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¿Para qué sirve la fe?

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Mucha gente se hace esta pregunta, y, contrariamente a lo que se podría pensar, es una de las más serias porque de su respuesta surge todo un arte de vivir

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No es casualidad que la cuestión de la utilidad de la fe se haya vuelto más importante en estos tiempos que vivimos.

Probablemente no se planteaba de la misma manera en otra época, cuando nos preocupábamos menos por hacer que todo fuera rentable.

Pero hoy tenemos que admitirlo, lo que es inútil no importa. ¿Por qué perder el tiempo en cosas inútiles?

Hay videojuegos que ocupan mucho tiempo y son de poca utilidad, excepto para pasar el tiempo y ganar dinero para los que los venden. Pero esa no es una respuesta a nuestra pregunta.

Si lo espiritual, que no fabrica nada, es un intruso en nuestro mundo, es quizás porque, precisamente desde el punto de vista de lo que el mundo busca, es inútil.

Primero debemos preguntarnos, ¿qué es lo que el mundo está buscando? ¿Y qué es lo que busca el cristiano que vive en este mundo? Comparar las preocupaciones y las metas promete ser interesante. Como dice Jesús: «Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón» (Lc 12, 34).

Esto significa que a lo que es precioso para nosotros (nuestro tesoro), le dedicaremos lo mejor de nosotros mismos (nuestro corazón).

¿Qué es entonces el tesoro del mundo? ¿A quién le ha dado su corazón? ¿Y cuál es el tesoro del cristiano?

¿Qué está buscando el mundo?

La preocupación normal de la población mundial es organizarse, individual y colectivamente, para pasar lo mejor posible el tiempo de su existencia. ¿Hay algo más normal?

Los cristianos, en la medida en que viven en este mundo, tienen la misma preocupación.

Desde esta perspectiva, lo que cuenta es tener éxito, ser feliz y tener una familia satisfecha.

Lo que cuenta es tener suficiente dinero para vivir bien, tener una cierta condición social, una vida interesante, buena salud y, si es posible, una larga vida, tener ventajas y tan pocas desventajas como sea posible.

Ninguna de estas preocupaciones es condenable. Y nadie podría culpar a la persona que puede, siendo lo más honesto posible, hacer todo lo posible para bien vivir, e incluso para vivir bien.

Es una vida al alcance de la fuerza humana. La Biblia diría que es una vida «hecha por manos humanas».

Desde esta perspectiva, es obvio que se aprobará todo lo que pueda servir para este éxito social y personal y se condenará todo lo que pueda perjudicarlo.

Y todo lo que no contribuya activamente a su adquisición será rechazado y puesto en el cajón de la inutilidad. Y, siempre en esta perspectiva, uno puede preguntarse, ¿de qué sirve la fe cristiana?

Me temo que debemos responder que es inútil. Digamos que es de poca utilidad, para no irritar a nadie. En cualquier caso, no es su propósito servir directamente para el éxito social.

El mundo que Jesús promete

Había que llegar a esta conclusión para poder formular la segunda pregunta: ¿cuál es el tesoro del cristiano? ¿En qué posición se encuentra? En otras palabras, ¿será que el Evangelio se ocupa del éxito social o de la planificación de la vida en la tierra?

¿Acaso es un buen método seguir a Jesús para ganar un puesto en el reino que seguramente establecerá en la tierra? Este era el pensamiento de la esposa de Zebedeo, una madre buena y muy realista, para sus hijos. Se equivocó.

Aunque humanamente encontremos un cierto equilibrio, una cierta felicidad, al poner nuestros pasos en los del Señor Jesús, aunque tengamos la suerte de estar en una comunidad muy cálida que da sabor a la vida y que nos apoya en los momentos de crisis, aunque la sabiduría contenida en los Evangelios nos parezca superior a todas las elaboradas por los más grandes filósofos, debemos reconocer que la perspectiva de Cristo no es la de establecernos en la tierra.

Lo que Él está buscando es el Cielo. Lo que nos promete es un lugar con Él con Su Padre. Lo que nos ofrece es un lugar en su banquete de bodas celestial.

Y para llegar hasta allí, el camino que nos ofrece pasa por una puerta estrecha (¡lo que significa que el equipaje no pasa!), es una vida de renuncia (está prohibido mirar atrás), es un Vía Crucis.

Es una vida «no hecha por el hombre». Es una vida «imposible para los hombres, pero posible para Dios». Es Jesús quien lo dice. Es Jesús quien lo vive.

Esto es lo que la Virgen María le dijo a Bernardita en Lourdes: «No te prometo la felicidad en la tierra, sino en el cielo«.

La gracia de santa Bernardita es que esta promesa, lejos de parecerle ridícula y sin importancia, se le apareció como una promesa preciosa.

No se dijo a sí misma: ¿qué sentido tienen todas estas apariciones, si es para seguir sufriendo en la tierra? Su perspectiva era el cielo.

¿Cómo puedes ver la utilidad de la fe en tu vida?

Ahora podemos decirlo: la fe cristiana sirve para la felicidad eterna, para entrar realmente en comunión con Dios y para conseguir realmente la vida eterna. Y sirve incluso en gran medida. 

Pero debemos creer en la realidad de la vida eterna, debemos creer que nada es más importante que el acceso a esta vida eterna, que nuestra patria está en el Cielo, que todo lo que puede permitirnos alcanzar esta felicidad es útil, y que todo lo que no contribuye activamente a ella debe ser relegado a su lugar adecuado.

La utilidad de la fe cristiana sólo se hace evidente cuando se mira la meta a alcanzar. Si quieres llegar a Dios mismo, si nada te parece más importante, entonces has encontrado la manera más efectiva de hacerlo.

Pero si buscas establecerte tan cómodamente como sea posible en la tierra, entonces, en verdad, la fe no te servirá de nada.

Jesús nos advirtió: «Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará» (Mt 16,25). Hay un reto importante. Está claro que la pregunta sobre la utilidad de la fe es importante.

La fe cristiana, el puente de una ribera a otra

Para el que aspira a la vida eterna, la fe cristiana es como la mano que lo agarra y lo ayuda a pasar el precipicio. Es como el hombro sobre el que puede descansar cuando la marcha es demasiado dura.

Es como la luz que surge en la oscuridad e ilumina su camino. Ella es como el viento que se eleva e infla sus velas. Es como el pan y el vino que es necesario para sobrevivir.

Es como el grupo de amigos que lo acogen y lo asocian a su caminata. Ella es como la palabra de amor más verdadera y fiable del mundo.

Transforma su vida cotidiana. Ilumina incluso sus peores problemas. ¿Estabas preguntando cuál es el uso de la fe? ¡Sencillamente es para vivir! Y para vivir para siempre.

 

Por Alain Quilici

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