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¿Eres exigente con tus hijos?¿Lo sería Jesús?

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Hay padres que tienen altas expectativas para con sus hijos

Hay padres que piensan que se debe hacer todo lo posible para hacer  la vida más fácil a sus hijos y otros que les exigen tareas casi imposibles. ¿Cuál es la actitud paternal correcta? ¿Cuál es la visión cristiana respecto a la exigencia?

A veces pensamos que debemos hacerlo todo para facilitar el trabajo a nuestros hijos. Creemos que lo estamos haciendo bien al rebajar nuestras peticiones, al pedirles lo mínimo, lo que saben hacer. Así nuestra disciplina es blanda.

A veces tenemos miedo de poner una meta demasiado alta. Error. No son las exigencias las que deben asustarnos. ¡Es la ausencia de exigencias!

Lo que un joven busca, con todo el entusiasmo de su juventud, es vencer las dificultades. Aprende superándolas.

Jesús también fue exigente con el joven rico: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Después ven, y sígueme». (Mt 19, 21).

El Señor no nos propone exigencias pequeñas. ¡Él exige todo! Exige más de lo conveniente.

Los apóstoles se exclamaban ante las demandas del Señor: «Al escuchar estas palabras, los discípulos quedaron profundamente desconcertados y dijeron:» Entonces ¿quién puede ser salvo? «. Jesús los miró y dijo:» Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible » (Mt 19, 25).

Y cuando Jesús habla de tomar su cruz y seguirlo, no tiene miedo de asustar a los mediocres. Él exige al máximo, pues vale la pena.

Satanás nos propone los caminos fáciles mientras Jesús nos invita a cambiar. Y cambiar es complicado. 

Lo que pasa es que hoy no nos faltan las facilidades. Estamos saturados de propuestas para simplificar nuestra vida: ofertas del día, dinero gratis, el viaje soñado, el coche barato…

A pesar de los anuncios, los discursos y los vientos en contra, hoy en día no faltan jóvenes llenos de ideales, en busca de altas exigencias, dispuestos a tomar los caminos más empinados.

Lo que quizás falta hoy en día son adultos valientes, personas con la audacia de pedirles lo mismo que el Señor nos pide, los santos que tienen la audacia de decir como San Pablo: «Imítame, como yo asimismo imito a Cristo «. (1 Co 11, 1).

Los jóvenes necesitan metas altas para crecer y desarrollarse como toca. Necesitan exigencias grandes y nobles, aquellas que merecen que uno dé la vida por ellas.

«Todos los atletas en entrenamiento se imponen una disciplina severa; lo hacen para recibir una corona de laurel que se marchita, y nosotros, para una corona que no se marchita. Yo, si yo corro, no es sin fijarme la meta; si yo peleo, no es golpeando en el vacío». (1 Cor 9, 25–26).

Alain Quilici

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