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¿Realmente es el amor de mi vida?

Wedding engagement ring - Woman
© Fizkes
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A veces sucede que algunos cónyuges piensan, quizás con amargura, que su unión no es tan idílica como la veían al principio. Algunos llegan a preguntarse si Dios quería realmente para ellos a la persona con la que se han comprometido de por vida. Aunque es una cuestión delicada, existe respuesta.

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Tal vez algún día nos hayamos hecho estas preguntas al pensar en nuestra pareja: “¿Realmente es el amor de mi vida? ¿Quiere Dios de verdad para mí este matrimonio?”.

Aunque no podamos responder enseguida a esta pregunta, sí podemos afirmar que Dios no tiene para nosotros un proyecto irrevocable, siempre y cuando la elección no nos impida la posibilidad de santificarnos. Como buen padre, no nos elabora minuciosamente un proyecto en el que todo  está controlado por él. Como buen padre no impone y ve inapropiado quien dice por ejemplo a una hija: “Tú serás médica como yo”, o a otro hijo: “Te casarás con la persona que yo elija para ti”.

Es cierto que los padres tienen derecho a desear lo mejor para sus hijos. Es incluso indispensable que tengan estos deseos para que sus hijos se convenzan de que son objeto de consideración y guiados en un entramado de posibilidades válidas. Pero de esos deseos no deben derivarse órdenes que ya no respetarían la personalidad original de cada hijo.

Así, podemos pensar que Dios tiene sueños para cada persona, pero sin duda no impone a nadie un camino. Dios creó libre al ser humano y, por tanto, juega al juego de la libertad. Totalmente.

Hacer que la elección tomada sea la buena

Por pocas dificultades que encuentren las personas en el camino elegido (y en todos los caminos del mundo hay baches), se repiten a sí mismas que se han equivocado, que en otros prados la hierba crece más verde… Y el mayor error en toda esta historia sería, de hecho, el dudar.

Además, los sueños de Dios para las personas se señalan también a través de las circunstancias de la vida. ¿Y si el sueño de Dios con respecto a una persona que duda de su elección de cónyuge no fuera precisamente ese hombre o esa mujer que se cruzó un día en su camino? ¿Y si fuera precisamente el o la que Dios te envió?

Puede ser cierto que esa persona no se corresponda quizás al ideal de cónyuge que la pareja esperaba. ¿Qué hombre o mujer no ha soñado con un matrimonio idílico donde la comunión de los corazones se expresara en conversaciones maravillosas, sobre todo en el plano espiritual? ¿Dónde lo harían todo juntos, desde el desayuno hasta la oración en común? ¿Quién no ha soñado nunca con el cónyuge perfecto…¡que no existe! ?

Pero lo esencial no está aquí. Lo esencial es poder pensar que, con la pareja con la que se está y a pesar de las imperfecciones propias, podemos hacer un camino ascendente y hermoso.

El filósofo francés Alain decía en esencia: lo importante no es haber tomado la elección correcta, sino hacer que lo elegido se convierta en lo bueno. Por tanto, en un momento de duda sobre el cónyuge escogido, lo que Dios pide no es soñar con otro camino, sino darnos cuenta de que, desde que recibimos el sacramento del matrimonio, la persona desposada es desde ese momento nuestra “vocación”, el llamado de Dios en nuestra vida a través de sus necesidades razonables.

Denis Sonnet

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