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Tres palabras que lo cambiaron todo. (Un testimonio extraordinario)

Brian Wolfe-CC
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Una tía de mi esposa, tenía una finca en Boquete, una región montañosa y cafetalera de Panamá. Poseía un sector sembrado con naranjales que daban frutos abundantes. Un día de febrero, viajé a Boquete de vacaciones, con Vida, mi esposa y mis hijos. Aprovechamos para visitar su finca. Nos obsequió un saco repleto con naranjas recién cosechadas.

Le pregunté el secreto tanta la abundancia y me dijo: “Vengan a caminar conmigo”. Nos llevó al naranjal y a medida que andábamos ella bendecía las plantas y rezaba en voz alta: “Jesús pasó por aquí”. Me dejó sorprendido, porque en otros sectores las plantas no daban tantos frutos.

Hay que bendecir.

La santa Biblia está llena de referencia sobre las bendiciones y lo importantes que son en nuestras vidas. El mismo Jesús nos pide: “Bendigan a quienes los persigan: bendigan y no maldigan.” (Rom 12, 14).

¿Seremos capaces de hacerlo?

Tengo amigos en otros países que me cuentan cómo sus abuelas o sus madres no los dejan salir de sus casas sin una bendición. ¿Ocurre igual en tu país? Desde niños les bendicen. Es una tradición hermosa.

Hay una bendición que me encanta, la usaba con frecuencia san Francisco de Asís, y muchos la consideran una bendición franciscana:

El Señor te bendiga
y te guarde;

el Señor te mire con agrado
y te extienda su amor;
el Señor te muestre su favor
y te conceda la paz.”
(Núm. 6, 24 -26)

Cuando bendices deseas el bien y atraes el favor de Dios hacia esa persona y también hacia ti, por la buena acción que realizas. Dios nunca deja de premiar nuestras buenas actuaciones.

Es maravilloso ver cómo estas tres palabras “Dios te bendiga”, cambian a las personas.

Hace algún tiempo me hice el propósito de bendecir a todo el que pudiera. La verdad me costó un poco al principio porque no estaba acostumbrado y temía que me vieran como a un “bicho raro”.

Recuerdo que salí al banco a realizar unos trámites una mañana y allí empecé. En el mostrador donde llenas las papeletas una señora me prestó un lapicero. Terminé de llenar el formulario, le regresé el lapicero con un “Dios te bendiga”. Abrió los ojos de par en par y me miró como diciendo: “Y a éste, ¿qué le pasó?”.

No me desanimé. Hice el segundo intento con la cajera que me atendió. Estaba seria, con el rostro adusto, parecía disgustada. Cuando terminó le sonreí y me despedí con un “Dios te bendiga”.

Lo que te cuente es poco. Su rostro se iluminó. Sonrió. Su mirada cambió. Se dirigió a mí muy emocionada: “Dios le bendiga también”.

Era impresionante. Su reacción me conmovió. Se transformó en otra persona, alegre, jovial, amable. ¡Apenas me lo creía!

Desde ese día a todo el que puedo le bendigo.

Y a ti amable lector: “DIOS TE BENDIGA”.

……………..

 

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