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¿Cómo amar a quien me cae fatal?

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Parece imposible. Y sin embargo, eso es lo que Jesús nos pide. ¿Pero con qué fin? ¿Por qué debemos amar a los que nos hacen sufrir?

El amor a los enemigos está en el corazón del Evangelio. Este amor es real y exigente, ya que no pide nada a cambio. Jesús habla de ello sin romanticismos, más allá de toda caricatura:

«Pero yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian.» (Lc 6, 27).

Y para ser más claro, la convierte en una bienaventuranza:

«¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre!» (Lc 6, 22).

La ley del perdón reemplaza a la ley de la venganza

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Shutterstock/Surasak Ch

Por supuesto, ¡Jesús no es masoquista! Rompe el círculo de la venganza y la violencia predicando un amor de estima y benevolencia hacia el enemigo:

«Bendigan a los que los maldicen, rueguen por lo que los difaman» (Lc 6,28).

Su vida da testimonio de esta entrega de amor, especialmente en la Cruz:

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

La actitud del discípulo es ante todo escuchar a Jesús con un corazón dócil y luego amar en la verdad. ¡Os digo que améis a vuestros enemigos! ¡Fuera el viejo decreto: «Ojo por ojo, diente por diente» (Lev 24:20)!

A partir de ahora, la ley del perdón sustituye a la ley de la venganza. Jesús corrige la ley y la lleva a la perfección. Toda vida humana es sagrada. El asesinato, la tortura y la guerra no pueden oponerse a esta invitación a amar a los enemigos.

¿Amar a tus enemigos, misión (im)posible?

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Ricardo Moraleida-(CC BY-SA 2.0)

¿Por qué amar a nuestros enemigos? Porque Dios los ama y nosotros somos sus hijos. ¿No tenemos todos el mismo Padre que «es bueno con los desagradecidos y los malos» (Lc 6, 35)?

Su misericordia está por encima de todo resentimiento. ¿Pero cómo podemos amar a la persona que nos ha traicionado, que nos ha hecho daño?

Es una batalla difícil de librar en solitario, es verdad, pero Jesús nos vuelve a enviar a nuestra libertad y nos muestra el camino: «Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados» (Lc 6, 36-37).

¡Menudo reto! Cristo nos honra pidiéndonos que lo cumplamos libremente, a pesar de nuestras heridas y limitaciones. Él confía en nosotros.

Esto no es imposible ya que Él mismo lo ha asumido. Él sabe que somos capaces, a condición de que le dejemos amar en nosotros.

Para ello, nos da Su Espíritu. Así que no nos desanimemos. El camino hacia el Padre es largo, pero el perdón hace que el paso sea ligero. Cada día nos volvemos un poco más misericordiosos. ¡De tal palo tal astilla!

Por Jacques Gauthier

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