Aleteia

“Apuñalé al hombre que abusó de mí siendo un niño”

© r. nial bradshaw / Flickr CC
Comparte
En el anterior post Astrid Daniela nos contó sus cinco primeros años de vida, que fueron de abandono, maltrato y violencia, que no le permitieron tener una infancia. Cuando fue violada por primera vez, huyó de casa por miedo a las represalias de su madre.

Caminó y caminó. Se puso a dormir en una rampa, que era la entrada de una bonita casa. “Cuando me desperté, aquello era el portal de unas puras monjas, que me tuvieron allí unos días y me cuidaron muy bien, como si yo importase. Pero un día llegó la policía y dijo que yo no me podía quedar porque alguien me estaría buscando. Sacaron mi foto en los periódicos y mi tía Ana me vio y llamó a mi madre, y mi mamá me fue a buscar al convento.”

Sin embargo, contra lo que él esperaba, en vez de llevarlo a casa, su madre pidió que lo metieran en un reformatorio. “El preventorio en el que estuve era peor que una cárcel de máxima seguridad. No podíamos ver el cielo y las paredes eran forradas en barras de hierro. Además, cuando íbamos a dormir los chicos me violaban. Muchos, todas las noches. Me hacían de todo.”

Un mes después lo enviaron al Centro de Diagnóstico y Clasificación La Floresta. “Yo allí era considerado un chico confiable, porque no me había volado en un motín que había habido en el centro anterior. Allí se estaba mejor. Había un patio y se veía el cielo, y tenían un laguito con pescados. Había una posibilidad de estudiar. Talleres de electricidad, de talla en madera, un salón de recreación, etc. Era mucho mejor que el infierno que me había chupado.”

A pesar de que en un principio las cosas pintaban bien en aquella nueva institución, las sombras de su vida seguían alargándose contra su voluntad. “Yo era muy inteligente. Allí aprendí muchas cosas en poco tiempo. Yo sé tallar la madera. Yo te hago una cara en madera. Yo te hago un pantalón o una camisa a mano. Yo era muy despierto, muy imperativo, muy metido, porque quería aprender. Muchas veces me metía donde no debía o en el momento en que no debía, que era cuando aprovechaban los mismos profesores de esa institución para violarme. Por eso yo me volé también de ahí, porque abusaban de mí el profesor de gimnástica, el de talla,…”

Pero no solo eran los profesores los que se aprovechaban de él. También sufría bullying por parte de los compañeros de clase. Ese fue el desencadenante de que huyese también de allí: “Tenía una voz muy femenina, descolgaba un poco la mano. Recuerdo que los lunes izaban la bandera y sacaban al mejor alumno a cantar una canción y siempre me sacaban a mí. Y yo cantaba una canción de Claudia de Colombia o de Rocío Durcal. Entonces se burlaban y me llamaban mariquita, porque tenía la voz muy fina. Recuerdo también que mi abuela me daba una arepa con huevo para el colegio y me la quitaban. Me pegaban por maricón. Yo ya sabía qué quería decir. Hasta que un día no aguanté más. Uno de los que me acosaba me estaba esperando con la mano apoyada en la pared. Cuando se empezó a reír de mí le traspasé la mano con un lápiz afilado. Después me volé.”

Cuando apareció de nuevo en casa, su madre lo envió de nuevo a la Floresta. “Me siguieron violando. Hasta que un día me enloquecí, cogí una caja de fósforos y me la comí entera. Yo había aprendido eso en alguna película en la que una mujer se tomaba pastillas. Cuando vi que no funcionaba opté por romper el silencio y decírselo a todos. Les dije que si aquello no paraba me iba a suicidar. Desde los cinco a los siete fue demasiado, fue demasiado,… Me llevaron al médico legista y vieron que era verdad. Pero en vez de denunciar a nadie, para evitar el escándalo, me sacaron de en medio.”

