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«Querido jesús» (Un testimonio bellísimo)

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Querido Jesús: He querido escribirte. Me brota del alma decirte que “te quiero”. Y deseo agradecer tanto amor y paciencia que has tenido conmigo. Para estos días celebro la decisión que cambió mi vida y me acercó más a ti. Han sido los mejores años de mi vida y quiero agradecerte.

A veces tengo anhelos, sueños del Paraíso prometido.

Me ha ocurrido en la santa misa. Cierro los ojos para escuchar cada palabra. Y de pronto pasa algo que me estremece el alma.

Miro a mi alrededor y comprendo que lo que ocurre en la Eucaristía es un milagro que se nos da, una gracia inmerecida.

Es como si nos permitieras degustar pedacitos del cielo. Imagino ver más allá de lo que mis ojos mortales me permiten. Y siento que me pides con inmensa ternura:

“Esfuérzate Claudio. Sé santo”.

Me inunda un gozo tan grande que se desborda. No puedo retenerlo. Y a la vez, me sé indigno de tanto amor. No soy merecedor de tu misericordia y tu amor infinito.

En esos maravillosos momentos me siento en el cielo. Quisiera que nunca acabaran y digo arrepentido por tantas ofensas: “Señor, apiádate de mí, que soy un pecador”.

Suelo preguntarle a tu Padre, Dios: “¿Cómo puedes amarnos a pesar de lo que somos y hacemos?”. Creo que tiene que ver con su naturaleza. ES amor y no puede más que amar.

Estoy en la última etapa de mi vida terrena. Recién cumplí 62. Me siento cansado y feliz. Me has acompañado a lo largo del camino. Eres mi mejor amigo, desde la infancia. Ayúdame a ser santo y agradar a Dios en todos mis actos. Por mis fuerzas nunca podré.

No me es difícil hablar contigo Jesús. Conoces mis actos, pensamientos, palabras. Lo sabes todo de mí. Nada puedo ocultarte.

Por la mañana hazme saber de tu gran amor,
porque en ti he puesto mi confianza.
Señálame el camino que debo seguir,
porque a ti elevo mi alma.
(Salmo 143, 8)

Señor, enséñame a confiar en tu amor infinito.

Tengo tantas cosas que contarte. Te visitaré en el sagrario para estar contigo y decirte que te quiero.

A todo el que puedo le aconsejo que vaya a verte, porque sé con absoluta certeza que eres un PRISIONERO DE AMOR, que estás VIVO en cada sagrario del mundo, y nos esperas con ilusión para llenarnos de gracias y abrazos.

El día que me tengas ante su presencia en la puerta del cielo te pido que me recibas con una gran sonrisa y luego un abrazo, fuerte, muy fuerte.

La sonrisa me permitirá saber que no lo hice tan mal, que he llegado a casa. Y tu abrazo… es más personal. Siempre he soñado con un abrazo tuyo.

Suelo abrazar a los sacerdotes y les digo: “No te abrazo a ti, sino a Jesús que vive en ti”.

¿Me lo concederás?

Te quiero Jesús.

¡Gracias por ser mi amigo!

 

………..

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Él te va a ayudar. Anda a visitarlo.

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