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En este confinamiento, sobre todo, no dejes de quejarte

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En vez de culpabilizarnos por esta tendencia a sentir lástima de nuestra suerte, el psicoanalista Saverio Tomasella nos propone admitir que la queja no solo es legítima, sino incluso beneficiosa.

Parece que todos tenemos en nosotros un poco de Calimero. Ya saben, ese dibujo animado de un pollito negro con un cascarón blanco por sombrero que se quejaba constantemente de lo mal que le iba. Los niños se quejan de los padres, los padres de sus colegas de trabajo, los colegas de su jefe…

Y cuando no tenemos motivo para lamentarnos por nuestra particular suerte, protestamos por cómo va el mundo. El psicoanalista Saverio Tomasella ha analizado las causas y los síntomas de este mal tan extendido. Y lo encarna en la figura del pobre pollito de animación, recién salido de su huevo, que encuentra que la vida es “una injusticia”.

Para saber cómo reaccionar antes estas personalidades tan irritantes como conmovedoras, o abandonar nosotros mismos este hábito, el especialista ofrece unos consejos extraídos de su propia experiencia profesional.

¿De dónde salen los “Calimeros”?

La figura del quejica no tiene buena prensa, y con razón. El “Calimero” es quien expresa “una queja insistente, casi incesante” y se comporta como “una persona centrada en sí misma, que exige a su entorno una atención continua”, valora Saverio Tomasella.

El especialista explica que su queja es a menudo ridícula, sus lamentos infantiles y que sus reivindicaciones victimistas dejan al descubierto una intolerancia inmadura a la frustración.

En su gabinete, ve desfilar a pacientes afectados de este síntoma característico de nuestra época. “Quejarse por cualquier cosa, a menudo por nimiedades, produce un poderoso efecto dominó que serviría casi de justificación a los comportamientos infantiles que caracterizan este hábito”, indica. Cuanto más se quejan los pacientes, menos son capaces de convertirse en sujetos adultos y responsables, capaces de actuar por su felicidad.

El diagnóstico es cruel y debería invitarnos a cesar nuestras quejas pero, contra toda expectativa, Saverio Tomasella limpia el nombre de Calimero. En vez de culpabilizarnos por esta tendencia a sentir lástima de nuestra suerte, nos propone admitir que la queja no solo es legítima, sino incluso beneficiosa.

Según el psicoanalista, todos los lamentos (incluso los ridículos) merecen ser escuchados, aunque solo sea por la herida íntima que expresan de manera indirecta. Soledad, abandono, maltrato, sentimiento de injusticia: todos los “Calimeros” habrían vivido en su infancia situaciones de gran angustia.

A menudo es ese niño herido, falto de amor, el que resurge en las quejas inconsolables. “El sentimiento de injusticia es la manifestación interior de esa primera experiencia de impotencia absoluta. Como para Calimero, ese sentimiento sobreviene cuando afrontamos una deficiencia tutelar: no hay nadie que nos ayude, nos proteja, nos auxilie…”, precisa Saverio Tomasella. 

Contra un “Calimero”, es contraproducente predicar el estoicismo. Eso no hace sino reprimir un sufrimiento que, lejos de calmarse, envenena a la persona.

La tiranía del buen humor lleva al egoísmo

La denuncia contra la queja puede convertirse, según el psicoanalista, en un manto solapado para el egoísmo. La tiranía del buen humor, el mandato de “positivizar” y de “vivir el momento presente”, la intolerancia a la queja del otro y a las “personas negativas” que algunas revistas nos invitan a evitar, ocultan un egoísmo tanto más feroz cuanto que se reviste de la virtud del estoicismo.

Estos discursos autorizan a cerrar el corazón ante quien afirma que sufre. Ayudan a mantener un corazón seco y, aun así, lleno de buena conciencia.

Y lejos de impedir la queja, la desarrollan bajo otras formas. “La prohibición de los lamentos genera y preserva la crítica, el reproche y el menosprecio, al igual que la burla”, constata el especialista con los pacientes que no dejan de quejarse de los demás. Entre complacencia y represión, salir de la postura de la lamentación no es cosa fácil.

Las virtudes espirituales de las quejas

¿Qué actitud adoptar frente a “la catástrofe”?

¿Cómo hacer para que la lucidez no termine en quejas estériles, victimización o un repliegue excesivamente nostálgico sobre uno mismo?

“El primer paso es mirar al infortunio a la cara”, propone el dominico Adrien Candiard. “Ir hasta el fondo de las palabras de Cristo: ‘Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’”.

