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Terminó la Hora Santa y pasó… Me ha dejado inquieto.

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Tengo varios días queriendo escribirte. Me pasó algo que me ha dejado reflexionando, inquieto. Necesitaba contártelo. Y hasta hoy he sentido que es el momento de compartirlo.

A veces Dios nos muestra a través de los sencillos y humildes lo que espera de nosotros. El orgullo es un mal consejero, adormece nuestras conciencias. Dejamos de ver lo fundamental, aquello que en realidad importa.

Ocurrió el jueves por la mañana. Fui con mi esposa Vida a Misa y después nos quedamos para la Hora Santa. Los jueves Eucarísticos son mis favoritos. Sé que puedo tener un encuentro personal, cercano, con Jesús Sacramentado.

Suelo rezar ante el Santísimo la plegaria del Padre Pío:

Has venido a visitarme,
como Padre y como Amigo.
Jesús, no me dejes solo.
¡Quédate, Señor, conmigo!

Por el mundo envuelto en sombras
voy errante peregrino.
Dame tu luz y tu gracia.
¡Quédate, Señor, conmigo!

En este precioso instante
abrazado estoy contigo.
Que esta unión nunca me falte.
¡Quédate, Señor, conmigo!

Acompáñame en la vida.
Tu presencia necesito.
Sin Ti desfallezco y caigo.
¡Quédate, Señor, conmigo!…

Al terminar la Hora Santa el sacerdote lleva la custodia al pequeño oratorio lateral, donde quedará todo el día para que los fieles puedan estar en adoración y acompañar a Jesús.

Hay una procesión solemne. Primero los acólitos con incienso, perfumando, luego el sacerdote, elevando la custodia para que todos podamos adorar al buen Jesús. Y detrás van los fieles.

Miraba a Jesús y le decía:

“Te quiero. Gracias por ser mi amigo”.

En ese momento llamó mi atención una anciana que caminaba detrás del sacerdote, adelantada a la procesión. Su mirada estará dirigida a Jesús, que en lo alto nos llenaba con gracias.

Esa mirada… Me conmovió. Pocas veces la he notado. Miraba a Jesús con tanta ternura y agradecimiento.

Me di cuenta de mi pobreza espiritual. Mi poco amor a Jesús. Esa anciana me mostraba con un simple gesto lo que es amar con el corazón. Todo su cuerpo, su alma, su mirada, todo en ella pertenecía a Jesús. Y le seguía emocionada, sin desviar su mirada.

No necesitaba hablar, todo en ella decía: “Te amo Jesús”.

Mi oración cambió en ese momento:

“Señor, mira esa dulce anciana, cómo te quiere. Dame de tu amor para amarte como ella te ama”.

Amemos a Jesús, un poquito más, cada día más. Él lo merece.

«Gracias Jesús por tu amor».

 

…………..

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