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San Cleofás

Un día descubrí el Poder de la Oración (Un testimonio bellísimo)

Holy Sepulchre

GALI TIBBON / AFP

A pilgrim prays outside the closed gate of the Church of the Holy Sepulchre in Jerusalem's Old City.

Claudio de Castro - publicado el 27/03/18

«Por aquellos días fue Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios.» (Lucas 6, 12)

Jesús pasaba noches enteras en oración, ante la presencia de su Padre.  ¿Por qué era tan importante para Él?

El mundo tiene gran necesidad de nuestras oraciones.

“Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, pues muchas almas van al infierno porque no hay quien se sacrifique y pida por ellas”, les pidió la Virgen Santísima a Francisco, Jacinta y Lucía en sus apariciones de Fátima.

Conocía el Poder de la oración, por los muchos testimonios que me llegaban. Sabía que Dios escucha siempre y que cuando rezamos con fe, la oración le es grata y nos atiende.

A Jesús le agradaba estar en la presencia de su Padre, en oración. Y se marchaba a lugares solitarios.

«Su fama se extendía cada vez más y una numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades. Pero él se retiraba a los lugares solitarios, donde oraba.» (Lucas 5, 15-16)

Una mañana me di cuenta de lo poco que oraba. Mi oración era vacía, sin sentido. Mi señal de la cruz era un garabato. Sentí que debía orar. Aprender a orar. ¿Pero cómo hacerlo?

En aquellos días solía pensar que la oración era el lenguaje de Dios. No importaba en que idioma rezaras, Él siempre comprendería y te estaría escuchando. Reflexioné mucho en ello.  Me sorprendía ver a los monjes orantes, a las religiosas de clausura y me decía: “Sus oraciones sostienen al mundo”.

Me preguntaba por qué parecía que orar era parte indispensable de sus vidas. Rezaban con una facilidad asombrosa. Se sumergían en la oración en un instante. La santa Biblia tenía incluso promesas a aquellos que oraban con fervor.

«No os inquietéis por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias. Y la paz de Dios, que supera todo conocimiento, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.» (Filipenses 4, 6-7)

Me parecía maravilloso. Pero aún no encontraba el verdadero sentido a la oración.

Un buen día noté en misa a una persona que se destacaba por su fervor. La misa concluyó y se quedó allí, mientras todos nos marchábamos, dando gracias a Dios.

Ese día comprendí: “Rezar es estar en la presencia de Dios”.

Y me di cuenta que mientras estuviera en su presencia amorosa, todo estaría bien.

……………

Sentí la necesidad de compartir estas maravillosas experiencias que descubría cada día,  y me senté a escribir un libro donde relataba mis vivencias, mi búsqueda y encuentro con la oración.

Te invito a leerlo. Puedes acceder a él en estos enlaces:

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