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«Yo sin sol y tú sin fe, no somos nada» (un grabado antiguo que toca el alma)

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Hace algunos años el esposo de mi cuñada Alma me mostró una foto singular. Era un reloj de sol.

“¿Qué tiene de especial?” le pregunté.

“Mira el grabado”, respondió.

Apenas me lo creía. Algo tan fundamental como la fe estaba descrita de una forma gráfica y sencilla, en ese antiguo reloj. Decía:

“Yo sin sol y tú sin fe, no somos nada”.

Con los años he pensado en ello y me atreví a cambiar apenas un poquito ese hermoso pensamiento, para mostrar lo que este mundo temporal me han enseñado.

“Tú sin sol y yo sin Dios, no somos nada”.

La vida vale poco cuando sacamos a Dios de ella, porque pierde su sentido y su valor, su destino.

Bien lo dijo san Pablo: «…en él vivimos, nos movemos y existimos.” (Hechos 17, 28)

Mi poco entendimiento no me permite comprender muchas cosas, sueño con ir algún día al Paraíso y entender.  Hay tanto de Dios que quiero saber. Me han dicho que no sueñe tanto, que todo se dará en su momento.

Por ahora sé que debo perseverar, procurar la gracia, el corazón puro, rezar con fervor y alegría, hacer y aceptar su santa voluntad.

Aprendemos de Jesús, en cada una de sus palabras, siguiendo sus pasos, amándolo. Aprendemos lo que es aceptar la voluntad del Padre con amor y confianza.

“Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. (Lucas 22, 42)

Nos debemos los unos a los otros.  Muchos dependen de nuestros actos, buenos ejemplo y oraciones. La virgen en Fátima lo señaló con claridad y dolor:

«Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores; Van muchas almas al infierno por no haber quien se sacrifique por ellas». 

Haz crecer en ti el celo por las almas. Y reza mucho para que se salven. Ten fe. Confía en Dios y acepta de buena gana lo que Él permita.

Sobre todo, perdona y ama.

Siempre recuerdo la historia de este sacerdote que dudaba de su vocación. Le recomendaron ir a un retiro espiritual, en silencio y humildad antes de tomar cualquier decisión. El ultimo día se alejó un poco para meditar y rezar. Llegó al borde de un precipicio donde crecía un árbol frondoso.

De pie junto al tronco de este árbol pidió luces a Dios. “¿Qué quieres de mí, Señor?”

Un viento envolvente surgió de la nada. Miraba admirado aquél fenómeno cuando escucho una suave voz que le decía:

“Tú eres mío”.

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