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No sé si creo ya en Dios y en el cielo… ¿qué puedo hacer?

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Incluso grandes santos tuvieron dudas… su experiencia y la palabra de Cristo ayudan a perseverar en la fe

La palabra “duda” puede significar dos cosas diferentes. Por un lado, el hecho de dudar de una verdad.

Como sugiere la etimología de la palabra (dubius, doble), el que duda se encuentra ante un camino bifurcado en forma de Y: no sabe si ir a derecha o a izquierda, si decir sí o no a una proposición.

La persona titubea, es escéptica.

© Jošt Gantar / Istockphoto

Sin embargo, la palabra puede designar una cuestión que nos planteamos en relación a una verdad a la que nos adheríamos hasta ese momento sin vacilar.

“La fe es cierta”, recuerda el Catecismo de la Iglesia católica, “más cierta que todo conocimiento humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios, que no puede mentir” (§ 157).

Cuando, el día de su bautismo, el catecúmeno proclama su fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, su “Yo creo” expresa una certeza.

Una certeza que a menudo viene de no pocas preguntas. Pero si pide el bautismo es que ha podido poner fin a sus vacilaciones. ¡Él cree!

Esta fe está llamada a desarrollarse: si continúa su formación, distinguirá motivos para creer que no conocía todavía.

Si dedica tiempo a rezar, el Señor le revelará más su presencia. Y si su oración se vuelve árida, no se inquietará: se le advirtió de que los principiantes reciben consuelos que el Señor no concede ya tanto a quienes acceden a una fe más profunda.

Pero puede suceder que, con motivo de un gran sufrimiento, sea llevado a cuestionar un aspecto del mensaje del Evangelio. Estas dudas (en el segundo sentido de la palabra) no conducen necesariamente al cristiano a dudar (en el primer sentido) y siempre hay una solución para remediarlas.

“Diez mil dificultades no hacen una sola duda”

Los santos han conocido también terribles noches espirituales. También tuvieron la impresión de que Dios les abandonaba, o peor, de que ya no eran capaces de amar a Dios y que estaban condenados.

Estaban obligados a suplicar al Señor que no les dejara desesperarse.

Lo que les consolaba es que estaban seguros de que, al aceptar participar de esta manera en la agonía de Cristo, estaban salvando al mundo con Él y obteniendo la gracia de creer para las almas aún cerradas a la luz.

Cuando santa Teresa de Lisieux se vio terriblemente tentada en sus últimos meses de vida de dudar de la existencia del Cielo, continuó creyendo en ello firmemente apoyándose en la palabra de Cristo: “Yo voy a prepararles un lugar” (Jn 14,2). Como decía el cardenal John Henry Newman, “diez mil dificultades no hacen una sola duda”.

Por el abad Pierre Descouvemont

 

 

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