Tras todas las idas y venidas de diferentes internados, me cuenta otro de los puntos de inflexión de su vida: el suicidio de su madre. “Un día mi madre me pidió que estuviera pendiente de un Sancocho que estaba cocinando. Yo me despisté y se quemó. Entonces mi mamá se paró, arrancó los cables de la luz, los dobló y empezó a darme. Yo me escondía debajo de la cama, me colgaba de las tablas. Pero ella desbarató la cama y me siguió dando hasta que se cansó. Eso fue un martes y el miércoles me volé de casa. Ese viernes llegó don Guillermo, como de costumbre. Se sentó afuera con la radiolita y una botella de aguardiente, mientras mi mamá salía a comprar algo a la tienda. La vecina, doña Bernarda, estaba barriendo y vio a don Guillermo escuchando música y tomando. Le preguntó si el niño había aparecido ya. Don Guillermo pensaba que se me había llevado unos días la abuela. A doña Bernarda se le escapó que, con la pela que le había dado la mamá, el niño se había volado de la casa. Entonces, don Guillermo, que me adoraba a mí tanto como adoraba a mi madre, cuando volvió mi mamá de comprar, le hizo el reclamo, empezaron a pelear y el señor le dijo que la dejaba.”

Su madre no pudo soportarlo, se quedó destrozada, tomando aguardiente y llorando mientras escuchaba en la radiolita “La hija de nadie” de Yolanda del Río durante días. “Casualmente esa semana había pasado un vendedor ambulante con “Matayá”, un veneno, y se lo había dejado y le había dicho que se lo dejaba una semana y que no le cobraba si volvía la semana siguiente y no le había servido. El sábado mi mamá siguió tomando. Mis hermanos Juan Carlos y Jorge estaban pasando una temporada en casa y volvían de una fiesta de cumpleaños a las once de la noche. Se la encontraron en el suelo borracha, con la botella de litro del veneno de los ratones en la mano, casi vacía.. Doña Bernarda le hizo beber una botella de aceite y vomitó, pero como había tomado tanto… La llevaron al Hospital, donde fue perdiendo sentido por sentido. Perdió la vista. Pidió que le pasaran la oración de la Santa Cruz y cuando la acabó dijo que ya no veía. Murió en brazos de mis dos hermanos.”

Todo esto se lo han explicado sus vecinos y hermanos. Mientras lo cuenta, las lágrimas surcan sus mejillas. Después, como una avezada narradora, cambia de foco y me cuenta el impacto de la noticia en ella. “Yo estaba en el parque Bolívar, donde me daban un jugo y diez pesos por limpiar. Me estaba tomando el jugo cuando llegó doña Bernarda llorando. Me dijo “apúrese, a su mamá la están velando”. Era Domingo de Ramos. Salí corriendo y me colé en un bus. Cuando llegué vi el tablón de la funeraria con el anuncio de su muerte en la puerta de la casa. Me desmayé. Cuando me desperté la gente oraba. Entonces me di cuenta de que mi madre estaba muerta. Me levanté, corrí hacia el ataúd, la quise abrazar y partí el vidrio.”

A partir de ese momento algo dentro de aquel niño cambió. “Pensé: estoy sola en la vida, ya no me queda nada. Decidí tirarme a la calle hasta que me matasen.” El mundo sin su madre era algo mucho más inhóspito. “No podía dormir en ninguna parte más que en el cementerio. Mi tía Ana me llevó a otro centro, pero yo estaba muy mal psicológicamente. Yo ya no quería estudiar. Sólo quería dibujar el entierro de mi madre, la velación, la imagen de ella que me quedaba en la mente. Me llevaron con una trabajadora social y con un psicólogo, pero me volé y me fui para la calle. Yo quería morirme.”

Desde ese momento, Daniel se entregó al mundo de la delincuencia, como si esta fuese la única salida de la situación en la que se encontraba. “Yo empecé a darme cuenta de que era mala. Yo había destruido el matrimonio de mi mamá. Mi papá nos dejó porque yo no era mujer. Mi mamá se había matado también por mí. Empecé a pensar que yo era una cosa negativa hasta el final. Así que pensé que tenía que pagar por aquello y empecé a robar.”

