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“Señor, ya no puedo más” ¿Te ha pasado? (Un testimonio reconfortante)

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Me encontraba meses atrás en el Santuario Nacional del Corazón de María, en Panamá. Tenía en su pasillo lateral una mesita con mis libros de crecimiento espiritual. En eso ocurrió. Una señora que salía de la capillita del Santísimo, se detiene frente a mí, mira hacia el oratorio y exclama desesperada: “¡Señor, ya no puedo más!”.

Se volteó hacia mí y me dijo: “Paso un mal momento, muy difícil. Me siento como si estuviera en un bote en altamar y éste tiene un hueco enorme por el que entra el agua y se hunde. Mi vida se hunde, no tengo calma y no sé qué hacer”.

“Todos estamos en un bote como el suyo”, le respondí. “Todos tenemos problemas. Y a menudo no logramos solucionarlos. Pero debemos luchar. No permita que se hunda. Seguro hay muchas personas que la necesitan y dependen de usted”.

“¿Y qué puedo hacer?”

Nunca he sido muy bueno para dar consejos. Lo mío es contar historias, y es lo que hago en mis libros, narro testimonio, por ello le narré una muy corta.

“Cuando era niño vivía en Colón, una ciudad costera a unos 75 kilómetros de Panamá. Mis hermanos y yo solíamos alquilar a un anciano pescador su cayuco, formado del tronco de un árbol. Nos gustaba pasear en este cayuco los domingos por las tardes. En una ocasión nos alejamos de la costa y una de las láminas de latón que tapaba un hueco se soltó. El agua de mar empezó a entrar a borbotones. Estábamos muy alejados de la costa. Nos repartimos el trabajo. Mi hermano tomó el remo y yo un envase de plástico para sacar el agua del cayuco. Así pudimos regresar a la orilla sanos y salvos».

La miré a los ojos.

«¿Mi consejo? No permita que el agua, los problemas, inunde el bote de su vida. No se rinda nunca, salga adelante”.

Me nació del alma decirle: “Encuentre un propósito en su vida. Dele sentido”.

La vida es un don, una gracia que se nos da. Eso lo sé bien.

Estos no son buenos tiempos para nadie. Vivimos encerrados en una difícil cuarentena en cada confín de la tierra. No es tiempo para rendirse.

Hay que persistir. Orar a tiempo y destiempo.

No abandones nunca la oración, porque sin la oración estamos perdidos.

¡Ánimo! Hazlo todo con amor.

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