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La historia de Amparo (II): “La felicidad de mi niño vale más que todas las cosas”

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En el anterior post, Amparo nos contó su desgraciada infancia en el seno de su familia. Junto a sus hermanas era violada sistemáticamente por su padre. Fruto de aquellos abusos tuvo dos hijos antes de cumplir la mayoría de edad: uno de su hermano y otro de su progenitor. Después de aquello dio un portazo y se marchó de casa.  

A partir de ese momento, pasó por un rosario de gente mala. En varias ocasiones quisieron venderla para la prostitución, pero consiguió escapar. “Fui pasando de mano en mano”, aunque, como ella subraya, nunca se prostituyó ni se drogó. Y la familia volvió a visitarla un día, bastantes años después. Ella estaba trabajando “para una persona en Lizarrán, Valencia. Mi hermano había venido a verme y yo, como buena samaritana y hermana, lo acogí. Confiada, dejé el dinero de la luz y del butano encima del cenicero para ir a pagarlo cuando pudiese y, cuando llego a casa, el dinero no estaba. Me fui a buscar a mi hermano. Estaba al lado del cementerio drogándose. Cuando llegué hubo una redada de la secreta. Me detuvieron y me acusaron de vender droga. Querían que me “chivatara” de uno de los negros de allí, pero yo dije que no sabía nada. Al poco rato salí.”

Se fue de Valencia, dejando todo aquello atrás. En Albacete conoció a un uruguayo del que se quedó embarazada, aunque aquello no funcionó porque “otra chica se lo cameló y luego me pegaron los dos. Los podría haber denunciado”. De allí se fue a Murcia, a Mazarrón, pero sus padres estaban muy cerca de allí y tuvo miedo, “así que me fui a tener el niño a Tarragona.”

Fue entonces cuando se enteró de que había habido un juicio por su detención en la redada en Valencia, como resultas del cual tenía “una reclamación por una sentencia firme de tres años de prisión.” El viejo centro penitenciario de Tarragona no estaba acondicionado para albergar a madres con hijos. Fue por eso que, a los pocos días, la trasladaron a Wad-Ras, en Barcelona. “Ahí empieza mi pesadilla el 20 de Noviembre de 2001. El niño cumplía un año el 21 de Diciembre. En un mes y medio perdí 20 kilos. Lo pasé fatal. Porreras, madres con los críos puestas de rohypnol y de metadona, peleándose por un Actimel. Niños tirados por el suelo. Tenías que ir con mucho cuidado porque te retaban en las duchas.”

Thomas Hawk

Su sufrimiento constante era provocado por lo que su hijo estaba viviendo allí encerrado. “También le habían quitado a él la libertad. Tenía una compañera que le había clavado unas tijeras a su madre y yo no podía parar de pensar que podía coger un cuchillo e hincárnoslo. Además estaba la Merche, una rumana que era la putilla de los funcionarios y por eso dejaban que su hijo y ella maltratasen a los demás…”

Poco después llegó su oportunidad para salir de allí. “El día 5 de Enero me bajó el tercer grado. Pero no pude salir con mi hijo a la cabalgata porque el director se había ido de fin de semana. Salí al segundo día, contentísima porque sacaba a mi hijo. Por mucho que digan, en la cárcel hay mucha más violencia que fuera.”

Amparo Rubí

Pero no acaba ahí la retahíla de sus desgracias. “Un día, cuando llevaba casi un año de contrato en Cristóbal de Moura, donde trabajaba, me vino un dolor terrible. No podía soportar la tira del sujetador en la espalda. Tenía 57 piedras en la vesícula. Me tuvieron que operar.” Debido al ingreso y a los días de baja perdió su trabajo. “Entonces empecé a trabajar con la Fundación ARED, que se encarga de la reinserción de mujeres.”

Como en breve le llegaba la condicional, decidió que le hiciesen la ligadura de trompas. “Me hicieron las pruebas para operarme y el resultado fue que me detectaron un papiloma. El niño tenía tres años. Yo no sabía cómo iba a salir de la operación. Era grave. Me preguntaba quién se iba a quedar con mi hijo si a mí me pasaba algo o si iba a estar enferma, en la calle y sin un techo, con un crío al que nunca he querido usar de tapadera.” Estuvo hablando con las asistentas sociales: le ofrecieron ir dando en acogida a su hijo a familias por periodos de un año, a la espera de que ella pudiese hacerse cargo de la situación. Pero Amparo no quería a su hijo yendo y viniendo. Ya había pasado suficiente estando en la cárcel. “Así que les dije a las asistentas de la Ronda San Pedro que había decidido no dejar al nene en acogida, sino darlo en adopción”.

