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Medita ante el Santo Sudario con san Juan Pablo II y san Pablo VI

SAINT JOHN PAUL THE GREAT
Derrick Ceyrac | AFP
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La Pasión de Jesús se hace presente a través del Santo Sudario, conservado en Turín. Durante esta Semana Santa, puede ayudarnos a contemplar a quien, por amor, dio su vida por todos nosotros.

Al día siguiente de la muerte de Jesús, al despuntar de la aurora, María Magdalena, alarmada, fue a buscar a Pedro y a Juan: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2). Los apóstoles se apresuraron a dirigirse a la tumba nueva, tallada en la roca, donde, hacía unas horas, los amigos habían depositado el querido cuerpo de Cristo.

Juan, que llegó primero al sepulcro, vio los lienzos funerarios vacíos. Sin embargo, dejó pasar a su mayor quien, estupefacto, se percató de la misma cosa. Luego, Juan entró también y, al ver las vendas… creyó. Para Pedro y Juan, como para la Iglesia de hoy, el sudario en la tumba vacía es el signo de la Resurrección de Cristo.

Entonces, ¿qué vieron? La preciosa sábana mortuoria y las vendas seguían de la manera en que los discípulos las habían dejado en la víspera. Con premura porque “ya comenzaba el sábado [el sabbat]” (Lc 23,54), tumbaron el cuerpo de Jesús sobre una larga mortaja nueva que plegaron sobre todo su cuerpo. “Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos” (Jn 19,40-41), después de haber colocado sobre su rostro otro lienzo, como una mentonera.

Pedro y Juan constataron no solo que el cuerpo de Cristo ya no está ahí, sino que no ha sido robado. Había desaparecido de entre las mortajas dejándolas tal y como las habían plegado. Prueba de ello son el sudario, las vendas y la mentonera hundidas.

El Sudario, una ventana a la eternidad

Aunque es una gracia, la fe necesita señales. Y este Sudario es señal de que el Hijo de Dios se hizo hombre y que, despojado, se entregó por los hombres. La preciosa mortaja, donde se imprime un suplicio inenarrable, tiene un nexo tan profundo con los Evangelios de la Pasión que puede permitirse dejarse embargar por el amor de Dios. Este objeto de piedad ferviente es una llamada a contemplar en silencio al Traspasado (Jn 19,37). Nos ayuda a fijar los ojos de nuestro corazón iluminado por la inteligencia sobre el rostro lleno de dignidad, de paciencia, de misericordia, donde el dolor se ha calmado, el horror ha tornado en paz, donde la vida parece brotar.

“La Sábana santa nos presenta a Jesús en el momento de su máxima impotencia”, dijo Juan Pablo II ante el Santo Sudario en Turín el 24 de mayo de 1998. “Nos recuerda que en la anulación de esa muerte está la salvación del mundo entero. La Sábana santa se convierte, así, en una invitación a vivir cada experiencia, incluso la del sufrimiento y de la suprema impotencia, con la actitud de quien cree que el amor misericordioso de Dios vence toda pobreza, todo condicionamiento y toda tentación de desesperación. [Porque] al recordarnos la victoria de Cristo, nos comunica la certeza de que el sepulcro no es el fin último de la existencia. Dios nos llama a la resurrección y a la vida inmortal. (…) Al hablarnos de amor y de pecado, la Sábana santa nos invita a todos a imprimir en nuestro espíritu el rostro del amor de Dios, para apartar de él la tremenda realidad del pecado”.

El escritor Paul Claudel llegó a decir sobre la Sábana Santa: “Más que una imagen es una presencia”. En 1973, después de haber contemplado el Santo Sudario, san Pablo VI declaró: “Sentimos crecer en nosotros, seamos o no creyentes, la misteriosa atracción hacia la persona de Cristo y escuchamos en nuestros corazones el eco evangélico de su voz, invitándonos a buscarle allá donde está todavía oculto y donde se deja descubrir, para amarle y servirle más allá de las miradas humanas”.

Ciertamente, “quien se acerca a la Sábana Santa es consciente de que no detiene en sí misma el corazón de la gente”, dijo Juan Pablo II, sino que remite a Dios ante todo. Igual que Jesús es “la Imagen del Dios invisible” (Co 1,15), el reflejo del Padre, “el resplandor de su gloria y la impronta de su ser” (Heb 1,15), e igual que Él que nos conduce al Padre, este Sudario es una ventana a la eternidad.

Marie-Christine Lafon

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