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¿Quién es el Gran Pecador?

© Cristián Campos M.
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Hace muchos años quedé impresionado por unas palabras impactantes.  Las dijo la Virgen con una profunda tristeza a los pastorcillos de Fátima:  “Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, porque muchas almas van al infierno por no tener quién se sacrifique y rece por ellas”.

Nunca sabré quiénes son  esas almas que requieren nuestras oraciones y rezo particularmente por aquella más necesitada de la misericordia divina.  ¿Lo has pensado alguna vez?

Un día, estando en Misa, le ofrecí a Jesús todas las gracias que pudiera recibir en la Eucaristía por “el gran pecador”.    Fue la primera vez que lo mencioné.

¿El gran pecador? ¿Quién es?  Sólo sé que es una persona que en este momento está siendo tentada y necesita de tus oraciones. Dejo que el buen Dios le ponga rostro. Él nos conoce por dentro y sabe  quién necesita oraciones.

Señor, tú me sondeas y me conoces;
me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.

 No ha llegado la palabra a mi lengua,
y ya, Señor, te la sabes toda.
Me estrechas detrás y delante,
me cubres con tu palma.
Tanto saber me sobrepasa,
es sublime, y no lo abarco. (Salmo 138,1-16)

Había olvidado este tema.  No deseaba escribir sobre esto.  Es algo tan personal. Hay cosas que suelo guardar entre Dios y yo.  Pero tengo tres semanas que voy a misa y en medio de la consagración me viene a la mente este hermano en Cristo: “el gran pecador”,  y las palabras de la Virgen:

“Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, porque muchas almas van al infierno por no tener quién se sacrifique y rece por ellas”.

¿Quién es ese gran pecador?  No tengo idea. En ocasiones podría ser yo, podría ser cualquiera. Todos estamos expuestos al pecado. Somos seres frágiles, de carne y hueso. Y el mundo nos seduce con facilidad. Me consuela saber que Dios nos conoce, y nos brinda la oportunidad de volver a empezar, una y mil veces más.

Siempre me maravillo al pensarlo. Es un gran Padre. Lo sé muy bien. He experimentado su presencia paternal, en los momentos más difíciles de mi vida.  He sabido que iba conmigo y me amaba y me protegía. Como bien dijo el salmista: “me cubres con tu palma”.

“Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, porque muchas almas van al infierno por no tener quién se sacrifique y rece por ellas”.

A menudo rezo por estas personas. Le pido a Dios las gracias que necesitan para salir de las garras del pecado.  Lo hago por amor a Dios, nuestro padre, por amor a los pecadores que están ofendiendo a Dios.

Yo mismo lo he ofendido cientos de veces y puedo comprender. Sé lo que es vivir en el pecado. Y sé también lo que es vivir en la dulce presencia de Dios.

Vivir en Dios es un tesoro infinito.  Un gozo que se desborda. Una paz sobrenatural que nunca antes experimentaste.

¡Señor, que nunca perdamos la gracia!
¡Bendícenos buen Dios!

 

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