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¿Contar todo nuestro pasado a nuestros hijos?

enfant; ado

© Alena Ozerova - Shutterstock

Edifa - publicado el 07/05/20

Los niños son muy curiosos y les encanta hacer muchísimas preguntas, entre ellas las relacionadas con el pasado. ¿Qué contamos de nosotros a los niños? ¿Tenemos que hablarles de todo, incluso de nuestros errores?

Los sondeos dicen claramente que nuestros niños adoran conocer nuestra vida antes de ellos. La cuestión no está en desvariar contando nuestras hazañas y actos heroicos, sino en compartir con ellos sinceramente las cosas que hemos hecho bien y no tan bien. A menudo, tememos que utilicen como arma contra nosotros las confesiones irreflexivas que hayamos soltado sobre nuestros errores pasados. La clave es, ¿qué contarles y qué guardarnos para nosotros? ¿Debemos ser transparentes o reservados, reescribir la historia o arrojar prudentemente un púdico velo sobre nuestros recuerdos de juventud más o menos confesables?

No transmitirles la imagen distinta

Entre las partes del pasado que deberíamos cuidarnos de no tocar, entre las que no hay que desenterrar ante nuestros hijos, están los rencores familiares, las disensiones enconadas, —motivadas o no— entre familiares próximos o lejanos del árbol genealógico.

Creyendo que les damos unas explicaciones saludables, nos arriesgamos a presentarles una imagen de unos adultos inmaduros que se han quedado anclados en el pasado sin lograr liberarse de él y que hacen repercutir de generación en generación unas mecánicas victimistas o revanchistas.

Por el contrario, ¿podemos evocar un antiguo amor de juventud, una ruptura difícil, el primer cigarrillo fumado, la primera fiesta con amigos…? Los padres no son seres perfectos y los niños están en una situación inmejorable para darse cuenta de ello: no intentemos transmitirles la imagen de una persona que no somos, alguien que siempre trabajó bien en el colegio y obedecía a sus padres porque “en mi época no se respondía así a los padres”.

O bien sospecharán de nosotros por la hipocresía y las mentiras, o bien se preguntarán qué giro del destino hizo que ese niño sin defectos se convirtiera en el adulto que conocen; ¿dónde ha patinado la historia?

Lo que puedan comprender

En primer lugar, tengamos el valor de evocar para ellos los elementos de nuestra historia susceptibles de dejar una impronta: lo relativo a su venida al mundo, por ejemplo, y que les afecta directamente. Pero también alguna situación que hayamos vivido y que les permitiría comprender algunos de nuestros comportamientos hacia ellos. Los niños se culpabilizan rápidamente de las disfunciones cuya causa no comprenden; digámosles aquello que sean capaces de comprender.

En cambio, algunas decisiones desafortunadas que hayamos cometido no les incumben. Compartamos con ellos aquello que queramos transmitirles sobre las dificultades que presenta la vida y la forma en que nosotros pudimos o habríamos podido superarlas.

Compartamos nuestra historia con ellos de forma que vean que Dios nos apoya y nos vuelve a levantar: los perdones dados y recibidos recrean la alegría y la confianza en el futuro.  Es con Él con quien se escribe y se cuenta nuestra historia.

Jeanne Larghero

Tags:
adolescencia
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