Aleteia

¿Cuál es esa catedral que toda pareja está llamada a construir?

Couple; project; plan;
© Anetlanda
Comparte

Construir la pareja es a veces una tarea complicada que, desde luego, no se consigue en un día. Sin embargo, con un buen plan arquitectónico es posible conseguirlo. Pero ¿cómo descubrir ese plan y quién es su arquitecto?

¡Cuántas piedras tenemos y tendremos a nuestro alcanza para construir nuestra vida matrimonial!

¿Conoces esta parábola? Dos hombres trabajan duro con un enorme montón de piedras y alguien les pregunta qué hacen. El primero responde con tono molesto: “¡¿Es que no lo ves?! ¡Picar piedras!”. En cuanto al segundo, responde con una gran sonrisa: “¿Que qué hago? ¡Construyo una catedral!”.

Uno de ellos está abatido por su tarea, mientras que el otro se eleva con el sentido de lo que hace. El segundo se ha fijado un objetivo magnífico que le trasciende, que orienta toda su vida y su labor. 

Lo importante es saber adónde se va y por qué

¡Tenemos que realizar tantas tareas diarias en veinticuatro horas que necesitaríamos el doble de tiempo! ¡Es para volverse locos! Si nos quedamos en lo superficial, obnubilados por tanta tarea, sentiremos rápidamente la fatiga, el desánimo, incluso la tristeza. Todo se vuelve más penoso y pesado de cargar. ¡Incluso nuestra pareja se nos haría pesada!

Pero si sabemos adónde vamos y, sobre todo, por qué vamos a ese destino, si sabemos a qué estamos llamados, la vida se vuelve apasionante, tanto más cuanto que nos estamos contentos al sabernos acompañados en nuestro camino, acompañados también por Dios. Podemos mediar con más facilidad en medio de tanto conflicto, ganamos mucho en libertad y (re)encontramos una energía, un entusiasmo e incluso un amor mutuo insospechados.

En el matrimonio, Dios mismo nos ha unido (Mt 19,6). Por eso formamos “una sola carne” y en ello “casi un solo ser”, según los términos de san Juan Pablo II. Es nuestra llamada, nuestra vocación, nuestro primer trabajo de esposos, convertirnos en uno en el amor.

Así, Dios gravó en nosotros ese nombre nuevo que es el de nuestro ser conyugal, que define nuestro carisma y nuestra misión de pareja, nuestra catedral conyugal.

Descubrir esto pone el turbo en nuestra vida de pareja, porque sabemos juntos lo que Dios espera de nosotros, al servicio de nuestra felicidad, de lo que nos procura la mayor de las alegrías. Así que recemos al Espíritu Santo para que nos lo revele, intentemos discernirlo. Para ello podemos, por ejemplo, revisar las grandes etapas de nuestra vida, descifrar a partir de ellas aquello que nos motiva, lo que constituye nuestra especificidad, los sufrimientos que no nos dejan indiferentes y que querríamos aliviar o incluso aquello que los demás reconocen en nosotros como un don carismático o un talento singular…

En medio del oleaje de nuestras trepidantes vidas, sepamos fijar un rumbo, el del Reino, mantengamos la mirada fija hacia el Cielo, con los pies bien plantados en la arena de nuestra construcción. Poco a poco, ¡nuestra catedral conyugal se levantará de la tierra!

Alex y Maud Lauriot-Prévost

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.