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Fortalezas a cultivar mientras esperas la ‘nueva normalidad’

WOMAN AT THE WINDOW,
Dubova | Shutterstock
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Desde el comienzo de la pandemia, el mundo entero espera: el pico, la meseta, el descenso del número de contagiados y de muertos, el fin del confinamiento y, por supuesto, el regreso de la vida normal. ¿Y si esta espera que se ha vuelto casi insoportable pudiera transformar a las personas?

Paradójicamente, la espera no es una virtud. El perro que espera prudentemente su pienso no es más virtuoso que el bebé que brama para recibir su biberón. Además tenemos costumbre de fingir que no hay que hacer esperar a las personas, ¡porque es el mejor medio de meterles las peores ideas en la cabeza! Sin embargo, hay que saber reconocer y comprender el valor posible de la espera, ya sea impuesta o elegida: es un crisol donde se forja el oro de las virtudes. Porque la espera revela, porque la espera transforma.

Una escuela de fe y de fidelidad

Bajo su apariencia anodina, una espera es una experiencia casi metafísica, porque los momentos de espera nos confrontan con la realidad de nuestra vida interior. Actúa como un agente revelador. Esta es una de las primeras virtudes de la espera, que hace tomar consciencia de la riqueza posible de la vida interior o nos alerta sobre la dificultad que tenemos para tomar en consideración los movimientos del alma.

Cuando esperamos, el tiempo entra en suspensión. Atrapados entre dos orillas, nos imaginamos el futuro que no está ahí, volviendo siempre sobre el pasado consumado. Así, cuando posponemos la realización de un proyecto, abrimos en nosotros un campo interior, el del regreso sobre uno mismo. La espera es el lugar donde, gracias a la experiencia posibilitada de la vida interior, tenemos la ocasión de reconsiderar el valor de nuestros objetivos. La distancia aumentada por el tiempo nos propone no consumar, sino observar. Al hacer esto, nos hace libres, porque abre a la contemplación de las realidades inmateriales. Es una escuela de fe y de fidelidad.

Una escuela de esperanza, de paciencia y de caridad

Extraer un provecho de la espera es también interiorizar que, en el momento en que esperamos algo sin hacer nada operativo, sigue pasando alguna cosa en nosotros: se ahonda el espacio que permitirá recibir al acontecimiento. Es normal que la espera de un bien cree sufrimiento o inquietud, a veces indignación. Pero ese tiempo que nos es dado es el tiempo en el que podremos ver y recibir lo que no hemos programado. Es una escuela de auténtica esperanza.

Toda espera es una proposición. Se nos da una oportunidad para forjar paciencia, integrando el tiempo. Para forjar dulzura evitando el pataleo. Humildad aceptando pasar después que los demás. Por tanto, hagamos de nuestra espera no un paréntesis estéril, sino un espacio de fecundidad. Una escuela de caridad. Y bendigamos al Señor que nos sorprende siempre, nos consuela en todas nuestras esperas y las salva.

Jeanne Larghero

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