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Una antigua receta, no de cocina sino de «espiritualidad»

© einalem
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Me parece que cierta vez te lo conté…

Solía trabajar en una empresa y por algún motivo las personas se me acercaban y me contaban sus problemas cotidianos.  Trataba de escuchar con atención y sonreír amablemente. En ocasiones bastaba escuchar para que esta persona se sintiera mejor. 

Un día arranqué una hoja de una pequeña libreta, escribí unas palabras, doblé el papel y se lo entregué a la persona que tenía frente a mí.  “Es una receta”, le dije, “ábrela cuando te hayas marchado”.

Al día siguiente esa persona regresó, sólo que esta vez venía con una mirada de asombro. No podía creer lo que le acababa de ocurrir.

Era algo maravilloso y cambiaba el rumbo de su vida.

“¿Cómo supiste lo que necesitaba?”, me preguntó asombrado. «Tu receta fue efectiva”.

Sonriendo añadió:
“Debes dársela a todos…”

Él no lo sabía. Yo estaba más asombrado, sin poderme creer lo que estaba pasando. Escribí esa receta como cuando vas al médico y te manda tomar una medicina, casi sin pensarlo.  Nunca esperé un resultado tan impresionante.

“No puede ser casualidad”, me dije.

Y a partir de ese día empecé a repartir estas recetas de espiritualidad.

Los resultados no demoraron en verse.

Por mi trabajo, de pronto olvidaba el tema de las recetas, pero cada vez llegaron más personas con otros problemas. La receta, ellos nunca lo supieron, fue casi la misma, pero de alguna forma… individual.

Empecé a valorar más lo que les proponía. Era algo que a diario hacía, pero que no le prestaba la atención debida.  Empecé a darme cuenta de la magnitud de esto. Y a sorprenderme.

Aún hoy, 20 años después sigo sorprendiéndome y, de cuando en cuando, entrego esta receta para el alma, un encuentro que puede cambiar tu vida y las de muchos.

Justamente hoy me escribió una joven que ha leído estos blogs en Aleteia.

“A menudo tengo miedo”,  escribió. “Me preocupo demasiado”.

Recordé aquella receta tan valiosa y se la di.

“Receta contra ese temor: 1 hora diaria ante el santísimo, acompañando a Jesús. Empieza hoy 20 minutos”.

“Se me saltan las lágrimas con su receta”, me respondió ilusionada.

Y yo, sabiendo que Jesús no deja a nadie indiferente, respondí:

“Cuando vayas, dile a Jesús que lo amas mucho”.

¡Qué bueno eres Jesús!

 

 

 

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