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¿Cómo lograr que nuestros hijos confíen en nosotros?

MOTHER AND DAUGHTER TALKING
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Muchas veces, nuestros hijos no comparten sus preocupaciones, preguntas o esperanzas con nosotros. Nos hablan de banalidades, ocultando lo que realmente les importa. Probablemente no es suficiente invitar a nuestros hijos a hablar para que lo hagan…

¿Por qué queremos que nuestros hijos confíen en nosotros? ¡Para ayudarlos, por supuesto! Aconsejarlos, tranquilizarlos, compartir sus alegrías y tristezas. Pero ¿no hay también motivaciones menos claras y, francamente, menos positivas, como la curiosidad o la hiperprotección? Se trata de tentaciones reales: debemos ser conscientes de ellas y permanecer vigilantes.

Nuestros hijos, incluso los más pequeños, no tienen que contarnos todo, y esto es cada vez más habitual a medida que crecen. Si queremos que confíen en nosotros, deben estar seguros de que preservaremos su jardín secreto. Incluso cuando abren la puerta de este jardín, sería un abuso de poder por nuestra parte tratar de introducirnos demasiado en él.

Respetar esos momentos de intimidad

Tienes que pasar mucho tiempo con tus hijos para estar allí cuando sea el momento adecuado. ¿Pero cómo tratar los asuntos personales cuando siempre hay un hermanito cerca? ¡Fomentar la privacidad es esencial!

En algunas familias, los padres suelen llevar a cada uno de los niños aparte para compartir un momento con él (al restaurante, al cine, a comprar…). Estas oportunidades irreemplazables de intercambios y confidencias no se pueden crear en el entorno de la mesa familiar.

Lo que también atrae las confidencias es un corazón que escucha. Pero escuchar no es suficiente, también hay que saber guardar lo que se te ha confiado. Una confidencia es una confidencia, incluso cuando no está expresamente protegida por el sello del secreto, incluso cuando proviene de un niño de tres o cuatro años de edad.

Se puede hacer una excepción si compartimos entre los cónyuges lo que los hijos nos han dicho, a menos que los propios hijos no pidan que sus comentarios no sean transmitidos a uno de los padres.

«¡A los padres, no podemos decirles nada, se enfadan en seguida!»

Con o sin razón, algunos jóvenes sienten que están siendo juzgados antes de ser escuchados. A Sandra le gustaría ir de vacaciones con sus amigos, pero sus padres piensan que es muy joven: «No hay necesidad de hablar de ello, ¡no es no!». La decisión es irrevocable y está dictada por excelentes razones. Es una pena que no aprovecharan la petición de Sandra para hablar con ella.

Ha crecido, ha cambiado y siente que sus padres no se dan cuenta. Más allá de su proyecto de vacaciones, necesitaba sobre todo que la escucharan. Tomémonos el tiempo para escuchar a nuestros hijos antes de regañarlos. Muchas cosas hermosas pueden surgir de una discusión sincera.

Christine Ponsard

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