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¿Valió la pena buscar a Dios? «Lo volvería a hacer mil veces más» (No te pierdas este extraordinario Testimonio)

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Cada año, cuando se acerca el aniversario del día que cambió mi vida, me siento a reflexionar. “¿Cómo pudiste?”, me pregunto. “¿Lo volverías a hacer? ¿Valió la pena?”

Con hijos, hipoteca por pagar, lo abandoné todo para vivir de la Providencia y dedicarme a escribir y compartir mis aventuras con Dios. Era joven, estaba lleno de ideales y sueños.  Me arrojé sin paracaídas en las manos de Dios. Cerré los ojos y me lancé.

Al principio todo era incierto. Los problemas en lugar de desaparecer se multiplicaron. El banco casi me quita la casa, no podía pagar la hipoteca. Tampoco podía afrontar los gastos del colegio de los hijos. Empecé a preguntarme si hacía lo correcto. Me llené  de dudas. ¿Y si me equivoqué?

Algunas personas me llamaron “irresponsable”, otros “naif (ingenuo)”. «¿Cómo se te ocurre?», me decían,  pero seguí adelante, sin rendirme, pensando que Dios no tardaría en actuar.

La clave está en rezar, pedirle que nos ayude a confiar, en medio de nuestros temores.

En mi caso, en ocasiones me cuesta confiar y le pido: «Ayúdame Señor». 

Tenía dos opciones, quejarme o confiar. Yo quise creer. Sabía bien que sin Él en medio, en mi vida, no podría hacer nada.

Un amigo me había dicho que Dios suele responder en el último segundo, para probar nuestra fe y perseverancia. Y así fue. La Providencia empezó a actuar de formas extraordinarias. Desde entonces nunca me ha faltado.

Te daré un ejemplo sencillo. Un dia necesitaba cien dólares para pagar el colegio de uno de mis hijos y esa mañana alguien me telefoneó para comprarme cien dólares en libros.

Y esto ocurría constantemente.

Recuerdo una ocasión en que pasé en auto frente a una mansión y le pregunté:

“¿Por qué no tengo una como esa?”

La respuesta no se hizo esperar. Sentí en mi corazón que respondía:

“Si lo tuvieras todo, no me buscarías”.

En ese momento comprendí su pedagogía. El mundo tiene la particularidad de cegarnos espiritualmente. Nos sentimos autosuficientes. Hasta que llegan las dificultades.

Hay ocasiones en que Dios permite la adversidad (una enfermedad dolorosa, la pérdida de un empleo, cuando nos calumnian) porque ésta nos hace comprender lo que verdaderamente es valioso. Dándonos cuenta que hemos hecho todo lo que está a nuestro alcance, volvemos la mirada al cielo y clamamos a Dios: “Misericordia Señor”. Y Dios que es todo bondad acude a nuestro auxilio.

Si supieras que Él siempre estuvo allí, a tu lado, contigo. En cada momento de tu vida.

Me di cuenta que podía fiarme de Dios. Era un Padre estupendo.

También descubrí algo extraordinario, que los santos de nuestra iglesia y muchas personas de fe comprobaron desde tiempos atrás: “Las promesas de Dios siempre se cumplen”.  Esto es maravilloso.

Tengo tanto que contarte sobre el amor de Dios hacia nosotros.

Las respuestas a mis preguntas siempre han estado rondando:

―¿Cómo pudiste?

―Porque Dios me ayudó. Confié en Él. Sabía que no me iba a defraudar.

―¿Lo volverías a hacer?

―Sin dudarlo.

―¿Valió la pena?

―Han sido los mejores años de mi vida. Me encontré con un Dios misericordioso, Justo y además Padre nuestro, Padre de todos.

A final comprendes que TODO se lo debes a Dios, que sin Él, nada es posible.

 

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