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Una oración que te acerca a Dios

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Hoy es domingo. Mi esposa Vida está arriba en el cuarto, descansando. Me agrada quedarme en la sala y reflexionar. Me pongo a pensar en Dios y su magnificencia, lo grande que es. No comprendo por qué siempre perdona, por qué su Eterna Misericordia. ¿Cómo puede hacerlo?  Y luego me digo: “¿Crees Claudio?”

Rezo el Credo para entender.

Creo en Dios, Padre Todopoderoso.

Creo, Señor, yo creo. Pero es tan pobre mi fe.

Me repito las primeras palabras.

«PADRE».

«TODOPODEROSO».

¿Realmente creo que Dios es mi padre? ¿Creo que es Todopoderoso?  Mi respuesta es afirmativa.

Entonces, ¿por qué me inquieto tanto ante las dificultades? ¿Por qué no soy capaz de abandonarme en sus brazos paternales? ¿Por qué lo veo tan distante? ¿Por qué en ocasiones dudo?

He leído las vidas de muchos santos. Casi todos tienen algo que quisiera para mí:

Una fe robusta, impresionante.
Una alegría contagiosa.
La certeza de Dios.
La amistad con Jesús.
Una devoción especial por san José.
Una confianza plena en nuestra Madre del Cielo
Una relación cercana con su Ángel de la Guarda.
Un amor que se esparce con facilidad.
Un desprendimiento de los bienes temporales.
Ven a Jesús en los pobres y necesitados.
Tienen un anhelo grande del cielo.
Un alma limpia, resplandeciente.

“Señor, hazme santo para ti”.

¡Qué alegría saberme hijo de Dios! ¡Amado desde una eternidad!

Querer compartir esta alegría es la que me motiva, semana tras semana, a escribir estos blogs, compartiendo mis vivencias con Dios.

Sé que no soy el mejor de sus hijos.
Que constantemente lo defraudo, que podría hacer las cosas mejor.

Ante estas carencias de fe, de amor, y Misericordia, le pido a Él lo que me falta.

En mi pobreza espiritual extiendo la mano y suplico a Dios como un hombre de alma pobre, esperando que pase por el camino de mi vida y se digne mirarme y sanar mi alma.

“¿Crees Claudio?”, me preguntas.

Te diré en qué creo.

Creo en Dios, Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra.

Creo en Jesucristo, su único Hijo,
Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
nació de Santa María Virgen.

Padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios,
Padre todopoderoso.

Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

Creo en el Espíritu Santo,
la santa Iglesia católica, la comunión de los santos,
el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne y la vida eterna.

Amén.

 

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