Esa dura decisión parece en ella una especie de crucifixión voluntaria en pro de la felicidad de su hijo, del que habla con devoción, aunque no lo ha visto en todo este tiempo. Piensa que, hasta que cumpla los dieciocho años, no verlo es lo mejor para él. “Mi hijo era un primor. Era Bisbal pero en pequeño. Era muy listo y despierto. No es porque fuera mi hijo. Todo el mundo lo decía… Yo no puedo hacerte eso, Iván, pensaba. El niño había pasado una temporada de su vida que yo no quisiera para nadie.” Entonces se ensimisma un instante y relata una anécdota de su hijo que la hace sonreír. “Me acuerdo que, cuando en la cárcel gritaban recuento, a las 6 de la mañana, Iván se me quedaba mirando y yo le decía que era la hora del cuento. Y entonces él cada mañana lo decía: que viene el cuento, el cuento,…”

Justifica una y otra vez su decisión de dar a su hijo en adopción. “Yo no quería que estuviese dando tumbos. Un año con una familia, otro con otra. Yo no lo puedo dejar un año y después que me lo devuelvan. Le rompo la felicidad. Así tendría sus estudios, su carrera… Así que decidí dar mi hijo en adopción: la felicidad de mi niño vale más que todas las cosas. No quería que fuese de mano en mano a ver quien lo cogía. No se merecía eso. Quería que estuviese con un matrimonio con hijos. El niño no tenía la culpa de la vida de su madre. Yendo de casa en casa salen más rebeldes. Yo creo que salen más rebeldes así.”

Le sacaron la matriz. Todo salió bien. “Cuando salí del hospital decidí entrar en Wad-Ras, porque en las residencias se pasaba hambre y sin mi hijo ya me daba igual estar en la cárcel para acabar de cumplir la condena.” Entonces, de nuevo, la fortuna se cebó con ella: “estaba fantásticamente con los de la Fundación ARED y uno de los que estaban trabajando ahí, que venía detrás de mí, me robó mis ahorros. No tendría que haberlo hecho, pero le dejé el número de tarjeta del banco y mi número secreto. Estaba desquiciada. Me desapareció todo el dinero. Tres mil euros. Él lo negaba. Pero lo pillaron por las cámaras.”

ARED

Amparo trabaja en la limpieza, lo cual no es fácil con sus problemas de espalda, pero dice que se hace la dura. También ha trabajado cuidando ancianos. Su vida sigue siendo compleja y ardua. Desde que se independizó de ARED para pagar su propio piso, realquila y llega a final de mes con penurias. La semana pasada, por ejemplo, “un chico se me ha largado dejándome a deber 250 Euros. Yo cobro 400 euros si estoy de baja, como ahora, y pago 550 Euros de alquiler, pero aparte todo es eléctrico”. En mitad de la explicación se detiene y, cariacontecida, estalla: “Lo que me pasa es que me roban por todos lados. Me ven demasiado buena y todo el mundo se aprovecha. Que me quiten el dinero no lo entiendo, siendo yo tan humilde. Yo no pongo normas. Les doy de comer. Lavo la ropa. Qué más quieren.”

Le pregunto quién la sostiene en los momentos bajos. Ella me dice que en ARED la ayudan cuando tiene problemas económicos. Entonces entiendo la contigua presencia de Loli. Se la han enviado de la fundación para que así tenga 200 euros más para pagar facturas. Es una mujer con problemas con el alcohol y rechazada por sus hijos. Amparo la acoge, la cuida, la anima. Cuando llegó a su casa iba harapienta. “Hubo que tirar toda su ropa a la basura.” Hoy mismo han ido a un mercadillo y Amparo le ha regalado unos zapatos, que Loli va a buscar a la habitación para mostrármelos, como si fuesen joyas.

Le pregunto a Amparo quién hace eso con ella, quién la mima. “Maria Elena y Teresa (de ARED) tienen ya sus problemas, como mi hermana pequeña, con la que recuperé la relación cuando me sacaron la matriz. Ella ya tiene su familia y sus cosas. No las quiero agobiar. Por eso cuando este hombre se fue sin pagar me tiré en la cama a llorar sola toda la tarde.”

Por Jorge Martínez Lucena

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