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Prometidos enfadados, ¿futuros separados?

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By Antonio Guillem | Shutterstock
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¿Deben los novios renunciar al matrimonio cuando las discusiones con continuas?

El tiempo de noviazgo no es necesariamente ese camino romántico e idílico del que los esposos (que ya lo han olvidado) hablan a veces con nostalgia.

Durante el noviazgo, los enamorados no nadan constantemente en un mar de felicidad. Hay estrés, discusiones, peleas y dudas que pueden someter a la pareja a una difícil prueba. ¿Qué factores causan estas situaciones?

Peleas  del noviazgo

Los novios pueden tener diferencias de carácter, de educación, de cultura, de religión… Pero lo más frecuente es que se trate simplemente de la inquietud de cada uno por proteger su personalidad en una relación que exige, inevitablemente, algunas renuncias.

Cuando estamos enamorados, podemos temer ser absorbidos por la personalidad demasiado fuerte del otro y no queremos ser personas dependientes. Así, puede instaurarse una lucha de poder, silenciosa o abierta, simplemente para poner a prueba al otro: “Necesito saber quién manda…”, “¿Me amas lo bastante como para ceder primero ante mis exigencias?”…

La tensión puede ser fuerte en algunas parejas en las que los prometidos han sido solteros durante mucho tiempo y han adquirido el hábito de hacerlo y decidirlo todo por sí solos.

Tensiones familiares

Tampoco se deben subestimar las causas exteriores a la pareja como fuentes de disputa. Para empezar, es posible que uno de los novios no sea muy aceptado en su familia política. Nunca es tan fácil como creemos dar a nuestro hijo o hija querida a otra persona… ¡Queremos que tenga la pareja perfecta!

De ahí los comentarios, las advertencias quizás de los futuros suegros o cuñados sobre la elección de la pareja, sobre sus defectos. Son palabras que quieren ser útiles pero que introducen la duda en la cabeza de alguno de los prometidos. Hay consejos relativamente imperativos (“Sobre todo, ¡no te dejes manejar al principio!”) que pueden generar el temor de que el cordón umbilical nunca se rompa, ni siquiera tras la boda.

También es posible que las dos familias no estén del todo de acuerdo con la celebración de la boda. Unos quizás sueñen con una boda espléndida (¡y cara!), mientras que los otros preferirían una boda más sobria. Y los preparativos, siempre más laboriosos de lo que se cree, más acaparadores de lo previsto, se convierten entonces en pretexto para discutir, tanto entre las familias como entre los prometidos.

¿Cómo gestionar esas disputas?

Primero hay que intentar comprender si esas peleas son graves o un asunto menor. Si son serias, pueden ser una señal de contraindicación para el matrimonio. ¡Cuántas parejas casadas se separan diciéndose que ya habían percibido durante el noviazgo que tomaban un camino equivocado y que lamentaban no haber tenido entonces el valor de romper!

La perspectiva de un tercero puede ayudar a confirmar esta intuición. Los padres también pueden ayudar en el discernimiento, con la condición de que no enciendan una luz roja (porque los amores contrariados son los más fuertes y los menos objetivos), sino una humilde luz ámbar.

Por el contrario, si las peleas tienen unas causas menores, si los prometidos pelean por nimiedades, no debería sorprenderles, es lo habitual en la convivencia de dos caracteres, de dos personalidades. El otro es el otro. Y antes de que se conviertan en uno, es necesaria una adaptación.

El otro no es perfecto. Es inevitable toparse con sus límites. Es necesario ajustarse a través de discusiones, renuncias y concesiones. El amor verdadero solo aparece cuando dejamos de idealizar al otro, cuando dejamos de soñar y llegamos a amar al otro tal y como es, sabiendo que, tal y como es –¡vistas también sus innegables cualidades, claro!- es posible un camino maravilloso.

Las peleas son una oportunidad para establecer algunas adaptaciones

Ser adulto significa gestionar de forma positiva lo imperfecto de la condición humana. Y las riñas de los prometidos a menudo no son más que la necesaria manifestación del proceso de adaptación.

Es frecuente, además, que, después de un noviazgo difícil, el primer año de casados sea más fácil de vivir porque el “trabajo” de adaptación ya se hizo antes. Por otro lado, después de un noviazgo idílico, el primer año de casados puede resultar difícil porque, tarde o temprano, hay que desidealizar al otro para alcanzar el amor auténtico.

Denis Sonet

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