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¿Qué vas a hacer con tu vida? ¿Lo has pensado? (Una hermosa reflexión)

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Me ha ocurrido algo trascendental, que cambiará mi vida para siempre.  Viviendo mi última etapa me he sentado a reflexionar en lo que he hecho con el tiempo que Dios me ha concedido para estar en este mundo.  Me doy cuenta que ha fallado innumerables veces. No he sido el mejor de sus hijos y estoy muy lejos de alcanzar la cima de su montaña donde te encuentras de frente con su Amor infinito y su mirada paternal.

He tratado de escalar su montaña y siempre tropiezo y caigo rodando por su ladera, si no es que caigo al vacío en uno de sus muchos volantines. El camino está empedrado, lleno de obstáculos. Pero la meta bien vale el esfuerzo.

Cada piedra con la que tropiezas tiene un nombre. La que más me hace tropezar, caer y sumergirme en el fango del pecado, a veces pasa desapercibida, por ello me cuesta tanto eludirla. Se llama: “orgullo”.

Veo cientos de esas piedrecillas esperando por mí, parecen una epidemia. Y no encuentro cómo vencerlas y evitarlas.

Sé que por mis fuerzas nunca podré. Solo Dios en su infinita bondad puede darme la gracia que necesito para obtener un poco de humildad. La necesito tanto. Me doy cuenta mi carencia cuando salgo a la calle a hacer un mandado y también sale conmigo, lo peor de mí. ¿Te ha pasado?

La humildad es fundamental si quieres ser santo.  Bien decía san Agustín: “Si quieres ser santo, sé humilde. Si quieres ser más santo sé más humilde. Si quieres ser muy santo, sé muy humilde”.

Los santos de nuestra iglesia nos dan grandes lecciones sobre la humildad con sus vidas. El cura de Ars decía: “Soy como un cepillo en manos de Dios… Si hubiese encontrado un sacerdote más indigno y más ignorante que yo, lo hubiera puesto en mi lugar, para dar a conocer la grandeza de su misericordia para con los pecadores”.

Hay una santa a la que le ordenó la superiora sembrar una planta al revés en medio del patio del convento. Las raíces al aire y las ramitas con sus hojas, bajo tierra.  Algo sin sentido ciertamente. Era para probar su humildad y obediencia. Yo habría reclamado en el acto: “Ey, esperen, esto no tiene sentido, es absurdo”. Ella obedeció en el acto sin decir una palabra. Y algunos se burlaron de ella. Dios premió su obediencia. Al día siguiente la planta había florecido desde sus raíces al aire, con cientos de flores que llenaban el aire de un dulce y agradable aroma.

¿Te lo he contado? De niño quería ser santo. Un santo anónimo, que sólo Dios lo supiera. Ser santo para tenerlo contento. El tiempo y los golpes de la vida me hicieron olvidar este propósito. Si de niño me preguntaran qué quería ser de grande, sin pensarlo habría respondido: “un santo para Dios”.

Esta mañana de pronto volvió es anhelo, con una fuerza arrolladora. Era como si Dios me dijera: “¿Qué esperas Claudio? Puedes lograrlo. Yo voy contigo. ¡Ánimo!”

Me ha conmovido profundamente. Es un Padre maravilloso, extraordinario, el mejor de todos.

Es como si el buen Dios hubiese inyectado en mi alma el dulce deseo de ser santo.

Sé lo que me espera, es un camino difícil, de incomprendidos, pero lleno de alegrías, serenidad y paz, en la presencia amorosa de Dios.

Y tú, querido lector, ¿te animas?

Dios espera mucho de ti

 

……….

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