Sin embargo, lejos de invitar a una postura lastimera que se alimente de la nostalgia, más bien nos anima a “limpiar nuestras ilusiones” y releer la historia del profeta Jeremías. De este relato, el hermano Candiard extrae una enseñanza capital: sin duda es legítimo expresar el sufrimiento ante la catástrofe, como es legítimo proclamar su sufrimiento ante la visión de Jerusalén destruida y abandonada a la desolación.

Sin embargo, frente a la catástrofe, “debemos depositar nuestra esperanza solamente en Dios”, por lo que hemos de renunciar a nuestras pequeñas ideas sobre lo que puede consolarnos.

No olvidar mirar adelante

Por su parte, la hermana Solange Navarro precisa que la Biblia ofrece múltiples ejemplos de esta queja mortífera porque se centra exclusivamente en el pasado. Los hebreos, en el desierto, añoran el Egipto del que Dios les ha liberado. “Tienen un recuerdo deformado del pasado que idealizan, mientras que el camino del éxodo es el camino de la liberación”, comenta sor Navarro.

El resultado es que dan vueltas en círculos en el desierto durante cuarenta años y que aquellos que se quejaban no entrarían en la Tierra Prometida. ¡Una metáfora impactante sobre la rumiación estéril!

La observación clínica viene a confirmar su análisis: Saverio Tomesalla subraya también que la queja improductiva es “una fijación fuera del tiempo”, una “lamentación en torno a un mausoleo”, una “negación del tiempo que pasa”. Salir de la queja que da vueltas en círculos significa aceptar mirar hacia delante.

El personaje bíblico que mejor encarna la queja es Job. Después de haber perdido brutalmente sus bienes y a sus hijos, primero se mantiene impasible y recita una fórmula de piedad automática. Luego, se queja con virulencia a Dios por su suerte. Sus amigos, escandalizados, no soportan sus recriminaciones rayanas en la blasfemia, explica sor Navarro. Indignados, lo abandonan. Sin embargo, Job es el único personaje en la Biblia de quien Dios dice: “Ha hablado bien de mí”. Pero, para ello, fue necesario que la desgracia entrara en él y que luego se derrumbara.

Job nos enseña que, para esperar terminar con la queja, la única solución es ir hasta el final, sin concesiones, sin falso consuelo, sin discurso tranquilizador y engañoso. “La queja solo se agotará con la queja. Por curioso que pueda parecer, sucede que el veneno es el antídoto”, declara la teóloga protestante Marion Muller-Colard.

Aceptar mirar al infortunio a la cara, en toda su extensión, supone aceptar, como Job, que Dios no sea la figura protectora que había imaginado, que recompensa a los  buenos y castiga a los malos.

Para dejar de lamentarse…

A veces hace falta una palabra de autoridad para dejar de lamentarse

Entonces, ¿hay que resignarse a la desgracia?

¿Hay que considerar la vida como un “valle de lágrimas” y esperar los días mejores del paraíso?

Esto sería olvidar que Job conoce el consuelo durante su vida y que Jeremías, conocido por sus “jeremiadas” y sus quejas contra un Dios que lo envía a predecir catástrofes a un pueblo que lo recibe muy mal, es una importante figura de esperanza. Jeremías, en efecto, anuncia la Nueva Alianza y, en lo más terrible de la catástrofe, compra un campo para simbolizar su esperanza en los días mejores. Dios le promete: “Yo estaré contigo”.

Job recibe consuelo porque es capaz de instaurar un diálogo con Dios. No permanece solo en su dolor. Su queja no es una rumiación solitaria, sino que va dirigida fundamentalmente a alguien.

Aceptar el quejarse, para Job, es atreverse a hablar a Dios libremente, sin fórmulas piadosas. Es también como, en un momento dado, pone fin a sus recriminaciones. En el libro de Job, Dios responde a su siervo poniéndole ante los ojos la perfección y la belleza de la Creación: “¿Dónde estabas cuando yo fundaba la tierra?” (Jb 38,4). Este recordatorio pone freno a sus quejas.

A veces hace falta una palabra de autoridad para sacarnos de la queja. Como un niño que renuncia después del ‘¡Ya basta!’ de su padre y que recuerda entonces que no está solo y le tranquiliza saber que el mundo no gira en torno a él”, señala Marion Muller-Colard. A esa misma postura nos invita el hermano Adrien Candiard cuando propone rechazar las falsas esperanzas y salir de la lamentación estéril para intentar hacer de nuestros infortunios “una oportunidad para amar hoy”. ¡Una invitación a vivir desde ahora en la eternidad!

Pauline Quillon

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