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La receta de un matrimonio santo para los momentos difíciles

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© Sanctuaire d'Alençon / Montage Aleteia
Le vitrail des saints Louis et Zélie Martin, situé dans la chapelle Sainte-Thérèse d'Alençon (Orne), avec un montage Aleteia.
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Celia y Luis, los padres de santa Teresita del Niño Jesús, lo dejaban todo en manos de Dios

En la situación inédita que vive el mundo actualmente, es normal sentirse estresado, confundido o superado por los acontecimientos. Puede generar un gran sufrimiento. Pero ¿qué sentido puede tener esta angustia inmensa? Y ¿cómo la afrontamos? Buscamos respuestas con los santos Luis y Celia Martin.

El sufrimiento forma parte de la vida. Durante esos momentos insoportables, algunos santos pueden ayudarnos a comprenderlos mejor y superarlos.

El padre Jean-Marie Simar, rector del santuario Luis y Celia Martin en Alenzón, Francia, desvela el secreto de los esposos Martin para resistir ante el sufrimiento en la siguiente entrevista:

¿Hay que sufrir para ser santo?

No. Porque en el cielo somos santos sin sufrir.

Pero en la Tierra, santos o no, creyentes o no, lo queramos o no, todos nos vemos confrontados en un momento u otro con el sufrimiento. El cristiano que quiere ser santo acepta esto y lo ofrece en unión con el sufrimiento de Cristo. Así, se hará semejante a Cristo.

¿De qué forma puede ser “redentor” el sufrimiento?

Solo los sufrimientos de Jesús ofrecidos por amor son redentores, Él solo nos ha salvado. Pero Dios ha querido asociarnos en su plan de salvación. Es lo que dice san Pablo:

Ahora me alegro de poder sufrir por ustedes, y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).

Entonces podemos hablar, como ha hablado el santo papa Juan Pablo II, de sufrimiento “corredentor”.

Eso significa que, como la madre de los dolores, unimos todo nuestro sufrimiento, sea cual sea (enfermedad, pena,…) al de Cristo para la salvación de los demás. Así, nuestro sufrimiento reviste un valor inconmensurable e indescriptible.

Para hacer esto, basta con decirle a Jesús: “Te ofrezco mi sufrimiento para la conversión de otros, para la paz del mundo…”.

Santa Celia Martin hablaba mucho de resignación. ¿Hay que resignarse ante el mal o, por el contrario, combatirlo?

Dios no quiere el sufrimiento, jamás lo ha querido, igual que tampoco quiso su causa: el pecado. No es Él quien nos envía el sufrimiento para castigarnos, como podríamos pensar a veces.

Por eso podemos hacer lo posible para impedir, aliviar o curar el sufrimiento. Y es lo que hizo Celia, rezaba por su curación, llegó a ir a Lourdes…

Sin embargo, por otro lado, ella no se indignaba contra Dios, sino que lo aceptó todo y abandonó su vida entre las manos de Dios, como dejó por escrito su cuñada:

Lo mejor es dejar todas las cosas en las manos del Buen Dios y esperar los acontecimientos en la calma y el abandono a su voluntad. Es lo que voy a esforzarme por hacer” (Correspondencia familiar, 45).

Así, su batalla consistía en abandonarse a la voluntad de Dios y no en luchar por escapar del sufrimiento a toda costa.

El sufrimiento puede llevarnos a rebelarnos contra Dios. ¿No había una pizca de esta indignación en los Martin?

Luis y Celia, por su vida de oración y sacramental, por su compromiso con vivir según el Evangelio, han visto su amor por Dios crecer tanto que nunca hubo lugar para la indignación.

Al contrario, estaban llenos de compasión por todos los sufrimientos que Jesús y la madre de los dolores padecieron por amor a nosotros.

Eran conscientes de que sufrir en unión con ellos era una gracia. Esta compasión hacia el Crucificado les condujo a amar más al prójimo, y a los pobres en particular.

¿Hay una “receta Martin” para superar el sufrimiento?

Mirando al Crucificado y a su madre dolorosa, los esposos Martin comprendieron el valor redentor del sufrimiento cargado y ofrecido por amor.

Por eso, sin hacerse preguntas, sin rebelarse contra Dios, aceptaron la cruz de cada día, tanto la más pequeña como la más pesada. Para ello encontraban la fuerza en la santa eucaristía y en la comunión cotidiana, porque iban cada día a misa.

Así, el sufrimiento se convirtió para ellos y para sus hijos en una bendición. Celia, estando enferma de cáncer, dijo un día:

Si bastara con el sacrificio de mi vida para que Leonia se convirtiera en santa, lo haría de buena gana” (Correspondencia familiar, 184).

Entrevista realizada por Luc Adrian

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