noche ni tocarla. La noche es sagrada. La noche es para los amigos. Las noches durante las vacaciones son para socializar. Como se suele decir, ¡la noche es joven! Conviene aprovechar las noches de verano para hablar con los amigos, para soñar, para divertirse, en una palabra… para vivir.

Y pasa la noche y pasan las horas. Nos acostamos tarde. A veces muy tarde. La mañana siguiente se queda en nada. El día comienza a mediodía. Y así se instala el ciclo.

Cuando el tiempo hace de las suyas

El tiempo es muy apacible. El tiempo pasa, sin rechistar. El tiempo no tiene la poca educación de pesar sobre la conciencia de quienes lo dejan pasar volando. Nunca te recuerda que está de paso y que no va a volver. No dice que es inasible como un puñado de arena.

Y, sin embargo, el tiempo es un regalo, un regalo muy desigualmente repartido. No todo el mundo recibe lo mismo. Nadie sabe nunca de cuánto tiempo dispone. ¿Quizás mucho? ¿Quizás poco? No se sabe. Y, a decir verdad, poco importa. Georges Brassens decía en una de sus canciones: Le temps ne fait rien à l’affaire; o sea, que el tiempo en sí no tiene la culpa. Solo cuenta el buen uso que hacemos de él.

Una cosa está clara: el tiempo dado no se recupera. El tiempo pasado no vuelve nunca sobre sus pasos. El tiempo es como el pan fresco, hay que comerlo pronto, no podemos conservarlo.

Es bueno reflexionar sobre esta cuestión del tiempo que pasa. Nuestra vida es efímera, pende de un hilo y no sabemos si veremos el día de mañana. Y, al mismo tiempo, somos seres de eternidad. Estamos prometidos a una vida eterna. 

El tiempo de la vacaciones es como un laboratorio que nos permite verificar aquello que cuenta realmente para nosotros. Basta con pensar que, para aquello que de verdad nos importa, ¡siempre encontramos tiempo! Si nos decimos que no tenemos tiempo, es que no estamos realmente interesados.

Cuidado, el mundo nos propone todo tipo de ocupaciones que son pérdidas de tiempo. Y, a la vez, ese mundo teme terriblemente perder el tiempo que pasa… Como no cree en la eternidad, se aferra como un loco a la ilusión de retener el tiempo. Tiene pánico a ver el tiempo pasar. Prefiere no hablar de ello. 

Por eso, es importante no. Sería como perder un valioso tesoro que nos han confiado. ¿Quién será lo bastante iluso como para no cuidarlo? ¿Quién será lo bastante irresponsable como para despilfarrarlo?

Las vacaciones, para quienes tengan la alegría de disfrutarlas, son un momento privilegiado para aprender a ser maestros de nuestro tiempo. No se trata de hacernos un programa tan apretado que nos ahogue, más bien lo ideal es decidir aprovechar cada momento para estar con quienes realmente queremos, para hacer lo que realmente necesitamos.

Por ejemplo, podemos aprovechar el tiempo a través de la oración. Cuando Jesús nos dice: “Estén prevenidos y oren incesantemente” (Lc 21,36), no nos dice “rezad más tiempo”, ¡sino “rezad constantemente”! San Lucas lo expresa claramente. Y debería ser lo mismo para todo y sobre todo durante las vacaciones.

Estemos atentos en todo momento para amar, hacer un favor a alguien, facilitar un encuentro, leer, reflexionar… En vacaciones estamos libres de ataduras y obligaciones. Esta libertad se nos da para que la pongamos al servicio de lo que es eterno, es decir, de lo que nunca pasará.

Y ¿sabemos qué no pasará jamás? El amor. El Señor nos invita a poner todo nuestro tiempo al servicio del amor. El tiempo de vacaciones será un tiempo ganado si se pone, en todo momento, al servicio del amor. ¡Felices vacaciones!

Alain Quilici

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