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¿Realmente es necesario jugar con nuestros hijos?

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Nuestros hijos necesitan escucharnos decir no solamente: «¡ve a jugar!» sino  «¡ven a jugar! «. Pasar tiempo jugando con los niños es muy importante. A pesar de las apariencias, es incluso uno de los puntos esenciales de la educación.

Para muchos adultos convencidos de la seriedad de la vida, el juego es a menudo sinónimo de distracción, diversión, futilidad o infantilismo. Para otros, los juegos implican automáticamente la idea de ganancia o de carrera a el éxito (programas de juegos, Lotería …). Pero el juego no es nada de eso. No es inútil ni útil. Es gratuito y serio al mismo tiempo. Jugar no «sirve» para nada… pero es indispensable.

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Para un niño, jugar es esencial

Al jugar, el niño aprende y se construye. Necesita jugar, no solo para ocuparse o para distraerse (hasta que tenga la edad suficiente para finalmente participar en actividades más importantes). En realidad, es el adulto quien juega para distraerse y divertirse, el niño juega porque es su forma de aprender, conocerse a sí mismo y descubrir el mundo. El juego lo acapara enteramente, retiene toda su atención y monopoliza toda su energía. Jugar a fondo, dándose plenamente, es un privilegio de la primera infancia, pero puede durar mucho más. ¡Y debemos alegrarnos!

Saber jugar, realmente jugar, es una gran riqueza, no solo para los niños pequeños, sino también para sus mayores … y sus padres. Debido a que no es suficiente respetar esta necesidad del niño de jugar, también se debe jugar con él.

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¡Jugar para crecer mejor!

A menudo – equivocadamente – se da mas importancia al trabajo escolar y al aprendizaje «útil» (hacer su cama, lavarse, etc.) que a los juegos, mientras que todo lo que un niño necesita para aprender puede ser, a menudo, por el juego. Jugar es un estado mental. Jugar con sus niños, permitiéndoles crecer a través de juego, es rehusar a buscar la eficiencia por encima de todo. Es aprovechar una parte de gratuidad, de tiempo (aparentemente) perdido en la vida. Es establecer una complicidad con sus niños por el simple placer de estar con ellos.

A través del juego, podemos ayudarles a superar este o aquel pequeño o gran defecto: saber cómo perder y ganar con la misma simplicidad, estar atento, armarse de paciencia para esperar su turno, saber mantener su lugar dentro de un equipo sin necesariamente tener el primer rol, aprender a compartir la victoria con este mismo equipo. Y luego, jugando, podemos descubrir que papá sabe cómo saltar en puntillas o que mamá no sabe cómo esconderse cuando juega a las escondidas … Todo esto constituye, no solo recuerdos, sino también y sobre todo oportunidades irremplazables para crecer y progresar.

¿Pero cual es la relación con la educación de la Fe?

Los padres que toman tiempo para orar con sus hijos, les hacen descubrir la Palabra de Dios, les permiten vivir los sacramentos de la Iglesia y reciben una sólida enseñanza catequética, y quienes piensan que es facultativo jugar con ellos, no entienden completamente su misión como educadores cristianos. Es cierto que la Fe no es un juego, pero ella no está si relación con él.

En primer lugar, la Fe, como el juego, es «inútil» en términos de rentabilidad y de eficiencia. En segundo lugar, porque elle requiere que nos comprometamos completamente. Finalmente, porque para hacer santos, Dios necesita seres sanos. Por supuesto, nada es imposible a su Amor y los seres profundamente heridos, perturbados y desequilibrados pueden vivir una auténtica santidad. Pero nuestro deber como padres es ayudar a nuestros hijos a construirse armoniosamente para que la gracia en ellos pueda desarrollarse plenamente.

Así que tomemos el tiempo para jugar con nuestros hijos, convencidos de que lo que importa no es tanto el contenido del juego (los llamados juegos «educativos» no son necesariamente los más formativos, incluso cuando son temas religiosos) pero la manera como jugamos con ellos.

Christine Ponsard

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