Creo que alguna vez te lo he contado. Cuando era un niño, por las noches soñaba con derrotar al diablo, batirme a duelo con él, como uno de los 3 mosqueteros.
Tenía una gran imaginación.
Me veía en esa gran batalla en la que podría librar al mundo de tanta maldad. Ingenuamente pensé que tendría la oportunidad de un duelo justo, de caballeros y que podría vencerlo. En esos días leía muchas historias de aventuras. Lo que no sabía entonces es que el diablo al representar la ausencia de todo bien, sólo piensa en hacernos daño. Es malo, cruel, además de astuto, inteligente, paciente y no actúa solo. Usa estrategias y engaños que ha perfeccionado a lo largo de los siglos.
Pero no es imbatible. Tenemos armas para derrotarlo. El ayuno nos fortalece, el santo rosario lo ahuyenta y la presencia de Dios lo hace desaparecer.
Debes mantenerlo a distancia. Sé prudente cuando asoma el mal.
Nunca abras una ventana por donde pueda pasar.
Ahora de grande, recuerdo esos días en los que tenía sueños de santidad. Me doy cuenta que algo no ha cambiado en mí. He querido luchar contra el mal, ya no con un florete, sino con una espada mucho más filosa: la palabra escrita.
He conocido personas fantásticas, que se han decidido por la santidad. Sus vidas son un ejemplo para todos. Van escalando la montaña de Dios y de pronto algo inesperado ocurre. Tropiezan y caen estrepitosamente por un acantilado, del que salen con dificultad. Les cuesta sanar, recuperarse, volver a emprender la subida hacia la cima. Nunca vuelven a ser los mismos. Quedan desacreditados, con sus obras.
Es una estrategia muy sutil del diablo. Desacreditar al que lleva adelante la obra de Dios, sacarlo del camino, así no estorbará ni ganará más almas para Dios.
Te das cuenta porque al que solían criticar, ahora lo han olvidado. Dejaron de dar frutos. Y “nadie le tira piedras a un árbol sin frutos”.
Momentos así me hacen recordar las palabras de un sacerdote amigo:
«Santo no es el que nunca cae, sino el que siempre se levanta».
Debemos levantarnos una y otra vez, sin temor.
No te dejes. No caigas en la tentación.
Dios no te eligió por ser el mejor, ni el más inteligente ni el más santo o el que más reza o el más fuerte.
Él siempre escoge a los pequeños, los humildes y sencillos para que quede en evidencia que la obra es suya.
“Somos débiles pero el Espíritu viene en nuestra ayuda” (Romanos 8, 26).
Eres uno de “los preferidos de Dios”.
Levántate!
Dios te eligió por amor. Nunca lo olvides.