Sin embargo, aquella solitaria caída se agravó con un tirabuzón más, que lo hizo entrar de lleno en el mundo de la prostitución y de la droga. “Yo ya tenía mucha maldad dentro de mí. Un día, tenía hambre y decidí robarme algo. Una señora salía del Cocorico, el mejor asadero de pollos, con una bolsa. Cuando salió, la seguí. La señora se agarró de la barra del bus y yo tiré de la bolsa y corrí, corrí y corrí, hasta que pude esconderme. Mi sorpresa, al abrir la bolsa, fue que aquello no era un pollo, sino un vestidito de niña y unos zapatos de charol. A mí todo el mundo me decía niña, la niña. Viendo aquella ropa se me quitó el hambre y me dije, me lo voy a medir, si me queda bien me lo dejo puesto. Y me quedaba bien. Entonces me fui así vestido donde estaban las locas (travestis).”

Fue su primera experiencia en el mundo de la prostitución callejera: “Me puse a una cuadra. Llegó un ganadero y me ofreció 500 pesos si me dejaba meter la lengüita. Entonces yo le dije que era virgen y que 1000 pesos. Él me dijo que sí y que me llevaba a un motel. Le pedí la plata antes de subirme al taxi. Era gordo, tenía un pantalón de dril y se metió la mano en el bolsillo y sacó un taco de plata así de grande y de allí sacó los 1000 pesos. Era un fajo con billetes de 200 pesos cafeteros de Colombia. Cuando me dio el dinero se subió al taxi y yo hice lo que había visto que hacían las locas: subí y, mientras con una mano lo tocaba, con la otra le saqué toda esa plata y empecé a gritar: “la policía, la policía”. Él cerró la puerta del auto dejándome fuera y se largó.”

Viéndolo asustado, algunas de las prostitutas que trabajaban por allí lo apadrinaron y se lo llevaron a casa. “Me había mandado 85000 pesos de una sola vez, así que me arreglaron mi primera habitación propia debajo de una escalera. Me dejé crecer el pelo, me empecé a meter un brillo. Yo era su mascota. Todas decían que yo era su hija. Pero me utilizaban para llamar a los clientes. Los hombres querían estar con la niñita. Ellos sabían que yo era una mariquita y querían tener relación conmigo. Todas allí consumían bazuco.”

Desde entonces empezó también a fumar pasta de coca y marihuana, para pasar un poco mejor los días. A los 10 años comenzó a tomar pastillas anticonceptivas para que le crecieran los senos. “También viajaba mucho. Me di a conocer en la capital, Bogotá, y después en Cali, y por todos lados. Yo ayudaba a mis hermanos con todo aquel dinero.”

Su delincuencia se fue agravando con los años. Uno de los ejemplos que pone es el que sigue: “Teniendo 16 años, yo ya era una bonita señorita hecha y derecha, con mis senos y mi pelo largo, un día me encontré al primero que me había violado. Pasó a mi lado, se paró y me dijo: “mamacita, qué linda”. Yo iba con una blusita corta y con unos blue jeans pegados. Me veía muy sexy. Yo lo miré y le hice una pregunta. “¿Usted no vive en el barrio de Aranjuez?” Me dijo que sí. Le pregunté si se llamaba Elkin y me dijo también que sí, y me preguntó si le conocía. Le dije que yo era el niño al que él le había dado el paquete de colombinas. Él me dijo: “mamazota, claro que me acuerdo”. Cuando me dijo eso, yo, que cargaba mi navaja, le dije que yo también me acordaba y le pegué siete puñaladas, porque yo ya tenía conciencia de lo que había hecho ese hombre en mi vida. Si no hubiese sido por él yo me hubiese librado de muchas cosas. No lo maté, pero me desquité.”

(continuará)

Jorge Martínez Lucena

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.
Top 10 Mundo Invisible
  1. Más leido
    |
    Más popular
Ver más