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¡Socorro, pienso en alguien que no es mi marido!

KOBIETA
Steven Aguilar/Unsplash | CC0
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Casados, a veces podemos apasionarnos por otra persona, incluso desearla y pensar que estamos enamorados de ella. La duda se instala y nos devora por dentro. ¿Cómo actuar cuando no paramos de pensar en otra persona que no es el marido?

¿Somos responsables de nuestras emociones? En este instante, por supuesto que no. Enfrentado a una situación difícil, es posible querer huir cobardemente. Ante un ataque, uno puede querer responder con una explosión de violencia. Y frente a una persona de la cual emana un encanto al que somos particularmente sensibles, podemos resultar atrapados.

Tales sensaciones existen. Pueden ser violentas, como una ola que te inunda. Otras veces, son casi imperceptibles, y es únicamente después de algún tiempo que se da cuenta de la cosa extraña que le habita. Es molesto, porque no nos reconocemos.

“¿Qué me está pasando?”

B-D-S Piotr Marcinski | Shutterstock

Esa expresión es reveladora. Sugiere que hay una brecha entre el sentimiento que tenemos, que puede abrumarnos hasta el punto de la obsesión, y nuestra voluntad. Está en uno mismo pero podemos al menos negarnos a dar nuestro consentimiento.

Es hora de recordar un principio simple pero fundamental: la tentación no es pecado. Mientras no consintamos (ni en la acción ni en el pensamiento), permanecemos fieles, no pecamos.

A la pregunta: “¿Es perdonable?“, por lo tanto, debe responderse que no hay necesidad de perdonar un pensamiento o sentimiento involuntario.

A la vergüenza  (“me parece repugnante”), debemos responder como Jesús: “Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre” (Mc 7, 15).

Pero en realidad, las cosas no suelen ser tan claras. Entre el rechazo puro y simple de la tentación y la evidente caída en la infidelidad, a menudo hay una zona de ambigüedad, más o menos mantenida.

Esta ambigüedad es obviamente una puerta abierta a lo peor. Por lo tanto, hay que luchar y, en primer lugar, eliminar radicalmente la tentación de “ver hasta dónde podemos llegar sin caer”.

La resistencia debe ser clara en el pensamiento y clara en la voluntad, aunque sea una lucha sin gloria, difícil de garantizar la victoria, y a veces palpitante porque parece no terminar nunca.

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Una tentación que debe suscitar interrogaciones

STRESSED WOMAN
Shutterstock

Tal vez sea necesario insistir aquí en la falta de consentimiento. Seamos claros: el consentimiento no es sólo actuar. También existe el consentimiento mental.

En el Discurso de la Montaña, Jesús llama a sus discípulos a una justicia que no es sólo una conformidad externa, sino una verdad interna.

Estas fragilidades, estas reacciones confusas, nos interrogan sobre nuestro pasado y nuestro futuro. Parecen surgir inesperada e inexplicablemente. O podría deberse a circunstancias externas. Pero, ¿son tan extrañas para nosotros como parecen?

Pueden estar relacionadas con el descuido, la falta de vigilancia, o los fracasos reales, viejos o nuevos, que nos han dejado su marca y que nos hacen más vulnerables a una u otra tentación.

Esto exige una obra del Espíritu Santo en lo más profundo de nuestra serenidad: una obra de clarificación, de curación, de liberación.

Por otra parte, estos momentos de confusión y vacilación nos obligan a replantearnos nuestras opciones y compromisos. Cosas que parecían obvias y adquiridas están siendo cuestionadas. Esto puede ser una señal de que carecían de autenticidad o madurez.

La prueba es una oportunidad para renovar el compromiso. Más humilde, ciertamente, pero también más radical y verdadero. Es por eso que el Señor permite estos pasajes peligrosos en nuestras vidas. ¡Él tiene menos miedo que nosotros!

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Padre Alain Bandelier

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