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«Sí estoy aquí», te dice Jesús desde el sagrario (Un testimonio hermoso)

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Jesús ha sido misericordioso con nosotros, a pesar de lo que somos y hacemos. Eso es lo que me encanta de Él. Su ternura y gran amor por la humanidad. Su dulce presencia en los sagrarios del mundo. Es el Amor vivo y eterno.

Sé por experiencia que es el mejor de los amigos, por eso no me canso de invitar a todos:

«Vayan con jesús en el sagrario. Él los va a escuchar». 

Sabes que me encantan los testimonios, esas maravillosas experiencias con Dios, sobre todo cuando son vivencias ante Jesús en el sagrario. Te comparto esta bella historia que recibí hace poco y logró conmoverme y me dejó reflexionando sobre el Amor de los amores:

Mi inquietud ante la insistente pregunta «si Jesús estaba ahí, en aquél sagrario», me carcomía día y noche. No sabía la respuesta y me confundía en un mar de dudas persistente.

Hacía ya dos años que acompañaba a nuestras hijas a catequesis y luego asistía a su Misa, sin darme cuenta que Él estaba haciendo su trabajo como la gota que horada la piedra.

 ¿Qué sucedió aquella tarde en el faldeo de La Tercena?

La Tercena es un pequeño poblado cercano a San Fernando del Valle de Catamarca, un pequeño poblado situado en el faldeo del Ambato donde se encuentra una pequeña cueva con la imagen de Nuestra Señora del Valle. Allí me dirigí con curiosidad, pero sin fe. Me interesaba conocer el lugar y nunca imaginé vivir una experiencia que cambiaría mi vida.

Comencé a subir la cuesta por un pequeño sendero.  Habría hecho medio camino y me encontré un claro con unos troncos dispuestos como asiento para un breve descanso. Paré un momento, arrobado por el canto de las aves y el murmullo del arroyo. No sé qué hora era. Estaba solo con mis pensamientos acerca de cómo estaría Teresa, mi esposa, que había viajado a Buenos Aires a un control porque le faltaban dos meses para el parto y quería estar con su madre.

Mi mente divagaba en medio de la soledad de ese faldeo. De pronto un silencio estruendoso se produce, similar a cuando hay un temblor, que me envolvió. No había ya cantos de esas aves, no se escuchaba el escurrir del arroyo.

Una fuerte luz me hace girar la vista hacia la cuesta y sólo veo un par de enormes piedras y desde allí una luz y alguien que me invita a seguir adelante: “Ven, sube, sigue el camino”, parecía decir.

El terror me aceleró el pulso. Me encontraba como paralizado ante esta visión. De repente desapareció esa imagen, volvieron los cantos de las aves y el escurrir cantarino del arroyo y hui despavorido cuesta abajo.

Conmovido por ese momento quedé inquieto y preguntándome qué había sucedido.

No tenía respuestas convincentes para mi ser racional. Ninguna me cerraba, ninguna me aclaraba las dudas de lo acontecido y entonces decidí cerrar la experiencia y olvidarme de ella. ¡Ingenuo de mí!, porque cada vez que pasaba por el lugar surgía como una llama la visión y el llamado y yo intentaba apagarlo sumiéndome en trabajo y más trabajo.

En Julio de ese año nacía prematuramente nuestra cuarta hija en Buenos Aires. La ida de Teresa a la Capital fue premonitoria y hacia allí partí para conocer a nuestra nueva y bienvenida hija. Llegando a Córdoba tuve un accidente donde nuestro auto quedó destrozado, pero a mí nada me pasó. El episodio de La Tercena fue quedando atrás en el tiempo y no volví a recordarlo más hasta que regresamos a vivir en la Capital.

Corría ya el año 1985. Comenzaba la catequesis de nuestras hijas en la Parroquia de San Agustín, Buenos Aires. Misa de los niños todos los sábados oficiada por quien fuera mi guía en la vuelta a Dios.

Un sábado se leyó el pasaje de 1 Cor 13 y Fr. Eduardo, mi querido y siempre recordado guía, dio su homilía acerca del amor y cómo ese amor nos espera con infinita paciencia, pero que requiere de respuestas concretas de nuestra parte.

Esa homilía rompió el dique que me había construido durante cinco años y recordé la visión que tuve en La Tercena y los sucesos posteriores: el nacimiento prematuro, el accidente sin consecuencias físicas, el traslado a Buenos Aires, la posibilidad de contar con una vivienda gracias a mis suegros.

El amor siempre nos espera con sus brazos abiertos, pero requiere de respuestas concretas de nuestra parte”. resonaba en mi cabeza.

Y surgió la pregunta: “¿Estás ahí?”

 Preguntaba sin saber por qué lo hacía: “¿Estás ahí?”

 Unos días después me junté con Fr. Eduardo Hernández de Torres, fallecido muy joven en España, y él me fue conduciendo con la ternura que sólo alguien que se encuentra abierto al amor divino puede hacerlo para que pueda encontrar la respuesta buscada.

Me alentó una y otra vez a rezar ante el Sagrario y me aconsejaba: «Hazlo como puedas, con fórmulas, contándole lo que te pasa, lo que sientes y vives, ponlo como quieras, Él te va a dar su respuesta».

Y así fue. Mi pobre y raquítica fe fue abriéndose para escuchar su respuesta:

Sí, estoy aquí”.

 Recordé entonces aquella lejana visión y se inflamó mi corazón y desde ese día dejé de preguntar y de cuestionar, porque tenía ya la certeza que da la fe.

Nuestro Señor vive en cada uno de nosotros, esperando nuestra propia respuesta a su más grande acto de amor. Y se encuentra presente en el Sagrario, escondido en la Eucaristía que se nos da en cada Misa y ante el cual no queda palabra por decir más que «Santo» y «Aleluya».

«Que te ame siempre Señor».

(Horacio Mantilla)

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