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Tras los pasos de una santa, sor María Romero, en Costa Rica (Un testimonio Bellísimo)

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“Estamos destinados a vivir eternamente. ¿Valdrá la pena rebelarse para después sufrir eternamente? Puede decirse que nuestra eternidad depende de un momento, de un instante que se escapa y de un instante que nos espera…” (Sor María).

El  7 de julio celebramos la partida al cielo de la Beata Sor María Romero. Es una santa muy querida en mi familia por varios motivos. El primero es que mi mamá, Maria Felicia Soto, cuando tenía alrededor de 14 años fue a conocerla en San José. Le habían hablado mucho de sor María. Le recomendaron hablar con ella y este encuentro cambió su vida y de mi familia. El segundo es que participó activamente, con su ejemplo,  en la conversión mi papá años antes de su partida al cielo.

El día que mi mamá de estudiante fue a verla, sor María le dijo:

“Usted no se preocupe que María Auxiliadora la va a ayudar”.

Aquí se desarrolló un dialogo interesante.

 

Sentí que debía guardar esas vivencias de mi mamá con sor María Romero que ya es Beata, y le hice varias entrevistas cortas, con diferentes temas, sobre sor María. La llamé y le dije:

“Ponte guapa madre que vamos a hablar de sor María”.

“A tres cosas llama Dios a las almas; a obrar, a sufrir y a orar. A obrar sin desfallecimiento, a sufrir sin quejarse, y a orar sin desanimarse” (Sor María).

Sacó una caja antigua donde guarda todas las reliquias, cartas, libros dedicados, y recuerdos de sor María en su vida y me mostró sus recuerdos con esta santa.

“¿Qué es sacrificarse? Es darse a Dios. Es entregarse en sus brazos mediante un fervoroso acto de amor. Darse a Dios es olvidarse de sí, para no pensar sino en Aquél al cual se ha entregado” (Sor María).

Mi mamá siempre nos habló de sor María, su amiga que iba camino a los altares.

Sor María fue una religiosa salesiana que nació en Nicaragua el 13 de enero de 1902. A su alrededor se  desarrolló una gran obra, bajo el paraguas de María Auxiliadora, en Costa Rica. Se cuenta que cuando echaba agua a las rosas, estas se inclinaban hacia ella para saludarla.

Su Reina, como llamaba a María Auxiliadora  y su Rey, el buen Jesús escondido en el sagrario fueron sus grandes amores, junto a los pobres, los desamparados, las viudas y los enfermos.

Se dieron grandes milagros en torno a ella. Se cuenta que el primer milagro que le concedió Jesús a través de su madre, fue para mi mamá, siendo aún estudiante en Costa Rica. Fue algo muy simpático.

“El cielo consiste en vivir en el Corazón de Jesús. La felicidad es, por tanto, para cada uno de nosotros, la conquista y la poseción de Jesús, ahora en el tiempo y después en la eternidad” (Sor María Romero).

…………

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