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¿Sabes dónde está el cielo en la tierra?

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A veces durante la Eucaristía me digo: “Éste es el cielo”.

No creo equivocarme mucho. Allí está Dios con una presencia arrolladora.

Últimamente madrugo buscando a Dios. Son ratos íntimos de una oración profunda que ni yo mismo me sabía capaz. Rezo el santo Rosario y hablo con Dios. Es tan intensa Su presencia que le llegas a decir: “haz de mí lo que quieras”.

Te abandonas en sus manos amorosas de Padre, sabiendo que lo que haga siempre será lo mejor para ti. Aunque la mayor parte de las veces no lo comprendas.

“¿Dónde estás Señor?”, le pregunto.

Pasa un camión recolector de basura.

“¿Me viste, Claudio?”

Pasa un joven al que he visto todas las madrugadas a las 5:30 a.m. Va en silla ruedas por la calle hacia su trabajo, incansable, nada lo detiene. Me digo: “Increíble tanta perseverancia”.

“He vuelto a pasar Claudio, esta vez ¿me viste?”

“¿Dónde Señor? Que no te veo.”

“¿Acaso has olvidado estas palabras del Evangelio?: ¿No saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que han recibido de Dios y que está en ustedes? (1º Carta a los Corintios, 6, 19).

“Lo olvido con frecuencia Señor, sobre todo cuando me enfrento a otra persona por tonterías y discutimos… Olvido que Dios habita en él y en mí”.

Amanece y voy a misa para encontrarme con el Eterno Padre, y mi amigo de la infancia, el buen Jesús.

Luego de una hermosa vigilia la Eucaristía es el mejor regalo que puedo recibir.

“Oh, mi buen Jesús… ¿Por qué nos amas tanto? No somos dignos de tanto amor”.

En fila para comulgar me repetía:

“No soy digno Señor, pero Tú me haces digno con tu amor y tu perdón”.

Camino hacia el sacerdote y me digo:

“¿Qué es este gran milagro? ¡Recibir a Dios mismo en un pedacito de pan!”

Me siento en el cielo. Qué felicidad Señor. Estoy a punto de recibirte.

Una hermosa imagen de la Virgen nos recuerda su presencia en medio de nosotros, junto a su Hijo y le pido: “Dame un poquito de tu amor para amar a tu hijo como tú lo amas”.

He llegado frente al rey.

“El cuerpo de Cristo”, me dice el sacerdote mientras coloca frente a mí la hostia consagrada. Me detengo un segundo para decirle que le quiero.

“Te quiero Jesús”.

Recibo la santa Comunión.

“Te tengo Jesús, ahora eres mío”.

Y sonrío feliz mientras regreso a mi puesto.

 

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Querido lector puedes escuchar y compartir este audio blog, una hermosa reflexión grabada por nuestro autor.

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