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“Querido Dios” ¿Le escribirías una carta de amor a Dios? (un testimonio bellísimo)

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Aquella mañana me sentí diferente. Estuve soñando con la presencia amorosa de Dios. Sé que Dios le habla al hombre de muchas formas.  Él es perfecto, santo, inmortal, omnipresente. ¿Y nosotros? Simples mortales, expuestos al pecado, a las tentaciones cotidianas. Lejos de la santidad.

Esta relación de padre e hijo con Dios siempre me ha inquietado. Nos mira desde el cielo, pero interviene poco. Nos ha dejado el libre albedrío para tomar el camino que deseemos. Nos respeta y nos ama.

Aquella mañana me senté a pensar en Dios.  Lo imaginé en el cielo, a mi alrededor, en todas partes, mirando complacido a sus hijos que se esfuerzan por agradarle. Es Misericordioso y conoce nuestras debilidades.

Tenía tanto que decirle, tanto que agradecer. La vida en sí misma es un don sagrado de Dios. Nos abre las puertas a infinitas posibilidades y nos ayuda a encontrarnos con Él.

Pasé el resto del día reflexionando, orando, meditando, buscando en la santa Biblia referencias a su paternidad y su amor y su forma de actuar.

» Yo sabía que tú eres un Dios clemente y misericordioso, paciente y lleno de bondad, siempre dispuesto a perdonar.» (Jonás 4, 2)

Encontré cientos de referencias a Dios; justo, bueno, santo, misericordioso, tierno, Todopoderoso.

Pero cuando me adentré a leer la historia Job, todo cambió. Me vi de frente con un Dios que valora nuestros actos y se enorgullece de sus hijos.

«Reconozco que lo puedes todo, y que eres capaz de realizar todos tus proyectos. Hablé sin inteligencia de cosas que no conocía, de cosas extraordinarias, superiores a mí. Yo te conocía sólo de oídas; pero ahora te han visto mis ojos. Por esto retiro mis palabras y hago penitencia sobre el polvo y la ceniza». (Job 42 2-6)

Fue todo un descubrimiento para mí. Me sentí de alguna forma cercano al buen Job, golpeado, lleno de pruebas, rodeado por personas que deseaban hacerlo dudar de Dios. Y, sin embargo, permaneció fiel.  Y Dios lo recompensó.

He pensado mucho en eso. Y en lo fácil que dudo o me disgusto con Dios. Lo culpo de mis desventuras y olvido que Él está siempre vigilante, pendiente, ilusionado por mí.

El pensamiento de Dios nos sobrepasa, no somos capaces de comprenderlo porque en nuestra pobre humanidad estamos acostumbrados a lo temporal y nos aferramos al mundo. Sin embargo, Dios nos ha mostrado que nuestras limitaciones terminan cuando amamos.  Por eso, seguramente, nos pide constantemente, amar.

Terminaba el día y abrí mi cuaderno. Te escribiré cartas», le dije a Dios. «¿Responderás?»

Así empecé. Y cuando me di cuenta habían pasados los meses y yo continuaba escribiéndole, empezando las cartas con una palabra de amor:

“Querido Dios”.

Recientemente encontré el cuaderno y transcribí algunas de esas cartas. Así armé este libro de reflexiones y testimonios, que es un gesto de cariño al Padre. Lo titulé “Cartas a Dios”.

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