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Te muestro un lugar único que te ayuda a prepararte para «la venida de Jesús»

© Melly95
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Hace algunos años leí sobre el desierto. Cuando el hombre se aleja de todo lo que le distrae y pasa unos días en silencio,  lejos del mundo y sus amigos, para concentrarse en la búsqueda de Dios.

Con los años he tenido mis pequeños desiertos. Han sido más pruebas que algo serio.  Creo que el ser humano le teme al silencio. Por eso suele estar escuchando música, leyendo libros, jugando. Siempre activo, en búsqueda de algo que le llene el alma. Que lo haga olvidar sus penas y dificultades.

Yo estoy por cumplir 60 años. No lo creo. Me veo en el espejo y reflexiono. Los años han pasado,  pero de alguna forma soy el mismo Claudio que tenía 18 años y podía conquistar sus sueños.

He querido tomármelo en serio esta vez. Ir al desierto. Y he pensado que una forma es de lograrlo, es caminar hacia él, lentamente, en la medida de mis fuerzas.  Por eso me retiré de grupos de chats y algunas redes sociales,  buscando momentos de oración, tratando de experimentar la presencia de Dios.

Cuán equivocado estaba. En este mundo no hay sosiego. Debes vivir en él sin ser parte de él. Por ello aquella expresión que se le atribuye a san Félix adquiere tanto significado hoy día: «Amigo, la mirada en el suelo, el corazón en el cielo y en la mano el santo rosario».

Por más que quiera ocultarme del mundo no puedo, está a mí alrededor, me persigue con sus imágenes, sus problemas, lo cotidiano.

Sin embargo hay un lugar donde siempre encuentro paz, alegría, presencia amorosa de Dios. Y es donde hago mis pequeños retiros, donde acudo para estar, breves instantes, alejado del mundo y sentirme plenamente amado.

Me di cuenta que para mí, era la respuesta. Cada cual encuentra la suya propia.  Y me percaté por mis citas dominicales.

Todos los domingos a las 5:30 am voy al Santuario Nacional del Corazón de María, en Panamá, para visitar a Jesús en el sagrario. 

Aquí estoy con él, y mientras te escribo estas líneas, me encuentro entre el cielo y la tierra. Le pido que me enseñe a amar. Y me preparo para su llegada en la Navidad. 

Siempre te pido en mis escritos que le mandes mis saludos. Me encanta sorprenderlo.  Pero hoy, lo saludé de tu parte.

Estoy sentado en una banca frente a Él. Quisiera guardar silencio. Sólo estar aquí, en Su presencia. Pero una necesidad imperiosa me mueve a escribirte y contarte lo que está pasando en este maravilloso momento en el que el mundo se detiene y sólo estamos Él y yo.

Es como si me pidiera:

«Claudio, diles que los amo».

He decidido filmar un momento, para compartirlo contigo.

Por cierto: “Jesús te ama”.

 

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Te invitamos a visitar la página de nuestro autor Claudio de Castro.

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