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Un plan de vida para conocer a Dios (Un testimonio que te cambiará)

Shutterstock/Marcel Mooij CC
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De niño soñaba con ser santo. No un santo al que todos señalaran, sino un santo «invisible», que sólo Dios viera mi santidad y se complaciera en ella. Quería tener contento a Dios. Por ello me cuidaba mucho de no pecar.

En mi inocencia pensaba que todo sería sencillo.

Cuando somos niños la pureza es un don natural. El mundo aún no nos ha contaminado y todo a nuestro alrededor es una aventura. Todavía me recuerdo caminando con mis pantalones azules cortos y mi camisa blanca, regresando de la escuela hacia mi casa. “Quisiera ser santo para ti, Señor”, le dije.

Algo pasó en el camino, que ese hermoso propósito se enfrió. Lo dejé escondido en algún rincón de mi alma.

Tuve una gracia inmerecida y el amor de nuestra Madre del cielo, quien siempre ha velado por mí. Y cuando estuve por cumplir los 33 decidí que viviría para Dios, a partir de esa edad. No tenía idea lo que pasaría después.

Hice un plan de vida ingenuo, que me llevaría de vuelta a Dios.

Todavía lo recuerdo.

  1. Confesión frecuente
  2. Misa diaria
  3. Perdonar a todos en todo
  4. Ser misericordioso
  5. No negar nada a ningún pobre
  6. Levantarme cada vez que cayera.
  7. Leer libros de espiritualidad católicos y la vida de los santos

Empecé lentamente, con dudas y miedos. Era un cambio radical, ¿qué pensarían de mí?

Recuerdo emocionado la ocasión en que alguien me llamó: “Hipócrita”. Le sonreí con amabilidad. Tenía razón en pensarlo. Esos cambios tan raros, ni yo me los creería. Yo perdonaba y ofrecía a Dios todos estos inconvenientes.

Dios no se hizo esperar. Bastó que diera el primer paso para que Él viniera y me mostrara su inmenso amor.  Me cuidó tiernamente hasta en los más pequeños detalles. Ha sido un buen padre para mí. Me encanta saber que es nuestro padre celestial, por eso cuando rezo el PADRE NUESTRO suelo quedarme con esta palabra: “Padre”.

A punto de cumplir los 60, en unos días, me detengo a reflexionar. Sé que mi vida cambiará radicalmente. Tendrá otro giro como el que me conmocionó cuando iba a cumplir los 33.

He comprendido que nunca se trató de mí, sino de ti, de los demás, de los pobres, los desheredados de la tierra, los hijos amados de Dios.

Dios nos pide a todos, «crecer en santidad», que mantengamos el corazón puro, para que llegado el día, podamos estar con Él y ser felices una eternidad.

“Bienaventurados los de puro corazón, porque verán a Dios”. (Mateo 5, 8)

Ya imagino las grandes aventuras que me esperan a partir de los 60.

¡Qué bueno es Dios!

…………

 

¿Te puedo pedir un favor? Cuando vayas al sagrario y veas a Jesús dile:

«Claudio te manda saludos».

Me encanta sorprenderlo y que reciba saludos de diferentes países.

………

 

Hoy celebramos la vida y el amor infinito de Dios.

…………………….

 

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