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La historia de Amparo Rubí: “tanto mis hermanas como yo éramos violadas”

Gabriela Camerotti-CC
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Amparo me recibe en su piso en Horta (Barcelona, España). Lleva un vestido floreado de color verde fosforito y azul, el pelo rubio ondulado recogido en un moño y está contenta de tenerme en su casa. Me acompaña hasta el pequeño salón, donde me invita a sentarme en un sofá, frente al enorme aparato de televisión, que monologa encendido. Ella se acomoda en una silla, al lado de la pantalla. Baja un poco el volumen y empezamos.

“Mi vida no ha sido de color de rosa”, afirma. Le pido que vayamos por pasos y que retrocedamos hasta el principio. “Nací en Felanitx, en Mallorca, el 26 de Septiembre de 1964. Aunque crecí en Blanes, Gerona, y allí viví hasta los 15 años.” Viene de una familia humilde y trabajadora de pescadores. Cuenta su vida rápido, dando muchos datos, como si así doliese menos el recuerdo. “Soy la cuarta de once hermanos, más los que murieron antes de nacer. Fui madre a los catorce años y medio y a los diecisiete. Mi primer hijo era de mi hermano, y mi hija, la segunda, fue de mi padre. Tanto yo como mis hermanas éramos violadas.”

Amparo Rubi

Entra en el salón una mujer de unos sesenta años pequeña y escuálida. Tiene el pelo no muy largo, lacio, negro canoso. Lleva unas gafas de otro tiempo y viste una bata de asistenta a rayas azules y blancas. Camina como una muñeca y se me acerca sin decir nada. Me levanto para saludarla. Es Loli. Se sienta a mi lado a ver la televisión mientras nosotros charlamos. Amparo le pide que no diga nada, que estoy grabando, y seguimos.

Me explica cómo descubrió que estaba embarazada por primera vez. “Fue cuando vino el Presidente Suárez a Cataluña. Me encontraba muy mal y me llevaron al médico. Estaba de siete meses. Mi padre dijo que lo había deshonrado y que quién había sido. Le conté que había sido mi hermano, pero no me creyeron. Dormíamos tres chicas en una litera y tres chicos en la otra.»

Por esa supuesta deshonra cambiaron de residencia. Se fueron a Valencia. Allí su existencia siguió siendo infernal. “Mi madre estaba siempre con las máquinas tragaperras. Se gastaba todo el dinero y nosotros teníamos que ir a pedir a la Plaza para poder comer y que mi padre no se enterase de que faltaba el dinero. Muchas veces nos acostábamos con un poco de pan o con un arroz cocido en el estómago para que mi padre se pudiese comer un trozo de carne y no notase que mi madre se había gastado el dinero con el vicio.”

Todos los hermanos tenían un miedo atroz a los castigos de su padre. “Cada vez que alguno de nosotros hacía algo malo nos castigaban a todos. Había palos. Mi padre nos metía en el cuarto de las redes, el cuarto de las ratas. Lo llamaban así no porque hubiese ratas sino porque estaba muy oscuro. Allí nos ataba y nos encerraba a los cinco. Escondíamos una barra de pan en aquel cuarto para comer algo.”

Pero Amparo y sus hermanas tenían razones añadidas para temer. “Después de comer, mi madre se iba de casa para jugar a las máquinas y entonces mi padre se echaba, porque había estado pescando por la noche. Pero antes de dormirse nos llamaba. Mi hermana y yo, dos crías, nos peleábamos por lavar los platos y no tener que ir a la habitación con el papa. Nos hacíamos las sordas cuando nos llamaba. Nos hacía desnudarnos y ponernos en el suelo con los brazos en cruz y después nos cogía y nos metía en la cama.”

Su padre impedía que sus hijas tuviesen relaciones normales con chicos de su edad. Usaba métodos humillantes. “Una vez, con 16 años, mi hermana y yo empezamos a salir con unos chicos. Nos hicimos amigos. Cuando mi padre se enteró nos cortó el pelo como la palma de la mano. Nos dejó los ojos hinchados. Nos quitó la ropa interior y solo nos dejaba llevar una bata de andar por casa para que no nos escapáramos.” Desobedecer a sus consignas posesivas significaba sufrir palizas “con la correa del cuatro. A mis hermanos incluso les había dado con una manguera de butano y les había metido la cabeza en el váter.”

Pese a que ella le contaba lo de las violaciones a su madre, ésta no quería creerla. Hasta que un día consiguió convencerla de que fingiese que se iba y se escondiese en la despensa. “Yo sabía que ese día le tocaba a mi hermana. Y le pilló. Montó un escándalo, pero de nada me valió. Fui a denunciarlo. Lo tuvieron preso solo dos meses y lo soltaron.”

El sistema judicial español de aquel momento sorprende por su candidez con los violadores de sus propios hijos. “Mi padre les convenció de que estábamos mal, de que estábamos locas.” La solución propuesta fue que, para que el pater familias pudiese salir y hacerse cargo de sus responsabilidades como padre y esposo, “mis hermanas y yo saliésemos del hogar. A mí me llevaron a casa de mis abuelos en Granada. A mi hermana, a casa de mis tíos de Barcelona. Y la otra hermana se quedó en casa de una vecina. Pero, nada más salió, nos mandó a llamar. Decía que sus hijas tenían que estar allí con él. Mi hermana se escapó porque, mientras mi padre estaba preso, se casó embarazada con un gitano. Tenía quince años y poco después enviudó”.

Con un niño de su propio padre en el vientre, Amparo tuvo que coger el autobús de vuelta. Cuando llegó: “Vi el panorama. Me encerré en mi cuarto. Tuve la niña. Y un día les dije: “aquí tenéis los niños, los he parido yo, pero no son míos”. Y me marché y no aparecí.” Apenas tenía 17 años.

 

(continuará)

 

Jorge Martínez Lucena

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